1 de julio de 2007

Camino a Soria

Hace un par de semanas cogimos un coche (de alquiler, por supuesto), y nos fuimos a Burgo de Osma (Soria). Con sol, alegría y buena compañía, el paisaje desde Madrid me pareció extraordinario.

Si Burgo de Osma no hubiera sido nuestro destino final, seguramente habríamos pasado de largo, como hacemos a diario con tantos y tantos lugares, con tantas y tantas gentes, ignorantes de lo mucho que encierra cuanto dejamos de lado.

Tranquilidad aparte, dos son los principalísimos atractivos de Burgo de Osma: su catedral y sus fogones. Y de los dos disfrutamos.

La Catedral

Catedral
La grandeza de su tamaño y hechuras, también el calor, nos sentaron a una de las mesas de la plaza y allí nos retuvieron durante varios botellines de agua y unas cuantas cervezas. El conjunto, la portada, la torre campanario, las gárgolas, las cigüeñas... hay para una y veinte sentadas.

Entramos, por donde se tiende a entrar en un templo, por donde ves que entran y salen los demás; pero en esta ocasión, bodas y oficios ordinarios se sucedían sin darnos tiempo a hacer lo que ahora solemos hacer en este tipo de iglesias: pasear, comentar, fotografiar (está explícitamente prohibido).

Volvimos ante la fachada y descubrimos la otra entrada que suelen tener ahora estos templos, la señalizada con una flecha para visitantes (turistas) y custodiada por una taquilla (visita ordinaria: 2 euros; con guía: 4). Para los feligreses quedan el coro, el púlpito, el altar y el retablo mayor; para los turistas el claustro, el museo de magníficas piezas de imaginería procedentes de diferentes parroquias, y la pequeña sala capitular, en pie desde los orígenes románicos de la catedral (s.XII), con coloreros dragones (s.XIII) trepando por las nervaduras y decenas de personajes policromados narrando la vida en el Burgo (1101-1109) del fundador de la Catedral, San Pedro de Osma (nacido en Francia Pierre de Bourges) en su propia tumba (año 1260), una de las obras más interesantes de la escultura funeraria del primer gótico español. El sepulcro ya justifica el viaje.

Cerdos y corderos

Los escaparates de las carnicerías de la calle principal, peatonalizada para mayor gloria del pueblo, son un generador salivar incontestable para l@s carnívor@s, y una tentación inconfesable para algun@s vegetarian@s y no pocos colesterótic@s, entre otr@s. ¡Qué costillares! ¡Qué lomos! Inenarrable.

Me resistí al acopio de víveres para mi despensa (paciencias incluidas, que también forman parte de la oferta gastronómica de la localidad), pero me dejé llevar por la fama del Virrey Palafox y debo confesar que su cordero asado es el mejor que recuerdo en, como mínimo, un cuarto de siglo, y sus torreznos de alma ya lo son también de la mía.

Excursiones

Burgo de Osma tiene además el privilegio de encontrarse muy cerca de enclaves ciertamente interesantes. Por citar un par de ellos, los que me dio tiempo a conocer: Calatañazor y el nacimiento del R ío Lobos.

Calatañazor

Me pasa como con Viena, parece mentira que tan poco encierre tanto. Calatañazor es un pueblo minúsculo, uno de esos que, como tantos, dejó de existir pero lejos de desaparecer se sumó al pelotón de los que corren contra el tiempo y, ya agonizantes, reviven gracias a la ilusión de un puñado de entusiastas y comerciantes.

Calatañazor

Sus edificios de piedra, adobe y enebro se agarran al suelo y mantienen la estructura medieval del enclave al tiempo que lanzan al cielo sus airosas chimeneas pinariegas. Conserva la picota que habla de su relevante pasado y luce un fósil vegetal en forma de abanico. Ofrece alojamiento, mesas y productos naturales, entre ellos, según anuncian sus vendedores, el queso más fuerte del mundo. Pero lo realmente impresionante, lo que encoge el estómago y ensancha los pulmones, es la enorme llanura que se abre a sus pies, esa en la que, cuenta la leyenda, Almanzor perdió el tambor, y no precisamente de romería.

Calatañazor llanura

Nacimiento del Río Lobos

Ya me había dicho mi guía en la distancia, compañera de tantos  y tan buenos viajes, que el nacimiento del Río Lobos merecía una visita, aunque lo realmente interesante es el cañón. Me aseguró, y no me engañó, que el principio es un paseo de domingueros, que incluso yo podía hacer sin agotarme, y así es. Me alegro de que la entrada esté vallada, porque de no ser así llegaríamos con los coches hasta la mismísima ermita. Ese paseo llano, perfectamente trazado, desde el aparcamiento hasta la ermita, apenas supera el kilómetro de longitud y proporciona sensaciones que sólo puedes calmar comprometiéndote a volver y recorrer el famoso cañón, unos 25 km. Nosotras trazamos allí mismo un sencillo plan que prometimos cumplir: dejar el coche en Hontoria del Pinar, coger un taxi hasta Ucero, caminar hasta Siete Ojos y dormir allí; seguir al día siguiente hasta Hontoria del Pinar, y regresar a casa cargadas de oxígeno, aromáticas fragancias y fabulosas imágenes.

Ermita

Creo que es la primera, segunda, o tercera vez, no mucho más, que voy a un Parque Natural y me encuentro realmente con animales de esos que ahora protegemos porque antes los aniquilamos. Doy fe de que hay una nutrida colonia de buitres leonados, por ejemplo. Pero de eso, ya hablaremos.

Buitres leonados

Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.





sgutierrez@divertinajes.com
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