1 de diciembre de 2006

Tranvía y fados

Guardo en una hucha, ya voy por la segunda, todas las monedas de 50 céntimos de euro que caen en mis manos. Podría almacenarlas para una buena causa, pero en realidad son para un viaje. Para un viaje que la última vez sufragué con monedas de 200 pesetas acumuludadas de igual manera. Un viaje que ya he hecho muchas veces, de muchas maneras: por trabajo y por placer, sola y acompañada, en coche y en avión, invitada e invitando, de camping y de hotel... A Lisboa vuelvo una y otra vez, y creo que no me cansaré de volver.

Parta de donde parta, el primer paseo me lleva siempre hacia el mar por la cuadriculadísima zona de la parte baja que se abre a la plaza del Comercio. Esas calles nombradas según los oficios que en ellas se establecieron tienen algo de vega, de llanura entre pendientes, de vergel en la cuenca de un río pasado. Es el lugar en el que empezamos y acabamos todos, el de los paseos hacia todas y ninguna parte, el de las idas y las vueltas.

Le doy la espalda al mar y me decido por las pendientes de la derecha.

En tranvía, en el 25. Desde la Plaza Figueira, al lado de Rossio directamente al castillo, para luego bajar caminando. Andando. Esquivando los tranvías y parando para recuperar las fuerzas.

Si a pie... Camino de la catedral, hay quien visita la iglesia y el museo dedicados a San Antonio, ése de Padua que todo lo ayuda a encontrar.

De la solemne me voy hacia el no menos imponente castillo de San Jorge por las callejuelas y escalinatas de Alfama, uno de los barrios con más sabor de la capital lusa. Para contemplarlo en todo su esplendor, nada como asomarse al mirador de Santa Luzia.

Romanas, árabes, cristianas y hasta españolas, las edificaciones principales cayeron en el abandono tras los daños causados por el terremoto de 1755. Todo lo hoy alzado es fruto de la restauración llevada a cabo a principios del siglo pasado, cosa que no merma el interés de la visita: la vista global de Lisboa que desde allí se puede contemplar es inmejorable y sus frondosos jardines constituyen un reposado pulmón de oxígeno.

Antes de regresar al nivel del mar, por supuesto callejeando, merece una visita el Museo Nacional del Azulejo, en la Iglesia Madre de Deus. Tanto por el continente, con puerta y claustro manuelino, como por el contenido, obras terminadas pero también detalles sobre las técnicas de fabricación.

Acabo estas líneas pero no mi rememoración, me voy al salón a escuchar a una de mis cantantes favoritas, una fadista que se metió en mi última maleta lisboeta: Mafalda Arnauth.

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