28 de septiembre de 2007

Por la capital vietnamita (II)

Lau
Cuando pregunté a nuestro guía que cómo llamaban a aquello que habíamos comido, cogió mi pequeña libreta de notas y escribió algo parecido a esto: LÂ’U. Bueno, pues para que os hagáis una idea de hasta qué punto en Vietnam se hace cierto eso de que las grandes cosas se esconden tras pequeñas apariencias,
Lau
el (o la) tal lâ’u es un banquetazo cocinado a la vista de los invitados en una olla de borde alado cubierto de crudas viandas y panza repleta de caldo que se mantiene caliente sobre un hornillo eléctrico. Mariscos y pescados primero, verduras y carnes después, van siendo deslizados por el camarero del voladizo al centro hirviente para hundirlos hasta el fondo, sacarlos al aire o simplemente revolverlos con secos movimientos dando a cada cual su preciso tiempo de cocción y, lo que es aún más complicado, haciendo coincidir ese minutaje con el empleado por los comensales para dar cuenta de cada ingrediente. Lenta pero continua, abundante pero no excesiva, regada con cerveza del lugar, lâ’u resultó inolvidable.

Templos de letras

Puente de la felicidad
Y qué mejor después de degustar una buena comida que escuchar una buena leyenda, máxime si la narración tiene lugar sobre el terreno donde acontecieron los hechos por ella inmortalizados. Quiero hablaros, y no acabo de empezar, del lago de la Espada restituida, esas aguas de las que surgió la tortuga que devolvió a su dueño celestial la espada mágica venida del cielo con la que el rey Le Loi expulsó en 1428 a los señores chinos vietnamitas. Todo ocurrió cuando Le Loi (me recuerda a alguien de Fama) se encontraba celebrando su victoria con un paseo en barco por el lago, entonces, una gigante tortuga dorada se acercó a él para recoger de sus manos la espada artífice del éxito y entregársela a su divino propietario.
Lago de la Espada restituida
En el Templo de Harem —dedicado a un héroe que si conociera seguro admiraría, el de la medicina y la literatura, Quang Chi, y al valiente Trang Hung Dao que venció a los mongoles—, levantado en una pequeña isla del lago unida a la orilla por un hermoso puente rojo (Hoc), el de la felicidad, hay fotos de enormes tortugas captadas por quienes se pasan horas contemplando las aguas en la esperanza de que en un momento u otro la tortuga sagrada volverá a salir a la superficie. Con o sin tortuga, es un animado lugar de recreo en pleno centro.

Es fácil perderse entre tanto símbolo y templo, pero hay que procurar no hacerlo. Por ejemplo, el Templo de Harem cuenta con una Torre, llamada del pincel,
Estelas en el Templo de la Literatura
que es símbolo de la literatura —escrita sobre el cielo azul—, pero que nada tiene que ver con el fastuoso Templo de la literatura que tan orgullosa conserva Hanoi: toda una ciudadela dedicada al estudio de las letras construida en 1070 en honor de Confucio.

Una curiosidad fascinante: un conjunto de estelas (82 en total) proclaman los nombres de las 1.307 mentes más brillantes de Vietnam, corresponden a los estudiantes que mejores notas sacaron en esta Universidad, sede principal de los estudios de Filosofía, Historia de Vietnam, Historia de China y Literatura. El último nombre fue grabado en 1779.

Pequeños grandes detalles

En los templos están los héroes deificados mientras que las pagodas albergan a los budas.
El paso a templos y pagodas es elevado para obligar a quien traspasa el umbral de sus puertas a inclinarse, señal de respeto.
El color amarillo era utilizado para dar color a pagodas y palacios. El rojo representa la felicidad.
El Templo de la literatura hay una campana por ser templo y un tambor por tener estudiantes.

Dragón en un tejado del Templo de la Literatura

El barrio viejo

A pie y en cyclo-pousse, a media tarde y al anochecer, recorrimos una y otra vez (pero me quedé con ganas de más, de mucho más) las calles de ese inmenso mercado que es el barrio viejo de Hanoi.

El cyclo-pousse es una especie de triciclo gigante en el que un sufrido pedaleador empuja el carromato de un agradecido turista o un presuroso grupo de compatriotas (vimos familias enteras sentados en cyclo-pouse), al fin y al cabo, son taxis. Antes los conductores iban a pie...

