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23 de marzo de 2007
Amanecer en San Francisco
El breve y agotador paseo entre casas de madera de lisas fachadas y amplios ventanales hasta la cima de Telegraph Hill va dando una idea de quiénes son y cómo viven los lugareños, o al menos cómo quieren ser y vivir. Todo está a la vista. La torre no valdría el dolor de pantorrillas si no fuera porque el interior de sus anodinos muros de hormigón ofrece los murales que durante la Gran Depresión dieron de comer a sus creadores merced a un programa de patrocinio gubernamental. Desde las bulliciosas calles del distrito financiero (con robo incluido) hasta las engranadas rotativas del periódico local, pasando por los astilleros y los campos de trigo, las pinturas de Arnautoff, Bernard y sus colegas constituyen una entretenida crónica social.
No sé por qué, pero en cuanto te dan la oportunidad de subir aún más alto no la desperdicias, así sepas que vas a perder el aliento a media escalera de caracol y que la vista que puede ofrecerte medio centenar de metros de elevación no será muy diferente de la que ya contemplas. Coit Tower no es la excepción, si bien importa menos porque el ascensor se salta 200 de los 237 escalones que los curiosos debían subir antaño y la panorámica de la bahía, la mires desde donde la mires, engancha; además, es una excelente oportunidad para orientarse y establecer el plan de ataque: a pesar de las subidas y bajadas, esta ciudad también hay que caminarla, así que ¡ánimo! Merece la pena.
Camino de Pier 39, recorrimos la zona más apacible y familiar de North Beach, o lo que viene a ser lo mismo de Little Italy, un barrio que merece capítulo aparte. Si la mañana es soleada como resultó la nuestra, cualquier día parecerá domingo en el gran centro comercial que es Pier 39. No falta detalle. Enormes restaurantes y tiendas (porque los locales son enormes en toda la ciudad, en toda la región) de chocolates, sales de baño, jabones, ropa, joyas, antigüedades, cremas de belleza, decoración, etc.; carruseles y demás atracciones para niños; actuaciones de mimos, magos, escapistas, músicos... ¡una fiesta!
Y por si toda esta oferta sobre los muelles de cuidada madera resultara insuficiente, una colonia de leones marinos ha hecho de las dársenas de este embarcadero su hogar, para goce y disfrute de los visitantes. Apilados sobre las balsas de madera, los leones marinos, no se sabe si juegan, se pelean, dormitan, caen al agua o se bañan... lo único claro es que no callan, es más, ¡no paran de chillar!
En el embarcadero de al lado, la oferta de aventura se amplia con una excursión a Alcatraz, sí, a la famosa cárcel isleña de la que se fugaron, o lo intentaron (no me acuerdo, y eso que vi la peli en primera fila, o precisamente por eso) Clint Eastwood y sus compinches; y una tienda de ropa a rayas blancas y negras, y utensilios penitenciarios. Nosotras, de la cárcel pasamos, sinceramente. Preferimos entretenernos en Boudin Bakery, en cuyo escaparate acristalado, frente al museo de figuras de cera, los panaderos trabajan cara al público una gran variedad de masas y formas. Por rieles colgados del techo de la gran nave horno-museo-restaurante-cafetería-tienda-panadería circulan cestillos metálicos que transportan los panes del obrador a los mostradores. Es América. Todo es espectáculo. No pudimos resistir la tentación de probar su sopa de pescado servida en bol de pan ácimo, o lo que es lo mismo, no fuimos capaces de alejarnos sin zamparnos
Al lado de Boudin Bakery, un corta pero aprovechada arcada ocupada por cocederos de marisco, especialmente centollos, confiere a Fisherman’s Wharf su verdadero atractivo. Acostumbrados como están a comer por la calle, los clientes escogen su centollo, esperan el par de minutos que cuesta cocerlo y partirlo, se lo llevan en bandeja de papel, y se apoyan a comerlo en cualquier lugar. Nosotras esperamos a que quedara libre una mesa en la mínima e incómoda terraza de Tarantino’s. Los más señoritos pasan al interior de los locales, que aunque parecen puestos callejeros, todos tienen comedores.
En este mismo embarcadero puede visitarse el USS Pampanito, un submarino de la II Guerra Mundial, que sobrevivió a varias batallas en el Pacífico. A pocos metros, en Hyde Street Pier, está anclada otra joya, para los amantes de los barcos: el Balclutha, un velero de 1886 que navegaba dos veces al año entre Gran Bretaña y California transportando cereal en una dirección y carbón en la otra. Los coleccionistas de fotos-postal tienen aquí un buen punto de disparo.
Con la cabeza bullendo de ideas y sabores, nos dirigimos a disfrutar del símbolo de los símbolos de la ciudad de las exageradas pendientes: el tranvía. Es víspera de fiesta, tal vez por eso, la cola en torno a la plataforma amenaza con tenernos aquí horas. Sería más práctico caminar unos metros e ir a esperarlo a la siguiente parada, pero somos turistas y aquí nos quedamos, en la plataforma giratoria de Hyde Street. Contemplando. Observando.
Fotos de Sara Gutiérrez y Eva Orúe. La próxima semana os lo contamos.
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