21 de septiembre de 2007

Por la capital vietnamita (I)

Mapa de Vietnam
El norte de Vietnam es la zona más ancha del país y comprende dos áreas bien diferenciadas: la montañosa región de Sapa, poblada por medio centenar de minorías vietnamitas, y la costera, más acorde con el resto del país. En el programa de mi viaje a Vietnam, Sapa estaba excluida, y no me importó. ¿Por qué? Porque la ignorancia es muy mala consejera. Ahora sólo pienso en reparar este error. Creo que lo remediaré incluyendo la región en un viaje bien planificado a Laos.

Hanoi

Después de completar los trámites del visado y la reclamación de la maleta que no había llegado, salimos (las últimas) al hall del aeropuerto. No cabía duda, la sonriente pareja con ramos de flores que habíamos estado controlando desde la sala de cintas eran nuestros anfitriones. Resultaron ser nuestro guía, para nosotras Alejandro (el nombre se lo habían puesto en Cuba, cuando era estudiante de derecho en La Habana), y su asistente, una chica amabilísima de nombre irrecordable. Salimos al encuentro del chófer y lo primero que sentimos nada más atravesar el umbral del aeropuerto fue un abrazo de humedad, de una humedad pegajosa, en exceso cariñosa, que ya no nos soltaría ni a sol ni a sombra. 

En el todoterreno, camino del hotel, Alejandro nos situó en el país y en su realidad personal, nos entregó un teléfono móvil e insistió en llevarnos a cenar. Una invitación que fuimos incapaces de aceptar: eran las diez de la noche y llevábamos 23 horas de viaje. Lo único que queríamos era darnos una ducha y echarnos a dormir.
Moto por las calles de Hanoi

Las riadas de motocicletas que vimos en ese trayecto de una media hora, y que tanto llamaron nuestra atención en aquel momento, no eran más que regatos, en comparación con los desbordamientos que veríamos más tarde. No obstante, ahí nació una de nuestras obsesiones del viaje: captar la imagen más llamativa del uso y conducción vietnamita de la moto.

Una vez limpias y despejadas, decidimos salir a dar una vuelta. A las puertas de las casas, en las calles poco iluminadas y bastante sucias que rodeaban nuestro céntrico alojamiento, la gente disfrutaba de la ausencia del sol. Pasamos al lado de familias cenando, niños jugando, hombres durmiendo, mujeres vendiendo comida recién hecha, chic@s charlando sentad@s en sus motos, parejas paseando, mototaxistas ofreciendo sus servicios, restaurantes animados y hoteles extraordinariamente iluminados. Dormimos como los ángeles.

Noche en Hanoi

Y nos despertamos al alba (me pasa siempre que estoy de viaje, todo el tiempo me parece poco para vagar despierta). Empezamos el día con una excelente sopa de fideos de arroz, vegetales y pollo. No pudimos con ninguno de los variados arroces ni de los guisos de carnes, pescados y mariscos (demasiado fuerte para esas horas de la mañana). Tuvimos que privarnos de la apetitosa fruta (sólo la había pelada y troceada). Y completamos nuestro desayuno con un ligero café y bollería heredada de los colonos franceses. Enviamos un correo electrónico a familiares y amigos para dar señales de vida, y bajamos al vestíbulo donde ya nos esperaban el guía, su solícita asistente y el simpático chófer (estudiante infatigable de inglés y esforzado balbuceante del español). Era lunes, así que gran parte del programa que nos habían vendido quedaba descartado: nos tocaba visitar Hanoi y sus museos, pero los lunes los museos, allí como aquí, cierran.

En torno a Ho Chi Minh

Mausoleo de Ho Chi Minh
Sin perder la sonrisa, subimos al coche y nos dirigimos al inevitable punto de partida del recorrido más ortodoxo por la capital vietnamita: la enorme Plaza de Ba Dinh. Allí, a los lados del mausoleo de Ho Chi Minh —construido con dinero soviético, recuerda mucho al de Lenin en Moscú — leímos toda una declaración de principios, o dos: «El gran presidente Ho Chi Minh vive para siempre en nuestra causa» y «Viva la república socialista de Vietnam». No encontramos más semejanzas con los regimenes comunistas que conocemos. Bueno, por lo que tienen de autoritarios, tal vez el acierto de no privatizar el suelo y la dudosa norma de duplicar el precio de los coches con impuestos bajo la disculpa de que son un lujo porque las calles son demasiado estrechas y las carreteras no están preparadas para una invasión de vehículos de cuatro ruedas; resultado: los coches que hay son grandes cuatro por cuatro de alta gama. Dicen que porque una vez metidos en gastos... En fin. Me alegro por ellos.

