8 de diciembre de 2006

Sabrosa pendiente

Iba a ir al Barrio alto y al Chiado, pero antes voy a visitar el Museo Calouste Gulbenkian, posiblemente la primera gran colección de arte que yo, originaria de una pequeña capital de provincias, vi y admiré, y quise vover a ver, y me motivó para visitar otras grandes colecciones en otros museos, en otras ciudades. Me gusta, me gustaba más que me gusta, pero me gusta sí, el arte utilitario. Y eso es lo que me cautivó la primera vez que, casualmente, pasee por sus salas. En visita sucesivas, fui captando otros matices. Menos mal.

Primero el turisteo monumental, y después el Chiado. Me sale de dentro hacerlo así, pero además es que así debe ser. Así fue ya cuando Chiado, el hombre cuyo nombre mereció ser utilizado para bautizar este barrio, colgó lo hábitos y se dedicó al teatro. Primero lo sacro, después lo pagano. No es la única zona animada de Lisboa, pero tal vez sus numerosas tabernas y pequeñas tiendas contribuyan a que sea la más.

Está en un alto sí, pero ni la pereza ni la claudicación intermitente pueden impedir a nadie llegar a él, ya se encarga el elevador de Santa Justa de salvar el gran obstáculo. La estructura metálica que ciñe al ascensor no es obra, como se comenta, de Gustave Eiffel, pero que el autor fuera Raul Mesnier no resta ni un ápice de belleza. Y la vista que desde el final del trayecto se observa... ¡para hacer un montaje con la obtenida desde el castillo!


Pessoa
No es cuestión de volver a la parte baja a toda prisa, como mínimo hay que caminar hasta funicular de Gloria y, después de disfrutar de nuevo de una vista panorámica, desde el mirador de San Pedro de Alcántara, usarlo para descender. Yo prefiero quedarme a pasar la tarde, y hasta la noche.

Me bastan las calles y plazoletas, lo cual no quita para que reconozca el valor de iglesias (Loreto, Encarnaçao, Os Martires, Do Carmo, San Roque, Estrela...) y museos (Do Chiado, Fernando Pessoa, Nacional de Arte Antiguo, Arte Contemporáneo...), incluso del teatro construido a toda prisa para ser ofrecido como regalo en su primer cumpleaños a la princesa de Brasil Joaquina Carlota. Pero si estiro el tiempo por aquí es, sobre todo, porque quiero cenar escuchando fados. Así de clásica y poco atrevida soy, pero la oferta de garitos en toda esta zona (especialmente en torno a Rua Atalaia y Rua da Rosa) es para quedarse toda una vida, al menos la nocturna.

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