16 de junio de 2007

Música terrenal

Me fui de Viena con ganas de volver. Posiblemente porque la imaginaba una ciudad para poco más de un fin de semana. Claro que, ¿cuál de las vivas lo es? Y Viena está muy pero que muy viva, o lo disimula muy bien. Su mayor virtud, la escala, absolutamente humana. Su peor defecto, la teatralidad, obsoletamente histórica.

Kunsthalle

Pianista en la calle
Como su peor defecto es pequeño, casi casi anecdótico, y en el fondo, pilar de lo que los turistas vamos buscando, me centraré en su virtud. Las distancias son cortas, gran parte del centro histórico es peatonal, la calle es en sí misma un escenario, el repicar de campanas ahoga el de por sí inapreciable ruido de los coches, y está llena de parques y jardines, eso por no hablar de las tentadoras terrazas de cafeterías y restaurantes. No hay tantos ni tan buenos cafés como me cuentan que había, pero para unos días más que suficientes; eso sí, sobran tartas y faltan camareros profesionales, o al menos con ritmo.

Se puede ir a todas partes andando, eso sí, en las vías con circulación rodada hay que tener cuidado con las bicicletas (transporte preferido de propios y extraños). La ciudad está señalizada también para ellas, y hay muchos puntos de alquiler.

De Iglesias, Museos y demás monumentos

Catedral de San Esteban
Nuestra visita primera se la llevó, cómo no, la Catedral. Excepción hecha del excelente tejado de cerámica, no tuvimos suerte con los exteriores, parcialmente cubiertos de andamios (¡ya le tocaba! porque está negra como una mala conciencia, algo poco apropiado para un templo de semejante envergadura). Pero del interior no nos perdimos ni un detalle, y obras magistrales (pulpito de Pilgram y altares Wiener Neustädter y Mayor) aparte, disfrutamos la osadía de Antón Pilgram al inmortalizarse asomado en diferentes rincones de su obra.

Antón Pilgram

Pestäule
Y de allí al Graben, a rendir honores a la impresionante columna barroca erigida en 1679 para la celebrar el fin de la peste. La peste ahora son las palomas, que obligan a proteger el monumento con una red.

Aviso para los fieles del Opus Dei: en la abigarradísima Peterskirche, de nave circular, a la izquierda del altar mayor, San José María Escrivá de Balaguer es el receptor de todas las súplicas avaladas por velas a 1 €.

Del Graben...

...hacia un lado, el barrio judío, con toda su carga de escalofriantes recuerdos librificados en medio de una coqueta plaza que la memoria transforma en escalofriante.

...hacia otro, el palacio de la cinematográficamente glamorosa Sissí. No soy mitómana ni apasionada de las estancias reales, tan parecidas unas a otras, dispuestas casi siempre en esquema de vagón, pero las espalderas y las anillas colgadas del marco de la puerta del dormitorio de la Emperatriz tienen un pase.

Sissí en el cine

Sissí (Ernst Marishka, 1955) Interpretada por Romy Schneider.
Sissí Emperatriz (Ernst Marishka, 1956) Interpretada por Romy Schneider
El destino de Sissí (Ernst Marishka, 1957) Interpretada por Romy Schneider.
Mayerling (Terence Young, 1968) Interpretada por Ava Gardner.
Ludwig II(Luchino Visconti, 1972). Interpretada por Romy Schneider.
Y muchísimas cintas más

Para aquellos que quieran ver los muebles usados en algunas de las películas, se exhiben en una exposición permanente.

En la soleada mañana de sábado que nos paseamos por la lúgubre exposición de palacio, una banda amenizaba con tino una degustación de vinos de la tierra. Con la copa en la mano, decidimos si cruzamos la calle y entramos en la manzana de fábricas y viviendas salvada para el recreo merced a su conversión en barrio de museos; o si saltamos de jardín en jardín hasta la frondosa muestra de rosales que tantas narices y macros atrae. No importa el orden. Lo andamos todo. Lo disfrutamos todo. Todo me sabe a poco.

Apartamentos Wagner
Buscando los, en su día rompedores, y hoy aún llamativos, apartamentos Wagner (así nombrados por su arquitecto, nada que ver con el músico), cumbre del Jugendstil, me di de bruces con el Naschmarkt, un mercado permanente coloreado por las especias, los frutos y los aperitivos de oriente.

