5 de octubre de 2007

Pagoda del Perfume

Las sopas pho y compañía estaban muy buenas pero yo, al tercer desayuno, me acerqué a la plancha y pedí una tortilla de jamón y queso. ¡En buena hora! Me sentó como una patada en el estómago y, camino de la Pagoda del Perfume, regué de huevo unos cuantos metros de cuneta. El resto del día no fui capaz de ingerir ni agua, aunque, eso sí, vacié un buen número de botellas para enjuagarme la boca, buchito a buchito, y hacer así frente a la deshidratación. Tenía el cuerpo baldado, por la indigestión pero también por la paliza que la noche antes me había dado la masajista del hotel, y menos mal que la frené porque de haberla dejado hacer libremente...

Aviso para navegantes: los masajes vietnamitas son todo menos suaves y relajantes.

Camino de la Pagoda

La visita programada del día era la Pagoda del Perfume (Chua Huong). Este lugar de culto budista, el más importante de Vietnam, es uno de los santuarios esculpidos en las montañas de piedra caliza de Huong Tich, 60 kilómetros al sur de Hanoi. Una distancia que dio para mucho más que un vulgar mareo.

Hanoi
Hanoi
Salir de la ciudad no fue fácil. A primera hora de la mañana, en las calzadas, coches, motos y bicicletas se sorteaban en todas las direcciones sin perder velocidad; en las aceras, los peatones esquivaban las mercancías desparramadas desde los bajos abiertos de par en par. Nosotras, tras las ventanillas del todo terreno, focalizamos nuestra atención en los que serían dos de nuestros objetivos fotográficos más recurrentes durante todo el viaje: las motos y los edificios.

 

 

De los profundos edificios unifamiliares de tres pisos y estrecha fachada vivamente coloreada, con la planta calle convertida en tienda, ventana única y balcón con vistosa forja en las demás, creo que ya os hablé. De alguna manera, proclaman prosperidad.

 

De las motos y sus ocupantes podría escribir y escribir...

Las llaman hondas porque esa fue la primera marca y la más popular, hasta el punto de que las tiendas de recambios lucen el cartel de Honda aunque nada tengan que ver con esa casa (las hay especializadas en todos y cada uno de los más mínimos elementos del ciclomotor). Dicen que la mayoría compra motos chinas (más baratas) pero que en cuanto pueden les sustituyen las piezas originales por elementos japoneses (más caros pero de mejor calidad).

En las motos circulan una (rarísimo) y hasta seis personas (que nosotras hayamos visto). Pandillas de jóvenes y familias al completo son los grupos que con mayor frecuencia ocupan los estirados sillines. ¡Hasta dos motos ambulancias vimos! Cierto que fue en Camboya pero, por la similitud, permitidme que os lo cuente aquí. Iban tres personas: el conductor, el enfermo y el que con una mano sujetaba al enfermo por la cintura y con la otra mantenía el gotero a la altura necesaria para asegurar su correcto funcionamiento. Vimos niños dormidos a los que su padre con frecuencia rítmica enderezaba la cabeza ladeada por la relajación. Vimos cargas enormes para una furgoneta transportadas con ligereza por motos. Vimos complementos ingeniosos para llevar a los niños o para sujetar papeles y pequeñas mercancías, vimos cien mil detalles interesantes, pero pocas caras de motoristas.

Creíamos que se tapaban para protegerse de los gases propios y ajenos, pero no, se cubren, dejando apenas libres los ojos, para resguardarse del sol. La prueba es que en plena naturaleza, en la Bahía de Halong, las mujeres, pero también muchos hombres, ocultaban sus rostros tras la tela de mascarillas, pañuelos y camisas. Por cierto, me vine con ganas de una de esas prendas de grandes cuellos que desplegados hacia arriba acaban abrochándose tras las orejas y largas mangas que extendidas hacia abajo hacen las veces de guantes. «Nos gusta ser blancos, queremos ser blancos», nos comentó nuestro guía. Pero parece que esta protección aparentemente desmesurada también podría ser fruto de las campañas de prevención del cáncer de piel promovidas por el gobierno. Muchas son las horas que el sol luce en Vietnam y pocos los recursos sanitarios.


Fuera de la capital, la circulación resultó más fluida aunque igualmente caótica, especialmente al atravesar los animados pueblos que, como cuentas de un rosario, animan la carretera. Menos mal que las velocidades, en conjunto, son bastante moderadas.

