13 de abril de 2007

Un círculo casi perfecto

Vayamos donde vayamos, los grandes ventanales y las escaleras de incendio se nos antojan reclamos de trabajo para los cacos, sin embargo, nos dicen, no hay problemas de seguridad. Es invierno, y por las calles de San Francisco se mezclan hombros, pantorrillas y pies al descubierto con gorros, guantes y bufandas, trabajadores apresurados con su vaso humeante de café en la mano y turistas parapetados tras objetivos cada día menos llamativos; nos dicen que es lo habitual de estos soleados, que no calientes, días de enero.

Distrito financiero

Entramos en el distrito financiero pisando apenas la estrecha sombra proyectada por el rascacielos blanco que destaca tras el Zoetrope, la Transamerica Pyramid, el edificio más alto de la ciudad desde 1972 (256 m), donde trabajan unos 1.500 oficinistas. Es la esquina de un cuadrilátero conformado por elevados escenarios de cristal para comerciar y pequeñas plazas asfaltadas donde almorzar que, a decir verdad, nos interesa poco. Ni tan siquiera el famoso centro comercial Embarcadero Center fue capaz de retenernos cuando lo atravesamos torre tras torre, tienda tras tienda. Contando con más tiempo, tal vez habríamos entrado al Well Fargo History Museum, empujadas por el recuerdo romántico de tantas y tantas tardes de sábado viendo películas del oeste en la tele.

MOMA
Seguimos adelante y llegamos al Yerba Buena Graden. Antes de adentrarnos en sus jardines, decidimos visitar el San Francisco Museum of Modern Art (SF-MOMA), para eso madrugamos. Posiblemente demasiado, porque aún está cerrado. Pero esto es Estado Unidos y todo está perfectamente planeado: los madrugadores no tienen por qué desesperarse por haberse adelantado al horario del Museo (11:00), la tienda les espera y ofrece también verdaderas curiosidades de arte y diseño. Dejamos en el guardarropa nuestros hallazgos (el más destacable: unas potentes, livianas e invisibles estanterías metálicas que, para nuestro minúsculo hogar invadido por los libros, prometían ser una magnífica solución; aún no las he colgado). En un par de horas, recorrimos con gusto las 5 ligeras plantas de pintura, diseño, fotografía, instalaciones y videomontajes, si bien, al final, creo que lo que más impacta a cuantos vamos de paso es el edificio, tanto en su aspecto exterior como en su estructura interior. El paseo por Yerba Buena Gardens no pasa de ser un respiro verde y azul.

Civic Center

Camino del Civic Center, entre la sexta y la séptima, nos asalta una realidad diametralmente opuesta a la del distrito financiero: una pacífica pero llamativa bolsa de marginación alcohólica y oscura que llega casi hasta las puertas del Ayuntamiento.

City Hall

En la amplia explanada arbolada que se abre a los pies del colosal City Hall, coincidimos en el tiempo con un grupo de veteranos de guerra que, en protesta por la guerra de Irak, estaban colgando de los árboles una corbata por cada soldado americano muerto en tierras iraquíes: 3.000, por aquel entonces.

No pudimos entrar al Ayuntamiento, que ya estaba cerrado, y no nos apeteció lo suficiente perdernos en el cercano y, para muchos, completísimo, Asian Art Museum, así que dada la hora (mediodía avanzado) decidimos que lo mejor era acercarnos a un barrio no alejado de donde nos encontrábamos y de buen comer: el chino. Aunque de camino nos entretuviéramos en Nob Hill.

Nob Hill

Grace Cathedral
Las cuestas para salvar los 103 metros que elevan Nob Hill sobre la bahía son especialmente marcadas, con inclinaciones que obligan, por seguridad, a aparcar los coches totalmente perpendiculares a las aceras, el mínimo desliz puede resultar fatal (semejantes pendientes ofrecen vistas espectaculares pero también incitan a exagerar, cómo no). Es la zona noble y se nota. Imponentes edificios en piedra albergan elegantes hoteles (Fairmont, Marr Hopkins Inter-Continental, Huntington, Stouffer Reinassance Stanford Court) y domicilios nobles en las proximidades de Grace Catedral.

Nos alejamos por Mason, y estuvimos tentadas de entrar en el Cable Car Barn Museum pero seguimos adelante rodeadas de estudios y talleres de artistas (especialmente entre Washington y Pacific).

Barrio chino

Se entre por donde se entre, se pasee por donde se pasee, el barrio chino de San Francisco es espectacular. La mayoría de sus habitantes son chinos nacidos en San Francisco, pero siguen siendo chinos antes que americanos y lo dejan claro: edifican chino, hablan chino, comen chino, visten chino, y se relacionan con chinos. No importa nuestra ubicación en el planeta, estamos en China. Y su gran arteria comercial se llama Grant Avenue.

Entre el caos y la suciedad, en el 919 de dicha Grant Avenue, Nam Hai Corporation ofrece una variedad espectacular (en cantidad, calidad y presentación) de setas, tés, raices, cuernos y colas de ciervo, aletas de tiburón y un sin fin de productos que somos incapaces de identificar. Y en el 949 de la misma calle, Ten Ren’s Tea, además de variedades de té y ginseng para llevar sirven tés caliente y fríos, ofrecen catas de infusiones y celebran la ceremonia del té para todo aquel que disponga de un rato y quiera relajarse en un acogedor ambiente. Para el que pase de largo y luego se arrepienta, en el 1046 hay una tienda similar, Vital Tea Leaf. En el escaparate del 1131 cuelgan, según la revista Bon Apetit, los mejores patos pekineses de la ciudad, y también pollos y calamares tintados. Atrás quedaron, en el 607, 645 y 660, Asian Image Boutique, Asian Renaissance y Old Shanghai respectivamente, y en ellos, muebles, ropa, antigüedades y complementos de todo tipo.

En el paseo por el barrio, rico en restaurantes, llaman la atención el Bank of Canton y el ambiente de Portsmouth Plaza —donde todos los bancos están ocupados por jugadores de cartas y mahjong—, el Tin How Temple y la casera actividad de los estrechos callejones. Pero no sólo. Visita casi obligada es la minúscula fábrica de galletas de la fortuna fundada en 1962, Golden Gate Fortune Cookies. Casi nadie compra galletas y todo el mundo saca fotografías, consecuencia: por cada foto disparada hay que pagar 50 centavos.

Terminamos el recorrido frente a la casa mural que en Brodway con Columbus luce, entre otras imágenes, un pinturero dragón chino. A las puertas del barrio italiano, ese en el que todos los postes y farolas lucen una bandera italiana a media altura, estamos en North Beach, en la zona del que en su día fuera barrio de los beats. Y también en la zona de los cabarets.

North Beach

City lights resulta un buen lugar para, como sus propietarios proponen, sentarse y leer un libro, o al menos unas páginas. Grande por la unión de pequeños espacios, familiar por la multiplicación de rincones y su hospitalidad: se ofrecen como
Vesubio
dirección de contacto en San Francisco para quienes carecen de un enclave fijo en la ciudad, y se comprometen a recoger el correo que allí llegue, vaya dirigido a quien vaya dirigido. En los alrededores, no faltan bares donde tomar una cerveza recién destilada (San Francisco Beeving Company) o una copa con historia (Vesubio —verdadero refugio Beat—, The Saloon —la barra es de 1861— o Caffé Trieste —pasa por ser la cafetería más antigua de la ciudad—).

City Lights

Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.





sgutierrez@divertinajes.com
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