15 de diciembre de 2006

Pasteles de Belém

Es la tercera semana que hablo de Lisboa y me parece que todavía no hice ninguna referencia a la comida. Mal hecho. Se come estupendamente en Lisboa, donde tienen esa exasperante costumbre de poner entremeses no pedidos que luego elevan considerablemente la cuenta. ¡Siempre hay que estar en guardia! Pero bueno, se come bien en Lisboa.

Me acordé ahora de la manduca porque me dispongo a hablar de Belém el gran barrio lisboeta a orillas del Tajo, en el que por razones de trabajo me pasé horas y horas durante mi primera estancia en la capital lusitana, y del que tengo un gratísimo recuerdo. Especialmente de la cena de fin de congreso que se nos ofreció en el claustro del extraordinario Monasterio de los Jerónimos: lo que se dice, un marco incomparable (mil perdones, pero era inevitable, o lo decía yo, o se decía solo).

Desde el centro, a Belém se puede ir en autobús, en tranvía (15, 16 ó 17) y hasta en tren. Sea en lo que sea: la visita es obligada.

Todo parece nuevo, pero casi todo es antiguo. Aquí está, no es difícil adivinarlo, la Torre de Belém, una de las imágenes lisboetas más reproducidas, y no es de extrañar: esta construcción de cinco plantas y carácter defensivo iniciada en 1514 es una de las obras maestras del arte manuelino. Subir a la terraza tiene recompensa: allí nos espera la Virgen de la uvas, Nuestra Señora del Buen Suceso ofreciendo un racimo de uvas al Niño Jesús que reposa en sus brazos, y una magnífica vista sobre el Tajo.

También en la rivera fluvial, destaca el Monumento a los Descubridores, construido en 1960 para conmemorar el quinto centenario de la muerte de Henrique el Navegante. En lo más alto suele soplar un viento que parece de atrezo, pero es real, así que nada de juegos y a sujetarse bien.

Con elementos barrocos y platerescos incorporados, la otra gran obra de estilo manuelino levantada en este hermoso barrio es el ya citado Monasterio de los Jerónimos en el que destacan la portada oeste flanqueada por el rey Manuel I y su esposa María (hija de los Reyes Católicos), y sus tumbas y las de Joao III y Catalina de Austria, y la de Camoes, y la de Vasco de Gama... pero nada comparable al extraordinario claustro de dos plantas soportado por columnas labradas en piedra de Alcántara, que de blancas se tornan doradas al atardecer.

Para los amantes de los museos, Belém mantiene una oferta más que respetable: Arte Popular, Marítimo, Nacional de Arqueología, Nacional de Etnología, Carrozas... además del Planetario Gulbenkian y el Acuario Vasco de Gama.

Por la comida no hay que preocuparse, hay buenos y agradables restaurantes en esta zona, ubicación de una pastelería excepcional: Pasteis de Belém. No soy golosa, y aun así, convengo en que sus pasteles resultan inolvidables.

Más sobre Lisboa en Divertinajes.com  
Alfama, la Catedral y el Castillo [»]  
Barrio alto y Chiado [»]  




sgutierrez@divertinajes.com
Otros destinos
Volver
Imprimir