Lo más llamativo del paisaje verde de arrozales resultaron ser tumbas. Aisladas en el campo, llamadas a desaparecer. Al parecer, la costumbre es que cuando alguien muere se acuda a quien sabe de esos asuntos (sacerdotes, adivinadores y milagreros) con el fin de averiguar el lugar y la orientación idóneas para el descanso eterno del difunto. Por eso, las enormes tumbas de colores salpican el campo sin orden ni concierto, una costumbre a todas luces desconcertante e insalubre que las autoridades tratan de superar promocionando la creación de cementerios.

Embarcadero
Por fin, llegamos a un pueblo cuyo nombre nadie supo decir, donde quedaron a la espera de nuestro regreso coche y chofer, mientras nosotros subíamos a una ligera barca de chapa, una de tantas (se contaban por decenas) de las que estaban arrimadas a la escalinata que, a esa altura, canaliza el río. Éramos cinco personas en los banquillos de la bañera flotante y, a golpe de remo durante tres kilómetros, unos veinte minutos, a las cinco nos llevó río arriba una frágil (en apariencia) lugareña. La misma que nos devolvería al caer la tarde bajo una incipiente lluvia tormentosa.

A nuestro paso, y el de muchas otras barcas —transporte habitual en la zona— que iban y venían, en las oscuras aguas del apacible y ancho río nadaban rebaños de patos, se sumergían recolectores de caracoles, tiraban sus cañas los pescadores y chapoteaban los niños.

Río camino de la Pagoda del Perfume

Al otro lado del río

Tras una breve parada para reponer fuerzas (líquidos sobre todo, qué calor, qué manera de sudar) en los chiringuitos del embarcadero emprendimos camino pedestre al santuario. Apenas había gente, pero en primavera las peregrinaciones al lugar son multitudinarias, razón por la cual están adecuando el trayecto y convirtiendo los empinados tramos del principio en escaleras. Por delante, una senda de algo más de tres kilómetros y por todas partes un húmedo calor asfixiante. Decidimos, ya que lo hay, subir el teleférico. Desde las alturas, el paisaje arbolado y el culebreante sendero salpicado de turistas y casuchas ofrecen una vista extraordinaria.

Pagoda del Perfume
Salvada la pendiente mayor, el repecho hasta el santuario lo hicimos tranquilamente, sin perder detalle de los recuerdos y ofrendas que se agolpaban en los mostradores de los puestos que jalonan la llegada a la santa cueva. Una larga y empinada escalera conduce al interior de la gruta en la que budas y bodhisattvas dorados coronados con halos fluorescentes de colores e iluminación intermitentes son venerados en diferentes altares cubiertos de ofrendas.

Destaca entre todos Quan Am, diosa de la misericordia y la compasión, a quien acuden los peregrinos para pedir ayuda para criar a los hijos y para defenderse de acusaciones injustas.

 

Cuenta la leyenda que... «Quan Am fue una joven esposa acusada  falsamente de intentar matar a su marido. Expulsada de la casa de su suegra, buscó refugio en un monasterio y se hizo pasar por monje. Una muchacha le culpó de su embarazo, sin saber que él era ella. Sin intentar defenderse, el monje tomó al niño y lo crió. Sólo cuando Quan Am murió sus vecinos descubrieron su silencioso sacrificio» (Vietnam. El país Aguilar, 2004)

Pagoda del Perfume
No es un lugar precisamente agradable, hay que procurar no resbalarse en el suelo barroso y húmedo salpicado de charcos, ni asustarse por el impacto en la cabeza de las gotas perforantes desprendidas de las estalactitas, ni hacer ascos al pegajoso olor resultante de la mezcla de inciensos y alimentos. La actividad parece ralentizada pero es constante. Los visitantes, más o menos devotos, rezan sus plegarias y depositan sus ofrendas (preferentemente dinero, porque «el dinero inteligente es el que va por delante», nos comentó nuestro guía convencido de que las divinidades le devolverían multiplicada la suma que acababa de depositar ante uno de los budas). Y con las deidades, en el mismo espacio, que es al fin y al cabo el suyo, las estalactitas milagrosas: una reparte clarividencia y otra fertilidad.  Gasté tanto tiempo en el ritual de la primera que prácticamente pasé de largo ante la segunda.

Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.





sgutierrez@divertinajes.com
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