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22 de junio de 2007
Vienantes, variantes sobre Viena Delicias gastronómicas
Imposible pasar por Viena sin probar la Sachertorte, para nosotr@s tarta Sacher. Aunque la hay por todas partes, los más puristas disfrutarán plenamente si la degustan en la confitería prêt-à-porter o en el salón-café del Hotel Sacher. Yo prefiero repetir tafelspitz, pero debo reconocer que aunque no alcanzo a comprender la magnitud de su fama, la tarta está buena. Por cierto, es obra de Franz Sacher, un chaval de 16 años que trabajaba
Por cierto, paseando por detrás de la Catedral, descubrimos un restaurante georgiano, Nikaka, y no pudimos resistir la tentación de cenar en él. No sé si os había comentado que una de nuestras mayores decepciones en el viaje que hicimos a Moscú en diciembre fue no encontrar abierto ninguno de los restaurantes georgianos que tanto habíamos disfrutado en el pasado. Por supuesto, pedimos, en inglés, jachapurí y shaslikí. Ya en confianza, y en ruso, le comentamos a la dueña que el jachapurí estaba muy bueno pero que no era exactamente tal y como lo recordábamos. A lo que nos respondió que tal vez nos referíamos a otro de los jachapurís que tenían en la carta. Nosotras, en nuestra ansiedad, pedimos el primero que leímos, ni nos fijamos que hubiera más. Y se ofreció a servírnoslo.
Cosas que no tuve tiempo, o ganas, de hacer
PD.- Batallitas de aeropuertos Metimos el jachapurí en la maleta por miedo a quedarnos sin él. Compartimos un sandwich en el Starbucks de turno (eran las siete de la tarde). Pasamos la tarta Sacher en una bolsa de mano, sin ningún problema (aunque viene embalada en caja de madera y por tanto no creo que sufra daños en la maleta). Y subimos al avión cuando nos llamaron, con un pequeño retraso. A la hora de estar, yo dormida, embarcados, no dicen que tenemos que bajarnos porque Barajas está cerrado. Era cierto (había unas tormentas impresionantes), pero nos pareció increíble porque en Viena hacía un calor de verano. Y aquí empiezan las particularidades. El control de equipajes y pasaportes esta justo antes de entrar en la sala de embarque, separada por una cristalera del resto del aeropuerto. El tiempo pasaba, los locales se iban cerrando y la gente empezó a protestar. Tras muchas idas y venidas de la pobre azafata de turno, que no encontraba a nadie de seguridad que se hiciera cargo del control, nos dejan salir a comer y beber algo. Pero nadie sabe dónde hay algo abierto (eran más o menos las nueve), si es que lo hay; y los pilotos advierten que en el momento que les den pista libre en Barajas tendrán que despegar porque su tiempo se está agotando, y si se retrasa mucho la salida ellos ya no podrán efectuarla y habrá que esperar a que llegue un avión de Madrid, y que eso no será antes del día siguiente. En el desconcierto, algunos nos arriesgamos y arrasamos con lo que quedaba en un autoservicio de la entrada, otros se quedaron. Y entre los que se quedaron, se quedó una señora mayor que tenía pocas ganas de pasearse y pidió a su marido que le trajera una botella de agua. Cuando el buen hombre regresó con la botella de agua, en el control (los mismos que nos decían si podíamos ir o venir) le dijeron que no podía pasarla, a lo que el entregado marido respondió abriéndola y echando un trago para demostrar que efectivamente era agua y no un explosivo. Ni así consiguió convencerles, así que se la bebió allí mismo, no sabemos si para buchito a buchito saciar la sed de su inmóvil esposa. Información en la red Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.
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