31 de marzo de 2007

En tranvía por San Francisco

Como os decía la semana pasada, no fue muy buena idea querer subirse al tranvía precisamente en la plataforma de Hyde Street, y menos siendo como era víspera de fiesta, hubiera sido mejor esperarlo en cualquier otra parada. Hicimos casi dos horas de cola. Nos hartamos de ver cómo los operarios, empujando con las manos o apoyándose de espalda, emplean toda su fuerza para girar la plataforma que da la vuelta al tranvía y lo encara camino de vuelta (de ida para nosotras).

Eva quería sentarse dentro para ver al conductor manejar las palancas, yo prefería quedarme en la plataforma trasera para contemplar el paisaje, la gente corría para coger asiento en el banco lateral abierto al exterior... Al final, nos movimos todos por donde quisimos. Eso sí, en la plataforma hay que tener cuidado de no molestar al revisor que maneja el timón de freno, una tarea fundamental dadas las cuestas.

El tranvía de San Francisco no es un tranvía cualquiera. Nació tras el impacto intelectual que un accidente del tradicional tranvía tirado por caballos provocó en uno de sus testigos: Andrew Hallidie. Este mecánico londinense afincado en San Francisco fue quien ideó el fascinante sistema de transporte que decora las calles más empinadas del mundo. El mecanismo, tal y como nos lo cuenta nuestra guía, es el siguiente: los motores de la central eléctrica mueven los cables enrollados bajo las calles de la ciudad mediante un sistema de poleas; cuando el conductor tira de la palanca, ésta entra en la ranura y engancha el cable gracias al cual el vagón avanza a una velocidad constante de 15,5 km/h; para detenerlo, el conductor suelta la palanca y presiona el freno. Para saberlo todo sobre semejante ingenio, os recomiendo visitar el museo alojado en la cochera donde de noche duermen los vagones y de día viven el taller y la central eléctrica que lo mueven, el Cable Car Barn.

Hyde Street
Alejarse cuesta arriba es un placer visual: abajo quedan la bahía y Alcatraz, y, enseguida, a la izquierda, la pintoresca Lombard Street, cuya pendiente de 27º obligó a trazar en ella tantas curvas que se tiene por la calle más sinuosa del mundo, y seguramente también la más fotografiada. Para mí es uno de los exponentes más sencillos y llamativos de cómo las ciudades pueden, cuando sus mandatarios quieren, convertirse en un entorno amable; lo que en cualquier otro lugar del mundo sería una pendiente intransitable, en San Francisco es un admirado jardín, atravesado por un camino de asfalto en zig-zag por el que los vehículos más que circular desfilan para los insaciables turistas-fotógrafos.

Lombard Street

Todo lo que sube, baja; y el tranvía de San Francisco no es una excepción. Pero no importa, la vista que ofrece en su descenso no es ninguna decepción: es el momento de alucinar con las siluetas recortadas contra el cielo que avanzan sobre la línea recta de la cumbre que dejamos atrás.
Tranvía
Tranvía
Y a medida que se aleja de lo más alto, aparecen más y más líneas rectas que cortan horizontalmente la pendiente, para permitir a quienes se mueven por la ladera en paralelo al mar hacerlo, como es natural, sobre una superficie llana. El trazado no tendría nada de extraordinario si no fuera por lo marcado de las pendientes que convierten los cruces en abruptos pliegues dispuestos a arrancar chispas de los bajos de los coches excesivamente acelerados. Como escenario para persecuciones no tiene precio. Es más, para muchos ni siquiera tiene parangón. Quien lo dude, que se siente a ver Bullitt.

Podríamos habernos bajado por el camino (a la altura de Lombard Street, en la parada del Cable Car Barn Museum o en Union Square, por ejemplo), pero llegamos hasta el final de la línea, a la plataforma giratoria de Powell Street, donde también es manual el cambio de sentido del tranvía.