El barullo de gentes es visualmente ruidoso pero no molesta a los oídos, sordos a los timbres de motos y bicicletas que se funden perdiendo su razón de sonar: vienen por todas partes, y nadie se va a parar, ¿de qué sirve que todos avisen de su paso? Yo lo tenía claro: si quieres cruzar tienes que lanzarte a la rue y avanzar con determinación, mirando fijamente a cuantos conductores estén en tu radio de choque, que sepan que en el atropello van a perder tanto como tú. Tengo que decir en su defensa que los conductores vietnamitas no son nada agresivos, y que aunque no se paran nunca tampoco aceleran ni buscan intimidar al que circula más lento o simplemente camina. Esto ocurre en el barrio viejo y en el joven, en Hanoi y en todos los rincones motorizados de Vietnam. Así que cuanto antes aprendas a cruzar sus calles, mejor.

Las casas vietnamitas, y eso se ve estupendamente en el barrio viejo, son de fachada estrecha y planta profunda, con el bajo, abierto a la calle de par en par, convertido en negocio y los pisos superiores en vivienda. Generalmente, los hijos varones se quedan en la casa de sus padres, de manera que es muy frecuente que convivan tres y hasta cuatro generaciones en un mismo hogar.

Barrio viejo
El barrio viejo, que es por donde andábamos, es un entramado de calles gremiales en cuyos cruces conviven joyerías con sastrerías, plomeros con ebanistas, recambios de coches con piezas de fontanería, parafernalia religiosa con peluquerías... hay absolutamente de todo, todo, todo eso que existe y en nuestro mundo de usa y tira ya olvidamos que se puede comprar: un mango para una sartén, una bola para zurcir calcetines, un muelle para devolver plenitud a un artilugio desahuciado, un ojo para una muñeca... todo lo habido y por haber. Y por las aceras, vendedoras de comida caliente, de té o de frutas, familias que charlan o comen en sus pequeños taburetes de plástico, heladeros y repartidores, afiladores y loteros, maniquíes y soldadores. La mayoría haciendo algo, en movimiento. También muchos contemplando, o durmiendo. Y nosotras corriendo, paradas, atenazadas por el tiempo, abrumadas por la abundancia.

Un puesto frecuente en el mercado: el de los que muelen los cangrejos vivos (con máquinas manuales parecidas a las de picar carne) y venden la pasta para hacer sopa.

Marionetas de agua

Las marionetas de agua son a Hanoi lo que los conciertos de Mozart a Viena, así que allí, en un teatro con piscina por escenario, estábamos todos los extranjeros, muchos haciendo esfuerzos por mantener los ojos abiertos, el cansancio y el desfase horario son demoledores.

¿Qué puedo deciros del espectáculo? ¡Con música y narradores en vivo! Que es colorero y curioso, infantil. No está mal, entre otras cosas por el acierto de su brevedad. Dura más o menos una hora, y narra leyendas cuyos personajes al final del viaje acaban resultando familiares.

Un lugar para cenar

Hay muchos buenos y baratos. No hace falta acabar con la salud por hacer eso que todo el mundo dice que hace pero que sinceramente creo que nadie hace (o al menos no debería): comer en la calle porque «es donde mejor se come». Me parece absurdo. Yo vi como en un restaurante popular de la calle lavaban los platos en una palangana que poco se diferenciaba de una charca. Comer ahí, para nosotr@s, es gastroenteritis segura. No tiene ningún sentido. Dicho lo cual, os cuento cómo era el sitio donde cenamos, por otra parte, rodeadas de vietnamitas. Ya os dije, son comunistas pero con economía de mercado desde 1986, tan consumistas como nosotr@s.

Restaurante

Con aparcamotos (marcan el sillín con tiza) —como la mayoría— y estructurado como si de un mercado se tratara (en cada puesto cocinaban un tipo de comida: arroz, fideos, dulces, carnes, etc) en torno a un patio, nuestro restaurante favorito en Hanoi (fuimos un par de noches pero no sé si localizaré su nombre y dirección) resultó ser muy popular. Tanto que costaba que te hicieran caso, pero sus sopas (ga), especialmente la típica de Hanoi, la Pho resucitan a un muerto. En Hanoi, sobre todo al terminar el mes lunar, se consume mucha carne de perro, confieso que no tuve estómago para probarla.

Guardamotos

Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.





sgutierrez@divertinajes.com
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