5 de mayo de 2007

Pinos sobre el mar

Antes de continuar con mi aventura californiana de sol y nieve, mar y montaña, permitidme una escapada al poco litoral mediterráneo español (peninsular) que aún está a tiempo de luchar por conservar, e incluso agrandar, su belleza: la Costa Brava.

Me hubiera gustado ir en avión a Gerona, pero dos o tres vuelos diarios con Madrid no dan para mucho —menos en fechas de acueducto—, así que cuando decidí viajar ya no quedaban plazas; no me hubiera importado dormir en el tren toda la noche —por vía férrea sólo hay una oportunidad diaria (en realidad nocturna) de desplazamiento a, y desde, la capital—, pero, ¡vaya usted a saber por qué!, ese convoy ya no lleva coche cama... y ya no estoy para literas de seis, mucho menos para dormitar sentada durante horas y horas. De ahí que cogiéramos el coche en Barcelona. Una oportunidad como cualquier otra para recorrer El Maresme, que podíamos habernos ahorrado.

Lo bueno empieza pasado Tossa de Mar. Ahí, la carretera comarcal que va por la costa se ciñe al mar y prácticamente no lo abandona hasta S’Agaró, hasta Platja d’Aro. Es imposible no desear detenerse a cada paso para asomarse con vértigo a las calas que con el color tostado de su arena y el verde esmeralda de las aguas que la bañan rompen la oscuridad de la roca que nos sustenta y de los árboles que la tapizan y del mar profundo que la esculpe. Nos bajamos a mirar, pero lo primero que hacemos es respirar y sentir con cada inhalación el aroma peculiar y saludable exhalado por los pinos, esculpidos también, por el viento.

Costa Brava

Hacemos una parada de avituallamiento en Cala Giverola atraidas especialmente por el complejo hotelero allí instalado: un resort expandido que cuenta hasta con un funicular para subir de la piscina a los distintos bloques de habitaciones y que ha copado con sus instalaciones deportivas todo el frente de playa. Una pena que la cafetería que regentan a pie de arena ofrezca viandas tan poco acordes con el entorno y de tan baja calidad. A los huéspedes, en su mayoría extranjeros, posiblemente centroeuropeos, se les veía felices. Totalmente fuera del mundo.

Costa Brava
Instalamos nuestra base de operaciones a las afueras de Platja d’Aro, en el Hotel Cap Roig, en una amplia habitación que bien podría ser una cueva en la roca: por encima de nosotras, más habitaciones; por debajo, la ladera cayendo a la arena; por delante, las ramas de los pinos y el mar. Increíble pero cierto. Nos alegramos de que ya no se permitan semejantes atrocidades urbanísticas, pero también nos alegramos de que esté hecho. Una contradicción que el reflejo de la luna llena hace más que soportable.

El Hotel Cap Roig es un tres estrellas tan bien situado como mal gestionado. Un establecimiento de esos en los que da la sensación de que dan por hecho que la ubicación es mucho más de lo que sus clientes se merecen. Se equivocan. En su magnífico emplazamiento, no es único en la zona.

Hotel Cap Roig

Sería muy de agradecer que atendieran cordialmente a sus huéspedes: su negociado es un hotel, no un internado. Que se informaran e informaran de los cuatro atractivos de la zona, incluido uno de los que ligan sin reparos a su publicidad: el golf y su hermano pequeño, el pitch & putt. Que ofrecieran productos de mediana calidad (y no pésima como es el caso, y con cuentagotas); hablo del desayuno, no consumí nada más, aunque me hubiera gustado cenar allí tranquilamente, pero no el poco apetecible bufet que constituía la única opción.

Muy limpio, eso sí.

Me quedé con ganas de probar otros. Por ejemplo, allí mismo, camino de San Antonio de Calonge, San Jorge; Sant Roc, en Calella de Palafrugell; o el Parador de Aiguablava, en Aiguablava. Y, desde luego, para la próxima vez, no descarto el camping. Los que vi están extraordinariamente situados (algunos) y excelentemente equipados (parece).

En fin, si Dios da pan a quien no tiene dientes, tal vez la Costa Brava entregue instalaciones esplendorosas a quien no tiene luces, o intención de iluminarlas.

La imposibilidad de cenar en el hotel, como una estancia en la costa se merece, nos empujó a las calles de Platja d’Aro, y allí, en el paseo asfaltado sobre la arena, descubrimos el que habría de convertirse en nuestro local favorito: Friends. Terraza con estufas, sofás de madera mirando al mar, camareros sonrientes, comida (pollo borracho aparte) interesante... Suficiente para hacerlo más que recomendable.

