9 de febrero de 2007

De cafés por Moscú

Posiblemente la profusión los bares y restaurantes, junto a los atascos de coches, sea lo que más me ha llamado la atención en esta mi reciente revisitación de Moscú. Antes, cosas tan simples como quedar para tomar un café o entrar a un baño, si ello se hacia preciso en medio de un paseo por la ciudad, eran misiones prácticamente imposibles. Ahora, la ciudad se ha llenado de franquicias que, en cierto modo, aseguran el servicio a un precio más o menos razonable, y conviven, juntas pero no revueltas, con los numerosísimos y exclusivos restaurantes que la pujante sociedad moscovita requiere.

McDonalds
No pude evitar la tentación de volver a McDonald’s. Al McDonald’s que en 1990 abrió sus puertas cerca de la Plaza Puskhin para servir Coca-Cola y hamburguesas a cambio de rublos, su mayor acierto, ya que por entonces el rublo era la única moneda legal para los ciudadanos locales, aún soviéticos —otros, por ejemplo Pizza Hut, sólo permitían el paso a clientes provistos de dólares. Volví, decía, a aquel restaurante de comida rápida en cuya cola podías pasarte un par de horas a la intemperie —tal fue su éxito—, pero una vez dentro te sonreían, te daban cuanta comida y bebida pudieras pagar y, si encontrabas un hueco, nada ni nadie te impedía permanecer sentado cuanto tiempo quisieras. Sí, he vuelto a ese McDonald’s. El menú se mantiene prácticamente igual. Ya no hay colas aunque sigue estando a tope. E innovando. En las columnas y frentes de los mostradores hay auriculares, como los de las tiendas de música, para que puedas escuchar la canción del momento mientras comes y, en un pequeño aparte, el McCafé ofrece un remanso wifi y buen expreso. Ahora ya hay muchos McDonald’s en Moscú, ya los había hace diez años, pero éste siempre será el primero.

Taras Bulba
No es ya la única idea que triunfa en el mercado de la comida estandarizada: otras, basadas en la cocina tradicional y la decoración temática de sus locales, están haciendo furor. Entre Taras Bulba y Yolki Palki
Pelmini
hay un ligera diferencia en los precios que se corresponde con la diferencia de calidad, a favor, por mejor, de la primera. ¿Qué se puede comer en Taras Bulba o en Yolki Palki? Cualquier maravilla de la cocina ruso-ucraniana, mis debilidades: borsh y pelmini. ¿Y beber? Lo que se quiera, pero yo no lo dudo: kvas, una refrescante bebida agria que tiene algo que ver con la fermentación del pan negro, el insuperable pan ruso. Bastante más baratos, que no necesariamente mucho peores en su presentación de la comida autóctona, aunque eso sí, son autoservicio: los Mu Mu Café.

Para los que prefieran componerse un plato en un buffet o pasar con un trozo de pizza, los locales de la cadena ítaloamericana Sbarro no son la peor opción.

Coffee House
Y si lo único que queremos es tomarnos un café, o disfrutar de un helado (los rusos de toda la vida todavía los venden en los puestos de los pasillos del Dietsky Mir y del GUM, son extraordinarios) o matar el hambre con un sándwich o una ensalada, será inevitable entrar en un Coffee House. Se cuentan por decenas y abren, como la mayoría de los locales moscovitas, 24 horas. No molesta, al menos no a mí, que se parezcan a los Starbucks, molesta que se llamen Coffee House, aunque lo escriban en cirílico. Si se es ruso, se es ruso hasta el final. Tal vez sea porque añoro el Dom Chai (Casa del té) donde comía en mis hospitalarios años de Járkov... Camarer@s jóvenes, simpatía y rapidez en el servicio, limpieza hasta en los baños... Está bien copiar lo bueno; el nombre, no hace falta.

Shokoladnitsa
Reconozco que me llegaron más al corazón, y sobre todo al paladar, las chocolaterías de la cadena Shokoladnitsa kofeynaya. Su chocolate caliente es insuperable, olfato y gusto quedan más que satisfechos con sólo 50 ml de su celestial brebaje. Un detalle más a su favor: la decoración en Arbat, un mural recuerda a los poetas del barrio y sus versos; cerca de la Tretyakov, copias de cuadros famosos decoran las paredes...

Me he limitado a las cadenas porque viniendo de la nada su profusión es lo que más llama la atención y alegra. Es un placer ver que también en Moscú la gente, sin importar sexo ni edad, se sienta en los cafés para charlar con los amigos o trabajar tranquilamente en el ordenador aprovechando la conexión wifi que bendice casi toda la ciudad.

Los restaurantes, como en todas partes, se matan por ser originales, más en la decoración que en la oferta gastronómica, y algunos lo consiguen.
botellón
Me alegro por ellos (restauradores y potenciales clientes). Siento por mí que dos de los restaurantes que más apreciaba estuvieran cerrados, según me comentaros por razones fundamentalmente políticas. Regresé a España con mis papilas gustativas preguntándose por qué después de tan largo viaje volvían a casa sin disfrutar ni de shasliki (especie de pinchos morunos) ni de jachapurí (insuperable pan con queso). Todo ello caucásico, georgiano.

Con todo, el botellón sigue siendo una práctica habitual. A la salida del trabajo. A la entrada del metro. En Moscú el botellón es cosa de adultos respetuosos que toman la cerveza en la calle porque aún no se han acostumbrado a entrar en los bares o, simplemente, sus sueldos no dan para tanto.





sgutierrez@divertinajes.com
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