19 de noviembre de 2006

Agua y horno

Ir a Segovia es, sin duda, maravillarse con la inmensidad de la romana obra del acueducto y deleitarse con la suavidad de los crujientemente tiernos cochinillos asados (que me disculpen los vegetarianos, y yo misma, porque después de enfrentarme al cochinillo, situación inevitable en tierras segovianas, siempre me reafirmó en mi preferencia por el cordero y me prometo, sin éxito, una y otra vez, dar por concluida mi degustación vital del cochinillo y emplear mis futuras sesiones gastronómicas en disfrutar rotundamente del cordero... aunque también recuerdo que, en cierta ocasión, tras el cochinillo de rigor, a los postres, pedí cochinillo de nuevo).

Pasa en todas las ciudades, los barrios periféricos, de no ser muy espectaculares, quedan para los paseos de quienes están por llegar. En Segovia, incluso las calles aledañas.

Me adentro levemente en la calle de San Francisco —parto siempre de la plaza del Azoguejo, donde conviven el Acueducto, el Mesón de Cándido y la Oficina de información turística (en cuya tienda el cochinillo gana por goleada al acueducto en los motivos recuerdo-decorativos tanto de textiles como de papelería)—, atraída por el escaparate de Candamo, una pequeña tienda de ultramarinos en la que panes y judías se multiplican y diversifican de manera insospechada, y ya me dejo llevar, no por mucho tiempo, entre carnicerías y floristerías.

Recorro por inercia Fernández Ladreda, y aunque estén bien las Iglesias de San Clemente y San Millán, entre soportales y soportales sobra espacio. Resulta demasiado gris, demasiado fría. ¿A quién le apetece sentarse en los bancos que trazan la mediana de una desierta Avenida? Tal vez a cualquiera en un concurrido y soleado domingo de primavera, tal vez, pero seguramente sólo ese día.

A mí, la ruta que me gusta, y me gusta de verdad, es la que partiendo de la plaza del Azoguejo, y vigilada por la virgen que señorea en los sillares de la majestuosa obra de ingeniería hidráulica atractivo fundamental —que no único— del lugar, discurre hacia la Plaza Mayor por las calles de Cervantes y Juan Bravo, para completarse, me da igual, con la de Isabel la Católica o la Judería Vieja.

Apenas un desvío en la Plaza Medina del Campo, donde está la estatua a Juan Bravo, para visitar el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, interesante por el contenido, pero también el continente: dependencias del Palacio Real de San Martín.

Por el camino, escaparates y transeúntes (especialmente los grupos de escolares de corta edad sin adultos vigilantes) impregnan al visitante de lo mejor del absurdamente denostado espíritu provinciano; una sensación que estalla en plenitud al pisar la Plaza Mayor. Allí está todo: el Ayuntamiento con su pertinente reloj, el periódico local, el teatro, el quiosco de la música, tiendas, cafés, ¡y la catedral!

La Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y de San Frutos, consagrada en 1768, después de dos siglos en construcción, alberga entre otros elementos de valor, obras de Francisco de Sabatini y José de Churriguera. Y es parada obligada antes de iniciar el paseo por el barrio de las Canonjías, uno de los más importantes conjuntos de arquitectura románica civil de Europa, hacia el Alcázar, ese impresionante mascarón de proa asomado a los ríos Eresma y Clamores desde el siglo XII, residencia favorita de los Reyes de Castilla durante la Edad Media, Real Colegio de Artillería en el siglo XVII, y hoy Archivo General Militar de España.

Para los apasionados de la literatura, queda en la zona, la pensión en la que vivió Antonio Machado de 1919 a 1931 y que hoy es un museo dedicado al poeta; para los amantes de la ciencia, absorbido por el Alcázar, está la Casa de la química, Real laboratorio de Segovia, donde Louis Proust elaboró la Ley de las proporciones definidas; para los aficionados a la historia... Iglesias, conventos, palacios y casa señoriales, no en hay en Segovia lugar para el aburrimiento, ni para las prisas ni el cansancio. Y siempre quedan razones para volver: rincones olvidados, mesones aún no probados, festivales programados...

El motivo de mi visita en esta ocasión fue la recién nacida Muestra de Cine Europeo de Segovia (MUCES), que me sirvió de disculpa para alejarme en un día laboral de la capital, echar una partidilla en el coqueto campo de pitch & put de Los Ángeles de San Rafael, saborear el cochinillo en Otero de Herreros (concretamente en el excelente Mesón de Jesús), pasearme por Segovia, y disfrutar de un concierto de cine en el que fuera Almacén de grano de la ciudad en el siglo XVI y de una magnífica película bosnia, Grbavica, en la Iglesia de San Juan de los Caballeros, convertida en sala de proyecciones para esta ocasión. Llamada de atención (sigue sorprendiéndome aunque sé que Segovia no es una excepción): no queda una sola sala de cine en el centro de la ciudad.





sgutierrez@divertinajes.com
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