Por detrás del mausoleo, un agradable parque encierra algunas joyas como:

  • El Palacio presidencial, antigua mansión de los gobernadores franceses. Se utiliza únicamente para recepciones internacionales y reuniones políticas de máximo interés.
  • La casa de pilotes, con dos sencillas habitaciones en la planta superior y un envidiable despacho abierto en la inferior, en la que vivió Ho Chi Minh entre 1958 y 1969.

    Dicen que Ho Chi Minh falleció el 2 de noviembre de 1969, pero para que tan fatídica fecha no coincidiera con el aniversario de la declaración de la independencia de Vietnam, proclamada por él mismo el 2 de noviembre de 1945, oficialmente murió el 3 de noviembre.

  • La pagoda de la Columna o del Pilar único, que brota con forma de nenúfar de un estanque de nenúfares. La actual es una reconstrucción en piedra de la levantada en su día en madera para agradecer el nacimiento de un hijo varón; por eso es muy visitada por parejas de recién casados.
  • Un agradable jardín botánico con lagos llenos de nutridos peces de colores y enormes cipreses de los pantanos, también conocidos a pesar de su frondosidad como cipreses calvos. A nosotras nos parecían manglares.
  • Los sencillos coches del Presidente.
  • El mamotrético Museo de Ho Chi Minh.

    Ho Chi Minh

    Un paseo por el Lago Oeste

    Cuenta la leyenda que el lecho del lago es obra de un gigantesco becerro dorado que llegó desde China siguiendo el tañido de una campana de bronce y desorientado se hartó de girar en círculos cuando ésta se calló. En realidad, el lago (535 hectáreas) estaba unido al río Rojo y, para evitar inundaciones, fue aislado por diques: el de la juventud, que lo separa del lago de seda blanca, y otro sin nombre y edificado, que lo independiza del río.

    Fue al inicio del dique de la juventud (construido en el siglo XVII por los pescadores y convertido en calle por jóvenes voluntarios durante la guerra), en el templo de Quan Thanh, donde bajamos del coche tras haber recorrido gran parte del barrio francés y admirado tras las ventanillas la prestancia de las construcciones coloniales que aún se conservan.

    Clase de artes marciales en Quan Thanh

    Más que la negra y abultada estatua de bronce del dios taoísta Tran Vu que alberga, lo que nos retuvo durante minutos en el templo de Quan Thanh fue la clase de artes marciales que estaba teniendo lugar al aire libre, en el patio de entrada al templo, y que contaba entre los alumnos con un grupillo de europe@s años@s.

    De vuelta en la calle, comprobamos que el lago es un lugar de recreo en el que los cisnes con pedales y ojos luminosos esperan pacientes el atardecer para pasear a quienes luego, tal vez, cenen en uno de los restaurantes flotantes, y caminamos hacia la pagoda más antigua de Hanoi, la rebautizada Tran Quoc, Protección de la Patria, que casi mil años antes de ser  trasladada a su enclave actual en la isleta del Pez de colores había sido construida a orillas del río Rojo, en el siglo VI.

    Lago Oeste

    A la entrada del puente que conduce al recinto amurallado de la pagoda, los turistas hacen cola para colocarse en el punto de posado ideal y los vendedores ambulantes ofrecen todo tipo de mercancías (guías, postales, recuerdos artesanales, frutas, bebidas, etc.).

    Altar religión de la Madre
    De sus muchos altares, prestamos especial atención al de las mujeres, representación de una devoción que nunca llegó a definirse completamente pero que cuenta con sus adeptos: la religión de la madre. Su lema: «lo que sucede, conviene». Su problema: todos los ritos requieren ropajes y útiles carísimos. También nos fijamos en un tablón con fotos que resultaron ser de personas en cuya memoria se realizó en la pagoda una celebración para ofrecer alojamiento a su alma, ya fuera porque murieron fuera de su casa o porque pidieron en el testamento que así se hiciera. En cualquier caso, el más concurrido era el altar de los mayores, al que la gente acude para hacer sus envíos al más allá. El correo funciona de la siguiente manera: las ofrendas de papel (dinero, coches, casas, etc.) se mantienen en el altar mientras se consume el incienso (su humo es la conexión entre el mundo de los vivos y el de los muertos) y después se queman en un horno al aire libre. Piensan los vivos que los muertos recompensarán estos envíos de papel con riquezas materiales.

    A eso de las doce del mediodía, los monjes que por allí rondaban nos invitaron a irnos y cerraron las puertas. Era su hora de comer. También la nuestra.

    Del banquete que nos esperaba y las visitas de la tarde os hablaré la próxima semana.

    Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.





    sgutierrez@divertinajes.com
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