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26 de octubre de 2007
Hoi An, para nosotr@s Hoian
Antes de salir a cenar, nos dimos un agradable chapuzón en la piscina del hotel y nos untamos con el repelente de mosquitos como si de crema hidratante se tratara, avisadas por la construcción del hotel: nuestra habitación, de categoría superior a la que habíamos reservado, carecía de ventanas y contaba con un amplio y tupidísimo mosquitero para proteger la cama. Por algo sería. El centro histórico de Hoi An, fruto de la convivencia más o menos amigable de chinos, japoneses y vietnamitas, es a un tiempo el núcleo comercial de la ciudad, y el polo de atracción turística. Sus calles, perfectamente urbanizadas, están trufadas de casas antiguas, templos, museos, talleres artesanales, cafés, tiendas de antigüedades y restaurantes.
Al lado, la casa Phung-Hung, que da cobijo a una misma familia —ocho son las generaciones que hasta el momento se han criado en ella— desde 1780, abre sus puertas a los curiosos para mostrarnos la ingeniosa trampilla abierta para subir las mercancías cuando se vieron obligados a alzar una segunda planta para protegerse de las inundaciones. En esta construcción de balcón chino, techos japoneses y paredes vietnamitas, altares y figuras de la suerte se mezclan con pipas chinas, mantelerías de seda y recuerdos de todo tipo que intentan vendernos al calor de un té, gentileza de la casa. Los lugares considerados oficialmente de interés turístico están perfectamente señalizados, pero eso no quiere decir que sean los únicos que merezcan nuestra atención. Adentrarse en los patios y acercarse a las ventanas abiertas depara agradables sorpresas como las que a nosotras nos proporcionaron la fábrica de farolillos, y farolazos, la tienda de ofrendas e incienso y, entre otros, los talleres de bordados de seda y talla de madera a los que asomamos la nariz por azar.
Más que los templos y los museos, a los que haré referencia a continuación, a mí me gustaron las casas, y por supuesto el mercado, y por supuestísimo el ambiente de la calle, y de los bares mejor ni hablo... o sí.
No voy a aburriros con el detalle de cada uno de los templos y salas de las diferentes asambleas vecinales, mucho menos con el de los forzados museos. Valga a modo de muestra mi recuerdo del templo consagrado a Thien Hau, Diosa del Mar, en la que fuera la sala de asambleas de la Congregación China de Fujian: todo color, humo y olor. De su techo cuelgan rojas espirales cónicas de incienso que pueden durar hasta un año, no pocas exhiben los nombres de turistas tal vez candidatos a volver en las próximas vacaciones y llegar a tiempo para hacer el cambio de ofrenda antes de que se la presente se consuma completamente.
Ya he dicho que hay tiendas por todas partes. Cumplido mi periplo, puedo deciros que lo que no encontréis en Hoian no lo hay en Vietnam. ¿Lo más típico? En todas partes confeccionan ropa a medida y velocidad (la cosen en veinticuatro horas y la llevan al hotel), sacos de seda para dormir, cuadros tanto pintados como bordados en seda, farolillos de papel o seda, cafeteras de aluminio... Pero yo prefiero pasearme por el mercado. Abarrotado de puestos, sobrado de todo tipo de productos, lo que más me llamó la atención, frutas y falsificaciones de todo tipo aparte, fue la zona de los fideos (sobre los mostradores reposan enormes madejas deshechas de fideos de variados colores y grosores) y la del pescado. Los puestos de pescado lindan con el río, donde continuamente están llegando barcos que liquidan su carga a los minoristas en un pis pas desde cubierta. La imagen: la señora sentada en una silla dentro del contenedor de hielo que ella misma va despachando en cubos a l@s pescader@s.
Con la que estaba cayendo, un bochorno agotador, creo que ésta también puede considerarse la imagen del día:
Por la noche, la ribera se mantiene viva con la animación de las terrazas de cafés y restaurantes, los cisnes a pedales de ojos azules fluorescentes y las actuaciones teatrales, además de las tiendas que permanecen abiertas hasta las diez. A cualquier hora del día se pueden degustar maravillas gastronómicas como las crujientes crepes de arroz rellenas de carne y camarones con salsa de cacahuete que, junto a las rosas blancas, pasan por se las especialidades locales. Fuimos a la playa, a escasos cinco kilómetros del centro, temprano por la mañana, a eso de la siete, y ya había familias acomodándose a la sombra de los árboles (a las cinco la actividad en la ciudad es casi normal). Hay muchos hoteles en Hoian, pero en poco, seguro, habrá muchos más, en cuanto su enorme playa de arena blanca adquiera el valor turístico que sin duda tiene.
Si me preguntaran qué es Hoian, siendo como soy de un país salvado por el turismo, diría: un perfecto lugar de veraneo.
Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez. Más sobre Vietnam en Divertinajes.com
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