Volvemos al coche, y con él a la carretera pegada al mar para avanzar hacia el norte. Calella de Palafrugell nos encandila especialmente. Hasta nos bañamos en una de sus calas rodeadas de pequeñas casa blancas, y disfrutamos de unas excelentes anchoas de la zona en una de las terrazas  desplegadas al pie de las barcas. Un lugar para vivir. Si el invierno no fuera tan ventoso como dicen, ni el verano tan concurrido como presumo. Un lugar para vivir, en cualquier caso, si nos cayera en suerte cualquiera de las casas que miran al mar.

Calella de Palafrugell

Volvemos al agua en Tamariu, mientras tantos y tantos disfrutan en las terrazas de arroces y fideuás. Nos sentaríamos a yantar de buena gana, pero no queremos terminar el día sin alcanzar Empuribrava. Vuelven a tentarnos las mesas montadas en Aiguablava, pero seguimos camino.

Entrar en Fornells resultó tan complicado (siguiendo las señales) que pasamos de largo; y, como si de un castigo se tratara, en Sa Tuna las obras nos echaron marcha atrás cuando ya casi rozábamos la arena, pero tozudas, volvimos por otra vía de acceso. Todo para disfrutar de un café contemplando las rocas que delimitan la entrada de agua y los barcos fondeados aquí y allá.

Sa Tuna

Islas Medas
Desde Sa Riera lo que nos observa son las Islas Medas. Para eso son reserva natural.

Como la mayoría de los pueblos con raíces, Begur mira al mar desde lo alto, desde el interior, desde tierra seca. Pero está tan cerca que merece entrar a pasear sus calles tranquilas y señoriales. Nosotras, que la disfrutamos hace apenas un par de años, enfilamos hacia Gualta azuzadas por la bolsa de palos que tintinea en el maletero.

El golf se ha hecho omnipresente. Vale. Pero hay que reconocer que no en todas partes entona de la misma manera. No es lo mismo convertir en vergel un secarral derrochando en diversión y negocio un bien tan escaso como necesario, el agua, que segar de manera determinada verdes campos para trazar en ellos interesantes recorridos dictados por los accidentes propios del terreno. Esto es lo que han hecho en Cataluña, al menos en algunas zonas. Y es más, ajustándose también a las necesidades de los jugadores, no siempre ricos en tiempo, han potenciado la modalidad más asequible del juego de los palos y los hoyos, el pitch & putt. Y lo han hecho, no como hemos visto en otras partes, engañando con pequeños terrenos mal cuidados en los que se apiñan recorridos breves y apurados, sino trazando recorridos tan dignos e interesantes como los diseñados para los grandes campos.

Pitch & Putt Platja d’Aro. Su único problema, cuando sueñas con perderte en el silencio de la naturaleza, son la carretera y los edificios que lo rodean.

Pitch & Putt d’Aro-Mas Nou. Tan accidentado como el monte sobre el que se asienta, avisa desde el primer hoyo de lo que nos espera. Salir a jugar escaso de bolas no es buena idea.

Pitch & Putt Gualta. Entretenido y bien cuidado, con una tienda de lo más tentadora.

Mas Nou

Quedan para próximos viajes:

Golf Papalús Lloret (P & P)

Pitch & Putt Viladrau

Mas Pagès Golf (P & P)

Pitch & Putt Castelló-Empuriabrava

Pitch & Putt Ecogolf Lloret

Pitch & Putt Fornells

Pitch & Putt Franciac Golf

Entramos a L’Escala atraídas por sus anchoas. Y hacemos acopio para aperitivos caseros venideros. Ya de noche, alcanzamos Empuriabrava. Hace treinta años era sólo un proyecto que empezaba a desarrollarse y ahora es una ciudad de canales, vecindarios con patio de agua en el que lucen los yates, hileras de chalets con su barquito atado a la verja del jardín. Un espectáculo en sí misma. Cenamos en la animada terraza de Casa Arturo donde el despiste es tan grande como su amabilidad; por eso, mejor revisar la cuenta: la nuestra llegó multiplicada por dos.

De Cadaqués ya os hablé hace tiempo. Y marco Figueres como visita inexcusable para la próxima ocasión. Con lo que yo admiré a Dalí, y se me resiste. No importa. Volveré.

PD.- Si hubiéramos hecho caso de las previsiones metereológicas que anunciaban lluvias y más lluvias, nos habríamos quedado en casa, donde al parecer llovió de lo lindo, y nos habríamos perdido las vistas maravillosas, los gélidos pero apacibles baños y el favorecedor tostado que ahora lucimos.

Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.





sgutierrez@divertinajes.com
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