19 de octubre de 2007

Un alto en el camino

El programa que nos había vendido Politours, una vez más, no tenía ni pies ni cabeza: para el día de traslado de Hanoi a la Bahía de Halong nos habían marcado la salida a las ocho de la mañana con el fin de ir a visitar un pueblo famoso por sus trabajos de madera, Dongky, comer después ceremoniosamente en un palacete a 14 km de la capital vietnamita y por último cubrir el trayecto de tres horas hasta el embarcadero de la Bahía de Halong, donde debíamos estar antes de las doce del mediodía. Lo que digo ni pies ni cabeza. Por eso, con buen criterio nuestro guía, a las ocho, en el vestíbulo del hotel, decidió que ni maderas ni comida, que debíamos irnos directamente a por el barco. Y así lo hicimos. Pero como la directora de la agencia local tenía miedo de que reclamáramos, y con razón (aunque todavía estamos esperando la respuesta de Politours), se empeñó en que a la vuelta de Halong, camino del aeropuerto, pasáramos por Dongky aunque ello supusiera que no pudiéramos comer e incluso que corriéramos el riesgo de perder el vuelo que teníamos cerrado a Danang. Así que fuimos a Dongky.

Los trabajos de madera que se pueden admirar en cualquiera de las decenas de talleres que jalonan las calles del pueblo son espectaculares, sin embargo, no nos resultan llamativos porque son los muebles macizos que ofrece cualquier tienda española de decoración que se precie.

Dongky

Nos aseguraron que compráramos lo que compráramos nos lo enviarían de forma rápida y segura a la dirección que les indicáramos. Como para pararse a comprar nada estaba la cosa.

Dongky

Nos conformamos con hacer un par de fotos y constatar la buena marcha del negocio en base a la floreciente construcción de pintureras urbanizaciones un poco por todas partes.

Dongky

Los trámites en el aeropuerto fueron rápidos y la espera hubiera resultado agradable de no ser por las zapatillas de un niño que emitían un pitido cada vez que el chaval de apenas dos años daba un paso, y dio miles. Coincidimos con un grupo de españoles que vació las estanterías de chaquetas brillantes reversibles (creo recordar que costaban 12 ó 15 dólares). Nosotras compramos un par de buenas camisas (a 6 dólares la unidad) y algunos dulces para regalar.

Sobre los mostradores de facturación, las azafatas de tierra iban depositando hojas mecanografiadas con explicaciones por los retrasos que se estaban produciendo, y disculpas por las molestias que pudieran ocasionar.

En todos los vuelos nos recibieron con una agradable toallita húmeda, y nos dieron una caja con agua y algo de comer (pequeños bocadillos, cacahuetes, chocolatinas, pasteles, etc.).

En Danang nos esperaban (es un decir porque las que los esperamos fuimos nosotras) un guía y un chófer tan malos, tan malos, que en Hue (lo adelanto ahora para no entrar en detalles después) tuvimos que llamar al representante de Politours en Vietnam y decirle que preferíamos seguir solas a con aquel par de incompetentes. Al final encontramos utilidad al teléfono que nos habían dado el primer día. He de decir que la reacción del delegado en cuestión fue inmediata: al día siguiente teníamos otra guía (franco parlante) y el correspondiente chófer. La pena es que habíamos soportado el despropósito de los otros un par de jornadas. (Queja que también hemos trasladado a Politours y para la que aún no han hallado respuesta).

¡Buf! Por hoy vamos a dejarlo aquí, porque me imagino cómo se habrán ido calentando los que como yo han tenido malas experiencias con los viajes organizados más que por los desastres in situ por la falta de respuesta coherente de las agencias que tanto sonríen para vender y enmudecen al oír una queja. Sí vamos a dejarlo porque la ciudad que nos espera, Hoian, se merece un paseo tranquilo y propio. 

Atardecer en Hoian

Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.





sgutierrez@divertinajes.com
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