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27 de noviembre de 2007
Hue, ciudad imperial
Luego supimos que por ser el día que era (mediados del mes lunar) muchos otros estarían asistiendo a los espectáculos organizados en la Ciudad Imperial los días 14, 15 y 16 de cada mes lunar. Nosotras nos fuimos a cenar, no lejos de donde nos encontrábamos, al Club Garden, un local de calidad y más que turístico, ublicado en el área de hoteles y restaurantes para extranjeros que se abre hueco en Hue. Casualidad: en la mesa de al lado estaba cenando la familia con la que días atrás habíamos compartido bolígrafo en el mostrador de reclamaciones de equipajes del aeropuerto de Hanoi a nuestra llegada de España y su llegada de Bélgica. Volvimos al hotel, un lujoso resort de estilo japonés instalado a las afueras de la ciudad, en taxi. Antes de apagar la luz, estudiamos a fondo la documentación que nos había facilitado la agencia y nuestra propia guía de papel para tratar de aprovechar al máximo nuestra estancia en la capital imperial: añadimos a las visitas previstas un templo funerario y planeamos la manera de conquistar a nuestro chófer para que nos llevara a los túneles de Vinh Moc. La ciudadela Hue, ciudad Patrimonio de la Humanidad, fue el hogar de trece emperadores de la dinastía Nguyen entre 1802 y 1945. El primero de ellos, Gia Long, asesorado por el arquitecto francés Olivier de Puymanel, construyó la ciudadela al estilo de la Ciudad Prohibida de Pekín consiguiendo una curiosa mezcla chino-francesa. Dentro de la ciudadela estaba la Ciudad Imperial, donde se trataban los asuntos de estado, y en el interior de ésta, la Ciudad Púrpura Prohibida, residencia del emperador y su familia.
Hoy la ciudadela, esa zona amurallada de la ciudad, es un entramado de calles que en unos 4 km2 cobija comercios y restaurantes además de edificios oficiales y no pocas viviendas, algunas de ellas con jardines arbolados. La Ciudad Imperial, un gran parque temático en el que aún se conservan algunas de las construcciones, las pocas que sobrevivieron a la destrucción bélica, como el Palacio de la Suprema Armonía y las Nueve Urnas Dinásticas (las cuatro que faltan corresponden a emperadores que fueron destronados). Y la Ciudad Púrpura Prohibida, un desaliñado solar comido por la vegetación.
Uno de los entretenimientos favoritos de los visitantes es disfrazarse de emperador y fotografiarse como tal sentado en el trono. Pagoda de Thien Mu Aunque se puede ir por carretera, fuimos a la pagoda de Thien Mu en uno de los barcos anclados en el malecón a la espera de turistas, que es tanto como decir que entramos en la casa de una familia y ésta se movió para llevarnos río arriba. Mientras el padre timoneaba la embarcación, la madre trataba de vendernos camisas de seda o juguetes de madera, y la niña de apenas dos tres años entretenía a su hermano de meses. En el corto trayecto desde el centro de la ciudad hasta la pagoda nos cruzamos con docenas de barcas que transportaban arena, al parecer, principal fuente de ingresos de los muchos habitantes del barrio flotante de Hue.
Frente a plantaciones de pomelos gigantes, se levanta la torre octogonal de siete pisos (uno por cada reencarnación de Buda, por cada uno de los siete estados del budismo) de la pagoda de Thien Mu. Su historia está escrita sobre la piedra a ambos lados de la entrada con antiguos caracteres chinos, igual que prácticamente todas las inscripciones históricas del país, que los vietnamitas no saben leer. Plena de simbolismos, como cualquier lugar vietnamita que se precie, no faltan la campana y el tambor, ni los representantes de la longevidad, la prosperidad y la felicidad. Thien Mu es un templo del budismo mahayana en activo que funciona como escuela de monjes, por lo que hay siempre una gran actividad que discurre ante los ojos de todos.
Los futuros monjes son admitidos a los cinco años de edad; se identifican por el mechón de pelo que cae solitario sobre su frente, mechón que se cortarán si, pasados tres años, deciden quedarse. A la vista están ellos, pero también los arcones en los que guardan sus escasas pertenencias, y que les sirven de asiento para las clases y de cama para el descanso. No se ocultan tampoco los comedores, ni las salas de oración. Mucho menos su rico jardín rebosante de bonsais de más de doscientos años de vida.
Las tumbas de los emperadores Obsesionados con el poder eterno y la fusión entre lo terrenal y el más allá, los emperadores vietnamitas se construían en vida los palacios en los que habrían de gobernar una vez muertos, y en ellos volcaban toda la simbología propia de sus creencias. Amurallados a modo de ciudadelas y con lagos semilunares naturales o artificiales, en los mausoleos no faltan los edificios para los mandarines que ejercían las funciones de ministros, ni los altares dedicados a los ancestros, ni las representaciones de dragones, fieles guardianes del poder del emperador. Nada se escapa al férreo control del simbolismo, hasta el color de las tejas es cuidado, amarillas para el emperador, verdes para los mandarines. El misterio se multiplica incluso sin buscarlo cuando la estela de piedra que expone la vida del Emperador relatada por su hijo luce caracteres chinos que los vietnamitas no saben leer.
Inquietantes por su vacuidad, atractivos por su composición y colorido, la representación terrenal de los palacios celestiales de los emperadores encierran la vida y aspiraciones de cada uno de ellos. Por eso, mi recomendación es visitarlos sin prisas y acompañados por un guía local que ilustre el paseo con cotilleos reales, como que la homosexualidad impidió a uno de ellos a tener hijos propios y le empujó a adoptar como tal al hijo de su mejor amigo, o que la melancolía crónica llevó a otro a pasar gran parte de su vida en el palacio que se había construido para la muerte y que en él escribió miles de poemas. Compras en Hue
Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez. Más sobre Vietnam en Divertinajes.com
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