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31 de marzo de 2007
En tranvía por San Francisco
Eva quería sentarse dentro para ver al conductor manejar las palancas, yo prefería quedarme en la plataforma trasera para contemplar el paisaje, la gente corría para coger asiento en el banco lateral abierto al exterior... Al final, nos movimos todos por donde quisimos. Eso sí, en la plataforma hay que tener cuidado de no molestar al revisor que maneja el timón de freno, una tarea fundamental dadas las cuestas.
Todo lo que sube, baja; y el tranvía de San Francisco no es una excepción. Pero no importa, la vista que ofrece en su descenso no es ninguna decepción: es el momento de alucinar con las siluetas recortadas contra el cielo que avanzan sobre la línea recta de la cumbre que dejamos atrás.
Podríamos habernos bajado por el camino (a la altura de Lombard Street, en la parada del Cable Car Barn Museum o en Union Square, por ejemplo), pero llegamos hasta el final de la línea, a la plataforma giratoria de Powell Street, donde también es manual el cambio de sentido del tranvía.
De nuevo nos encontramos en una zona bulliciosa. Pero si Fisherman’s Wharf inspiraba fiesta, Unión Square huele a trabajo. Es un mar de hombres trajeados con maletín, mujeres pintadas sobre tacones, grupos de congresistas luciendo la misma acreditación y las mismas bolsas de regalo, mimos intentando atraer la atención de los rutinarios viandantes, comercios tranquilos y cafés a rebosar...
De las muchas tiendas de la zona, destacaré una: Williams Sonoma. Tres plantas de utensilios de cocina en el que no faltan exhibiciones a fogón caliente ni atractivos juegos iniciáticos para l@s niñ@s. Un local propio de exclusiva joyería o alta costura dedicado al arte culinario. Un placer. ¿Mis compras? Puramente testimoniales: un cortador de mangos y un recipiente de madera para los ovillos de hilo de bramante. Y hablando de compras, aprovecharé para comentar un error que reforzó nuestras pantorrillas y mermó nuestra fe en los directorios de las guías. Aprovechando el viaje, quería yo regalarle a mi ahijada una cámara de fotos especialmente diseñada para los más pequeños por Fisher Price, aún no comercializada en España, que vende en Estados Unidos Toys ‘R Us. Sentadas en el café, decidiendo nuestro próximo embate, nos acordamos de la cámara, echamos un ojo al directorio de tiendas ofrecido por nuestra guía, y decidimos que llegar al 2675 de Geary Blvd. era un paseo, al fin y al cabo estábamos justo al principio de esa calle, o al lado. Y, ni cortas ni perezosas, allá que nos fuimos, camina que te caminarás, cuesta arriba, oscureciendo ya, y todo para comprobar que Toys ‘R Us se había ido de allí hacía ya un par de años. Nos consolamos pensando que de no haber sido por semejante malentendido nunca nos habríamos acercado a aquel extremo de la ciudad. Claro que tampoco nos hubiéramos perdido nada por no ir, o sí, tal vez no nos hubiéramos fijado en el cuelga bicicletas que los autobuses llevan enganchado en su guardabarros delantero. Mientras esperábamos en la parada uno que nos devolviera al centro tuvimos tiempo para eso y mucho más. No preocuparse: la cámara la encontramos días después en un centro comercial de carretera.
Para hacer la espera más llevadera, cruzamos a Zoetrope, un local afrancesado, abierto por Francis Ford Coppola en los bajos del llamativo edificio donde antaño montaba sus películas para, entre otras cosas, dar salida a los vinos que sus bodegas elaboran en los cercanos valles de Napa y Sonoma. Nada despreciables. Aviso a navegantes: una copa de buen vino cuesta allí (en Estados Unidos) casi lo que una botella aquí (en España). Estamos en el corazón del barrio italiano, al lado del barrio chino, frente al barrio de negocios. Es una esquina privilegiada ésta del Zoetrope, Columbus con Kearny. La próxima semana partiremos de ella para empaparnos de lo que ahora sólo intuimos. Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.
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