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12 de octubre de 2007
Bahía de Halong Salimos de Hanoi, rumbo a la Bahía de Halong, a primera hora de la mañana, pero no somos ni muchísimo menos los únicos en movimiento: el carril de entrada a la capital por el puente que cruza el Río Rojo (realmente cobrizo) está totalmente cubierto de motos. Es el atasco diario de la hora punta, nos dicen. Y camino del embarcadero, donde iniciaremos nuestro minicrucero, nos cuentan muchas más cosas. Tenemos por delante tres horas de coche.
La segunda, para que descanse el conductor. Es en Chi Ling y no es casual. Aparcamos en el patio de una tienda-taller donde nos ofrecen la posibilidad de encargar ropas de seda que nos serán entregadas a nuestro regreso, pasado un par de días. Declinamos la invitación y nos vamos a dar una vuelta a la redonda, girando siempre a la derecha (es casi instintivo, natural, inevitable). Contemplamos los habituales edificios de tres plantas, aquí especialmente prósperos, y algunas de las mercancías que ofrecen en sus bajos, por ejemplo, las ruedas de bicicleta envueltas en brillantes papeles metalizados. Llegamos a un mercado y nos entretenemos con los ingeniosos accesorios para motos. De vuelta a la parada oficial, en la que ya comercian unos cuantos grupos de turistas, nos quedamos con la imagen de unos gatos recién nacidos y su cuidadora.
Por fin llegamos a la incipiente urbanización turística de la que salen los barcos para navegar por la Bahía de Halong. Me imaginaba algo más... no sé, más tranquilo, más vietnamita, más auténtico... Es una turistada a la occidental, pero una turistada gloriosa. Los barcos, decenas de ellos, todos de madera y todos con velas (la mayoría plegadas), son en teoría imitaciones de los juncos tradicionales, pero no sé, aunque hay diferentes categorías, parecen las embarcaciones de ricos colonialistas. Todas las embarcaciones tienen, al menos, tres cubiertas: la superior, con hamacas para tumbarse a tomar el sol; la intermedia, convertida según la hora del día en lujoso restaurante o sala de estar; la inferior, con camarotes bien amueblados en los que no faltan ni el aire acondicionado ni el baño privado con agua caliente. Y en cada una de ellas, poco más de una docena de turistas.
Cuando a mediodía sueltan amarras para adentrarse en la brumosa Bahía, se tiene la sensación de formar parte de un ejército que busca perderse entre los miles de abultados islotes verdes que, según nos cuentan, podrían ser en realidad las cimas de una cordillera hundida.
La tripulación de los barcos, al menos la del nuestro, está en continua faena única y exclusivamente para que la estancia de los turistas sea realmente agradable. ¿Cómo podría no serlo? Un paisaje excepcional sobre aguas esmeraldas y festines de pescado a cada comida... ¿Se puede pedir más? Sí, que no nos pelen la fruta. Les suena grosero, no entienden muy bien por qué prefieres un plátano a los jugosos trozos de fruta del dragón o a la piña tallada, pero si quieres disfrutar del viaje, mejor que te peles tu propia fruta. Es así.
Cerca de allí, una de las escasas playas de la zona, la bautizada con el nombre del astronauta soviético Titov, con sus sombrillas de paja, su chiringuito y sus tiendas flotantes nos esperaba para darnos un baño. La otra posibilidad era ascender al mirador del islote (por una escalera de, si no recuerdo mal, medio millar de escalones). Optamos por el baño. ¡Lo que es no saber! De vuelta al barco, anclado ya en el lugar en el que pasaríamos la noche, y donde, protegidos por un círculo de peñascos, descansaba también el resto de los navíos, vimos que los más avisados se estaban bañando allí, en aguas más limpias y profundas que las de la playa y con los barcos como trampolín.
Disfrutamos del silencio a la luz de la luna casi llena y dormimos como se supone que lo hacen los ángeles, divinamente. Abrimos los ojos para contemplar la salida del sol y ya no los volvimos a cerrar hasta la noche. Imposible no mirar sin descanso tanta maravilla. Después del copioso desayuno, volvimos a la barca para contemplar otra de las miles de curiosidades que son capaces de deparar los islotes de la Bahía de Halong. Pasamos por una especie de túnel y entramos en un doble circo perfecto cubierto de agua, es como si flotáramos en el culo de un vaso de verdes paredes, por las que, según nos comentaron, brincan sin reparos los monos. No los vimos.
Y seguimos hasta la inmensidad vacía en la que nos sirven pescados y vinos antes de que decidamos disfrutar de un baño. Nos colocan la escala que usamos sólo para volver a cubierta y no es fácil, no es fácil porque el silencio, el sol, el agua verde y tranquila, el silencio, la soledad, invitan a quedarse allí para siempre; y no es fácil porque ascender hasta cubierta cuesta lo suyo. Dejamos atrás cultivos de perlas (color salmón o gris oscuro) y vamos al encuentro de la hornada de turistas del día, en la playa de Titov. En lugar de bañarnos —ya lo haríamos después alrededor del barco (tirarse de cabeza desde cubierta es un auténtico placer; salir del agua y subir la escalerilla, un suplicio)—, ascendimos hasta el mirador. Llegamos ahogadas, pero merece la pena. ¿Dije que el calor y la humedad son agobiantes? Pues lo son.
El regreso al puerto, a la mañana siguiente fue espectacular:
— porque cayó una tormenta que consiguió lo insospechable: convirtió las tranquilas aguas verdes de la Bahía de Halong en enfurecidas olas grises, y su entrañable neblina en una cortina opaca de violenta e incesante lluvia. Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez. Más sobre Vietnam en Divertinajes.com
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