Union Square

De nuevo nos encontramos en una zona bulliciosa. Pero si Fisherman’s Wharf inspiraba fiesta, Unión Square huele a trabajo. Es un mar de hombres trajeados con maletín, mujeres pintadas sobre tacones, grupos de congresistas luciendo la misma acreditación y las mismas bolsas de regalo, mimos intentando atraer la atención de los rutinarios viandantes, comercios tranquilos y cafés a rebosar...
Seattle’s Best Coffee
Nosotras, sin alejarnos de la Plaza, decidimos darnos un respiro en el Seattle’s Best Coffee, el acogedor café de la segunda planta de la librería Borders que parece una concurrida biblioteca. Aquella tarde, todo el mundo leía en silencio, bueno, todo el mundo no, una señora interrumpía continuamente su lectura con sonoras carcajadas. Ya lo dijimos: es Estados Unidos, el país donde la vergüenza tiene pocos conocidos.

De las muchas tiendas de la zona, destacaré una: Williams Sonoma. Tres plantas de utensilios de cocina en el que no faltan exhibiciones a fogón caliente ni atractivos juegos iniciáticos para l@s niñ@s. Un local propio de exclusiva joyería o alta costura dedicado al arte culinario. Un placer. ¿Mis compras? Puramente testimoniales: un cortador de mangos y un recipiente de madera para los ovillos de hilo de bramante.

Y hablando de compras, aprovecharé para comentar un error que reforzó nuestras pantorrillas y mermó nuestra fe en los directorios de las guías. Aprovechando el viaje, quería yo regalarle a mi ahijada una cámara de fotos especialmente diseñada para los más pequeños por Fisher Price, aún no comercializada en España, que vende en Estados Unidos Toys ‘R Us. Sentadas en el café, decidiendo nuestro próximo embate, nos acordamos de la cámara, echamos un ojo al directorio de tiendas ofrecido por nuestra guía, y decidimos que llegar al 2675 de Geary Blvd. era un paseo, al fin y al cabo estábamos justo al principio de esa calle, o al lado. Y, ni cortas ni perezosas, allá que nos fuimos, camina que te caminarás, cuesta arriba, oscureciendo ya, y todo para comprobar que Toys ‘R Us se había ido de allí hacía ya un par de años. Nos consolamos pensando que de no haber sido por semejante malentendido nunca nos habríamos acercado a aquel extremo de la ciudad. Claro que tampoco nos hubiéramos perdido nada por no ir, o sí, tal vez no nos hubiéramos fijado en el cuelga bicicletas que los autobuses llevan enganchado en su guardabarros delantero. Mientras esperábamos en la parada uno que nos devolviera al centro tuvimos tiempo para eso y mucho más.

No preocuparse: la cámara la encontramos días después en un centro comercial de carretera.

Zoetrope
Para acabar el día, nuestros anfitriones nos llevaron a cenar a un restaurante chino excelente: House of Nanking (919, Kearny). A decir verdad, de no haber sido por su convencida insistencia creo que habríamos pasado de hacer la enorme cola de ansiosos comensales que esperaban turno a la puerta. Puede que el local sea poco atractivo, puede que la higiene no sea su fuerte, puede que los camareros vayan un poco a su bola, puede que haya quien no se entere de qué van los platos que salen a las mesas… pero está todo buenísimo. No pudimos evitar volver. Y volveríamos a volver si volviéramos a San Francisco, ya lo creo que sí.
Para hacer la espera más llevadera, cruzamos a Zoetrope, un local afrancesado, abierto por Francis Ford Coppola en los bajos del llamativo edificio donde antaño montaba sus películas para, entre otras cosas, dar salida a los vinos que sus bodegas elaboran en los cercanos valles de Napa y Sonoma. Nada despreciables.

Aviso a navegantes: una copa de buen vino cuesta allí (en Estados Unidos) casi lo que una botella aquí (en España).  

Estamos en el corazón del barrio italiano, al lado del barrio chino, frente al barrio de negocios. Es una esquina privilegiada ésta del Zoetrope, Columbus con Kearny. La próxima semana partiremos de ella para empaparnos de lo que ahora sólo intuimos.

Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.





sgutierrez@divertinajes.com
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