A dos pasos de allí, Karlskirche es un fascinante derroche de gratitud e imaginación. Carlos VI, cumpliendo su promesa, levantó este espectacular templo en honor de San
Karlskirche
Carlos Borromeo
, patrono de la lucha contra la peste, en cuanto su pueblo se vio libre de la terrible epidemia de 1713. No tiene desperdicio.

Belvedere
Sin embargo, los jardines de Belvedere (en el Palacio no entramos), no sé si por la patina blanquecina de la recientísima restauración, o por las obras que aún ocupan parte de las verdes terrazas, o tal vez porque los edificios que los encajonan le han restado magnitud, no pasan de ser un paseo agradable que los más esforzados (la inclinación es considerable) utilizan como circuito de jogging.

Para los que se queden con ganas de prao y vistas panorámicas, el Prater está a un par de paradas de metro del mismísimo centro. En este coto imperial abierto al público en 1766 por José II es donde se instaló en 1896 la noria que Graham Green inmortalizaría en El tercer hombre antes de que el cine pudiera hacerla famosa. Subirse es inevitable. La cola no es tan exagerada como la de la Londres, y la espera del turno se hace mucho más amena: en réplicas de antiguas cabinas de la noria, trabajados autómatas recrean la vida en el parque en diferentes épocas. Todo en el ambiente ayuda a conservar su esencia de atracción de feria, incluidas las rojas cabinas de madera con un toque de vagón de tren, que de manera alterna admiten pasajeros de una sola vuelta o grupos para cenar en las alturas. El resto de atracciones del parque las dejo para los más niños, o los más intrépidos. Me conformo con una salchicha y una cerveza, que también son típicas.

Noria Norris

Casa de las Palmeras
También en metro, nos acercamos al Palacio de Schönbrunn, y tampoco entramos. Pero desayunamos a ritmo de Mozart en la Glorieta, paseamos sus agradable jardines (la moda: muchos caminantes se ayudan de largos bastones como los de esquiar), y nos damos un respiro en la Casa de las Palmeras, un espectacular e ingenioso invernadero tropical que desde 1882 da cobijo a decenas de plantas exóticas. 

Y, en extremis, el domingo, visitamos la Ópera. La noche del sábado habíamos vibrado un poco con su encanto cuando Plácido Domingo, sudoroso y aún vestido de Otelo, salió al balcón para saludar emocionado a los cientos de personas que habían seguido su recital en la gran pantalla instalada en la plaza. No me extraña que, como dijo, la Ópera de Viena para él sea un escenario especial, aquí fue donde recibió la mayor ovación de la historia: los aplausos resonaron durante la hora y media posterior al espectáculo.
Ópera
En fin, a lo que íbamos, al interior de la Ópera. Si no queréis perdéroslo, y creo que no debéis (al fin y al cabo, estáis en Viena, la ciudad de la música), tenéis que estar muy atentos al cartel que colocan cada día en la entrada lateral izquierda. Allí dicen qué día, a qué hora y en qué idiomas la enseñan. Hay muy pocas visitas, y no todos los días. La cantidad de turistas que se juntan es impresionante y el desorden para entrar aún mayor. Os recomiendo estar allí con tiempo de antelación y paciencia, o llegar a última hora y arriesgaros a quedar fuera.

Algunas curiosidades sobre la Ópera

Conserva el tamaño y la acústica del edificio destruido durante la Guerra, pero la decoración es más austera. Los respaldos de los asientos tiene pantallas para traducción simultánea al inglés y al alemán.

Temporada: de septiembre a junio. Nunca hay el mismo espectáculo dos días seguidos. Tosca se representa desde 1957 con la misma producción.

Las entradas se venden en Viena con un mes de antelación y en el extranjero incluso con un año. Pero cada día, ochenta minutos antes de cada espectáculo, las taquillas de la Ópera ponen a la venta 560 entradas para ver el espectáculo de pie (con barras para apoyarse) a 3,5 y 2 €; sólo despachan una por persona.


Lo mismo ocurre en el Burgtheater, a donde fuimos corriendo desde la Ópera. Pero allí hay infinitamente menos turistas, y no es menos interesante, con sus grandes escalinatas de techos pintados, en parte, por Klimt.

Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.

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Viena (II)





sgutierrez@divertinajes.com
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