12 de noviembre de 2006

Libertad medida

Tal vez no para instalarse definitivamente, tal vez no para pasar el mes de veraneo o las familiares celebraciones de Navidad, tal vez no para apurar un día de fiesta, tal vez no pero indiscutiblemente sí para disfrutar una y mil semanas... me refiero a Amsterdam, un destino excepcional.

La ciudad de la tolerancia y las conquistas extraordinarias por excelencia... sólo por eso, ya merece una marca destacada en los mapas mundi. Dicen quienes la habitan que no es para tanto, creemos quienes la soñamos que no debiera ser para menos. Y fondos aparte, está la forma: ¡es bella! Y tan variada que dudo haya ser humano que salga de sus dominios sin alegría alguna.

¿Cuáles fueron las mías? ¡Aquí las voy a contar!

No importan el frío ni la lluvía, si es que casualmente están presentes en la ciudad el mismo día que nosotr@s, Amsterdam hay que pasearla; me diréis que todas y cada una de las ciudades están ahí para pasearlas, y es cierto, pero Amsterdam, creedme, muy especialmente. Hay que pasearla con curiosidad, emocionándose, disfrutando e incluso sufriendo, sufriendo por esas fachadas peligrosamente inclinadas que no caerán pero lo parece, sufriendo por esa ganancia al mar que cualquier día podría dar un disgusto aunque esté perfectamente controlada, sufriendo o disfrutando por sus indiscretos y enormes ventanales sin persianas ni cortinajes, emocionándose y tomando nota, porque no son ninguna tontería las poleas instaladas en los remates de los edificios para introduccir mercancías en las angostas viviendas ni los urinarios públicos gratuitos y numerosos, por citar un par de los innumerables detalles urbanos por sus calles existentes.

Pasear por Amsterdam es extasiarse con sus fachadas, ilusionarse con sus barcazas y subirse a una de ellas para pasear por los canales. No es lo más, pero entra dentro de las turistadas plausibles.

Otra turistada inevitable es acercarse a un coffeeshop, pero hay que hacerlo con conocimiento de causa: se puede fumar y hasta comer hachís, pero no todo el hachís es igual de fuerte. A veces el precio que hay que pagar por las valentonadas no compensa el arranque, así que cuidadito. Si se quiere fumar, lo mejor es pedir la carta y seleccionar en base al propio conocimiento o dejarse orientar; más difíciles de calibrar son las consecuencias de la pastelería, antes de morder el bizcocho, mejor preguntar. Para los interesados más científicos, el Hash Marihuana, museo de la contovertida hierba, será una visita obligada.

Y quien se conforme con contemplar las alucinantes visiones de un genio, que no es moco de pavo el asunto, tendrá que hacer cola, casi seguro, a las puertas de austero museo dedicado a Van Gogh, el Van Gogh Museum. Sabe a poco. Genera deseos de permanencia y regreso, es en cierto modo, un bucle capturador.

Para mayor calma y sosiego, el Rijksmuseum ofrece la mayor colección de arte holandés exhibida en el mundo. Una visita inexcusable. Completable para los más concienzudos con una aproximación a la vida de Rembrandt en la que fuera durante 20 años su propia casa, el Museum Het Rembrandthuis

Los más modernos no podrán contar nada de su paso por los museos amsterdinos si no le dedican algunas horas al Stedelijk Museum. Experiencia que suele ser completada en bares y locales alternativos, o no.

Bares hay muchos, muchísimos, e incluso más. Yo me quedo con uno, De Jaren. Igual y diferente día y noche, arriba y abajo, adentro y afuera. Un sitio estupendo para comer y beber algo, descansar y alternar con medida.

Las tiendas pequeñas resultan atractivas, como siempre que existen; los grandes almacenes, anodinos excepción hecha de la vista (tampoco tan espectacular) que ofrece la cafetería de la sexta planta del Metz & Co y alguna extravagancia del Magna Plaza. Lo mejor son los mercados y mercadillos que afloran por toda la ciudad, para quien le guste toquitear e ir de puesto en puesto comparando, claro está. Apetecen las flores, pero se marchitan; intentan convencerte con los diamantes, pero... prefiero las flores.

Dos hitos: la casa de Ana Frank, refugio de la niña cuyo diario mostró la crudeza de la Segunda Guerra Mundial desde el prisma de los escondidos; Begijnhof, enclave del atípico y desaparecido convento constuido en 1346 para monjas sin votos que cuidaron de pobres y enfermos, protegido en el interior de una manzana de edificio, conserva la casa más antigua de Amsterdam, además de una iglesia inglesa del siglo XV, una capilla católica clandestina del XVII, y una paz asombrosa disfrutada, según cuentan, especialmente por las mujeres solteras que, como antaño, siguen habitando el lugar.

Una recomendación: llevar una guía visual, con desplegables en los que se muestren las fachadas que dan a los distintos canales, y la historia fijada a cada una de ellas  





sgutierrez@divertinajes.com
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