22 de junio de 2007

Vienantes, variantes sobre Viena

Delicias gastronómicas

tafelspitz mit G’röste
El tafelspitz mit G’röste. Lonchas gruesas de añojo hervido, una especie de pot-au-feu o carne de cocido, acompañadas de patatas gratinadas y puré de manzanas con rábanos picantes. Sienta estupendamente, lo comiera o no todos los días el Emperador Francisco José. No caté, ni muchísimo menos, todos los de la ciudad, pero el del Café Central merece la espera.

Imposible pasar por Viena sin probar la Sachertorte, para nosotr@s tarta Sacher. Aunque la hay por todas partes, los más puristas disfrutarán plenamente si la degustan en la confitería prêt-à-porter o en el salón-café del Hotel Sacher. Yo prefiero repetir tafelspitz, pero debo reconocer que aunque no alcanzo a comprender la magnitud de su fama, la tarta está buena. Por cierto, es obra de Franz Sacher, un chaval de 16 años que trabajaba
Tarta Sacher
como pinche en un hotel y un buen día de 1832 se vio obligado a hacer algo especial precisamente cuando faltaba su jefe de cocina. Sacher llegó a ser pastelero-jefe del príncipe Metternich, y aunque sólo haya legado a sus descendientes la receta de la auténtica Sachertorte, ya les dejó una gran fortuna. Se vende incluso por internet. Y como ocurre con las ensaimadas de Mallorca, no hay problema para subirla al avión, al menos en Viena.

Por cierto, paseando por detrás de la Catedral, descubrimos un restaurante georgiano, Nikaka, y no pudimos resistir la tentación de cenar en él. No sé si os había comentado que una de nuestras mayores decepciones en el viaje que hicimos a Moscú en diciembre fue no encontrar abierto ninguno de los restaurantes georgianos que tanto habíamos disfrutado en el pasado. Por supuesto, pedimos, en inglés, jachapurí y shaslikí. Ya en confianza, y en ruso, le comentamos a la dueña que el jachapurí estaba muy bueno pero que no era exactamente tal y como lo recordábamos. A lo que nos respondió que tal vez nos referíamos a otro de los jachapurís que tenían en la carta. Nosotras, en nuestra ansiedad, pedimos el primero que leímos, ni nos fijamos que hubiera más. Y se ofreció a servírnoslo.
Jachapurí
Pero ya era demasiado tarde, y estábamos demasiado llenas. ¡Una pena! O no. La amable dueña, se fue a la cocina, y al rato volvió con dos porciones del jachapurí que nos decía envuelta en papel de aluminio de tal manera que el propio papel hacia un asa para llevarlas como en una cesta. «Caliente está muy bueno, pero frío también, ya verán», nos dijo. A día siguiente, por miedo a que en el aeropuerto nos lo quitaran, lo metimos en la maleta y el lunes lo degustamos en Madrid. Un motivo más para volver, a Viena o a Tbilisi, me da igual, el jachapurí estaba buenísimo, pero... no es el que recordamos.

Cosas que no tuve tiempo, o ganas, de hacer

Monumento a Mozart
Visitar el Kunsthistorisches, el megamuseo vienés se merece un día, y dedicarle uno de tres me pareció excesivo; asistir a la ópera, y lo de que no había entradas no vale, siempre hay, aunque sólo sea para estar de pie, pero hay; cenar al aire libre en el barrio judío, o en cualquiera de los cientos de terrazas que hay por toda la ciudad, todavía no acompañaba la temperatura; pasearme en coche de caballos, 90 euros la hora, no era tan fuerte el capricho; ir a un concierto de música clásica, y eso que por todas partes chic@s vestid@s de época dan a conocer los programas y venden entradas...  También me quedé con ganas de navegar por el Danubio, ir al Museo Austríaco de Artes Aplicadas, visitar la Escuela Española de Equitación... No tengo más remedio que volver, así que, antes de pasar capítulo, guardaré a buen recaudo las guías que tan buen servicio me han prestado esta vez.

Guías

PD.- Batallitas de aeropuertos

Metimos el jachapurí en la maleta por miedo a quedarnos sin él. Compartimos un sandwich en el Starbucks de turno (eran las siete de la tarde). Pasamos la tarta Sacher en una bolsa de mano, sin ningún problema (aunque viene embalada en caja de madera y por tanto no creo que sufra daños en la maleta). Y subimos al avión cuando nos llamaron, con un pequeño retraso. A la hora de estar, yo dormida, embarcados, no dicen que tenemos que bajarnos porque Barajas está cerrado. Era cierto (había unas tormentas impresionantes), pero nos pareció increíble porque en Viena hacía un calor de verano. Y aquí empiezan las particularidades.

El control de equipajes y pasaportes esta justo antes de entrar en la sala de embarque, separada por una cristalera del resto del aeropuerto. El tiempo pasaba, los locales se iban cerrando y la gente empezó a protestar. Tras muchas idas y venidas de la pobre azafata de turno, que no encontraba a nadie de seguridad que se hiciera cargo del control, nos dejan salir a comer y beber algo. Pero nadie sabe dónde hay algo abierto (eran más o menos las nueve), si es que lo hay; y los pilotos advierten que en el momento que les den pista libre en Barajas tendrán que despegar porque su tiempo se está agotando, y si se retrasa mucho la salida ellos ya no podrán efectuarla y habrá que esperar a que llegue un avión de Madrid, y que eso no será antes del día siguiente. En el desconcierto, algunos nos arriesgamos y arrasamos con lo que quedaba en un autoservicio de la entrada, otros se quedaron. Y entre los que se quedaron, se quedó una señora mayor que tenía pocas ganas de pasearse y pidió a su marido que le trajera una botella de agua. Cuando el buen hombre regresó con la botella de agua, en el control (los mismos que nos decían si podíamos ir o venir) le dijeron que no podía pasarla, a lo que el entregado marido respondió abriéndola y echando un trago para demostrar que efectivamente era agua y no un explosivo. Ni así consiguió convencerles, así que se la bebió allí mismo, no sabemos si para buchito a buchito saciar la sed de su inmóvil esposa.

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Viena te espera

Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.

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Viena (I)




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