20 de abril de 2007

Ruta de la nostalgia

Seguimos de paseo por San Francisco. ¿Cansados? Paciencia, que ya se acaba. Y cuando se haya acabado, querréis más. Pero ese más ya no estará en Divertinajes, tendréis que ir a buscarlo al propio Frisco. Y ahí sí que —cuesta arriba, cuesta abajo—, sabréis lo que es cansarse. Pero ya se sabe: sarna con gusto no pica. Y menos por las calles de San Francisco.

Misión

El tranvía F (tranvía de verdad, como los de todas partes, no pintoresco cable car barn), traqueteando por Market Street lleva a Misión y Castro, justo lo que andamos buscando y no pretendemos alcanzar a pie. El día que nosotras hicimos el recorrido (un domingo de buena mañana) nos acompañaban una nutrida representación de desheredados. Creo que no fue casualidad. En el tranvía se dormita bien.

Misión Dolores
Ellos siguen. Seguramente irán y volveran varias veces antes de alcanzar su destino. Nosotras nos apeamos en Church St. Station, cerca del edificio más antiguo de la ciudad (1791, menos risitas, es EEUU), una de las siete misiones construida por iniciativa española en California, la Misión Dolores. La hilera de palmeras que hace de mediana en la amplia y semidesierta calle bautizada con su nombre refuerza la estampa de lugar hospitalario y sosegado que, al menos en el imaginario popular, se nos antoja propia de cualquier misión. La que ahora nos ocupa, y se tiene por principal  fue fundada por un mallorquín, Fray Junípero Serra.

Entramos. De la pequeña tienda de regalos que hace de taquilla (5 $), se pasa a una sencilla iglesia de pueblo español y de ella, a un estrecho patio en el que se exhiben un diorama representativo de lo que fue, o pudo ser, la Misión y fotos del Papa Juan Pablo II en su visita al lugar. La basílica adyacente estaba esa mañana de domingo abarrotada de fieles
Casas victorianas
(la misa de 12 es oficiada en castellano, el resto en inglés). Completan el territorio amurallado un pequeño museo (evitable) y un cementerio (como todos, memorable).

Ya no veremos otra cosa que casas victorianas, espléndidas. Tal vez incómodas para vivir, quién sabe (excepto quienes en ellas habitan). Tan iguales como variadas, algunas resultan llamativas: por ejemplo la que se levanta en Dolores con Guerrero.

Mission
Así, entre maderas trabajadas para dar cobijo a unos y pintadas de colores para alegrar a todos, llegamos a la calle comercial de este barrio eminentemente latino. Mission rebosa mercancías en un ambiente de tiendas que a pesar de la amplitud de sus locales invaden sin contemplaciones las aceras. Podría estar más limpio, más ordenado, pero es lo que hay: mucho emigrante ahorrando para vivir y conseguir que otros vivan. Los locutorios y oficinas de giro de dinero al extranjero compiten en número con las peluquerías.

Murales en Mission

Hacemos un alto en el camino (preñado de inspirados murales) en un café de la calle 24 con Folsom. Es media mañana y ya hay música en directo. La ceremonia del café es hipnotizante (decenas de cafés para escoger, molido en el momento y preparado al ritmo de la música), pero el brebaje resultante, en el que, pretendiendo ser un café latte, flota una hoja de menta, no nos gusta demasiado. Pero se está tan bien en el sofá...

Salimos hacia Castro por la 24, y entre Chuch y Castro nos topamos con un oasis de pequeño y cuidado comercio especilizado. Quesos, salamis y conservas europeas, vinos y chocolates, discos y flores, lencería y complementos... Un placer.

Castro

Castro
¡Qué bajón! Y no me refiero a la cuesta que descendemos para alcanzar las cuatro esquinas tradicionalmente más gays del mundo, Castro con la 18, el meollo de la cuestión. El ambiente es tan provinciano que no damos crédito a lo que estamos viendo. El teatro muy chulo sí, pero para casino de villa. La librería, surtida, ordenada, poco más. Los cafés... comimos en una taquería mexicana, nada gay. En fin, si no fuera por las banderitas arcoiris que adornan institucionalmente la calle y particularmente algunas ventanas, y el banderón que ondea en lo más alto, frente al teatro, nadie diría que estamos en el barrio que estamos. Visitar Castro desde Chueca es como escuchar ciertas canciones de la transición en plena democracia. O parecido.

Haight Ashbury

Pasamos de adentrarnos en Buena Vista Park aunque intuimos que el nombre no ha de ser un farol, a juzgar por lo que cruce tras cruce alcanzamos a ver desde los pasos de cebra: la ciudad cayendo hacia la bahía.

Las mansiones victorianas, cada vez de mejor porte, nos vigilan silenciosas hasta que en las proximidades de Haight con Ashbury no pueden más y estallan: sí, aquí se reunían los hippies en los 60, ¿qué pasa? Si aún tienes añoranza de aquellos tiempos, entra y compra.

Nos llaman la atención Bound together books, la librería del colectivo anarquista; Recycled Records, un paraíso para los amantes del vinilo; Amoeba Music, el todo del cine y la música; Haight Ashbury T-Shirts, que hace lo que puede por mantener vivo el espiritu del pasado... las guitarras de todas las formas y tamaños del 1540 de Haight Street; la ropa vintage de aquí y allá; los inagotables tatoos... los muchos establecimientos que aseguran utilizar sólo productos orgánicos y trabajar únicamente con café de comercio justo.

Haight Street

Tratamos de reponernos en la barra metálica del animadísimo Cha Cha Cha. Un local cubano de trabajada decoración, a base de altarcillos y nostálgicas fotos de la isla. Poca luz, salsa a todo volumen y sangría fresca y fuerte, pero que bien fuerte. Cenar, comer, merendar o lo que quiera que se haga a esta hora de la tarde, imposible (San Francisco desconoce el ritmo horario). No hay libre ni una mesa.

Estamos al lado del Golde Gate Park, pero dejaremos su visita para otro día. Y la haremos en coche.

Flecos

No, no es que haya un barrio en San Francisco que se llame Flecos, me refiero a los flecos que nosotras dejamos colgando en nuestro minucioso patear de la ciudad. Por ejemplo, Alamo Square y alrededores. Así que, en el día de «qué nos falta por ver», allá que nos fuimos. Aunque sólo fuera para sacar la foto que todos sacan, la de las seis casas victorianas en cuesta con los rascacielos del moderno barrio financiero de fondo. ¿Desde dónde se obtiene la mejor perspectiva? El punto de disparo está marcado con la correspondiente calva en el césped. Más pistas: cerca de la fuente de Hayes con Stainer. La cámara la ponéis vosotr@s. También hay una bonita foto del Ayuntamiento desde el final de Fulton. Y... ¡basta! Cada uno que busque su instantánea (¡ja!).

Perro en Castro
Una curiosidad para quienes tienen perro: el juguetito de moda en San Francisco es un sopote alargado que captura y lanza la pelota. Confieso que el asunto me tenía un poco preocupada, aparentemente los dueños hacen amago de lanzar un palo de colores (el soporte en cuestión) y el perro sale lanzado (claro, a por la pelota). No tengo perro. Ni se le espera.

Es un barrio residencial y el silencio, sólo roto por las sirenas de los barcos, lo hace notar. Alamo Square y alrededores, digo.


Alamo Square

Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.





sgutierrez@divertinajes.com
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