29 de septiembre de 2006

Isla tranquila

¿Necesitas descansar? ¿Sueñas con tumbarte al sol sobre blanca arena bañada por un límpido mar? ¿Todo ello sin volar durante horas y horas, ni sufrir jet lag? Está claro: Fuerteventura es tu destino.

La más tranquila de las Canarias es un desierto puro y duro, un estrecho secarral que nunca agradecerá lo bastante su contacto con el mar. En la costa este, kilómetros y kilómetros de finísima y clara arena se alternan con pequeñas calas oscuras y pacíficos paseos de negra piedra volcánica. En la oeste, la fuerza con la que el mar tira hacia adentro y sopla el viento ayuda a levantar altas olas cuyo disfrute queda limitado, para la mayoría, a la contemplación (que no es poco).

Las grandes playas de Corralejo (de una amplitud casi casi incommensurable), convertidas en parque natural cuando la cadena Riu ya había osado romper el paisaje con sus dos hoteles envidiablemente (pero inaceptablemente) situados, ligan decenas de kilómetros de paraíso dorado-turquesa-azul marino en los que hay lugar para todos, bañistas, surferos y pescadores, y todo, chiringuitos, tumbonas, sombrillas, cortavientos y corralitos (construcciones de piedra circulares en las que suelen instalarse los nudistas más madrugadores).

Las grandes playas se continúan hacia el norte por un litoral transitable que las une a las playas de Corralejo propiamente dichas: dos o tres pequeñas ensenadas que se abren hueco ante la balconada de casas que, sin molestar, limitan el pueblo frente al mar. El puerto de Corralejo es un dédalo de locales poco atractivos destinados a la restauración (por cierto, se come estupendamente en el restaurante de la cofradía de pescadores) apenas diferenciados de la ingente cantidad de comercios de todo tipo (especialmente bares e inmobiliarias) que han hecho crecer, sin orden ni concierto, lo que debió ser en su día un pequeño puerto de pescadores y comunicación (con sus vecinas Lanzarote y Lobos). Hoteles y más hoteles, grupos y más grupos de cientos de casa clónicas, grúas y más grúas. Pero en las playas, en las grandes playas, si se le da la espalda al par de hoteles blancos que no deberían estar allí, arena y más arena, agua y más agua, dunas y más dunas, espacio y más espacio. Un oasis de tranquilidad y placer visual.

En el otro extremo, en Jandía, esperan playas, igualmente serenas y extensas, pero en algunas zonas rotundamente desvirgadas por un paseo marítimo al uso de cualquier centro turístico-vacacional. Mucha palmera entre carriles, pero todo artificial y poco original. Como lo será Las Playitas cuando la urbanización que se ha apropiado de la playa y hace crecer hierba para diseñar un nuevo campo de golf absorba el pequeño puerto.

Y entre unas y otras, a media altura, la Caleta de Fuste que debiera llamarse Caleta Barceló a juzgar por el porcentaje de hoteles, apartamentos, bungalows y demás construcciones regentados por la cadena. Una ubicación insulsa (en comparación con otros lugares de la isla, claro está) elegida también por los hoteles Sheraton y Elba, ambos frente al mar que no a una estupenda playa, y a la orilla de la carretera. Y entre chalets y más chalets, crece contranatura la hierba de campo de golf, que en breve, lejos de desaparecer (sobra, al menos tal y como está concebido), dejará de ser el único de la isla.

Más atractiva, aunque igual de excesiva en lo que a construcciones se refiere, es Costa Calma, que al atractivo de las playas suma como oferta de entretenimiento un jardín de cactus y un pequeño zoo. Y vigilada por un solitario hotel, Sol Gorriones, e incipientes construcciones en laderas que parecen (y deben ser) de arena, la playa de Sotavento, inmensa y aún ajena a la descontrolada “dinamización turística” de su isla, se deja anegar por la pleamar.

Hay que aventurarse por pista de tierra para contemplar las solitarias playas de la costa suroeste, hay que ir a Cofete donde fuera de toda ley (si hacemos caso a los carteles oficiales) se levanta un poblado mísero (al menos en apariencia) en el que un puñado de isleños viven dignamente. El camino empinado y tortuoso preñado de piedras sueltas resulta lo suficientemente complicado como para justificar la media vuelta una vez avistadas las playas desde la altura.

Bañadas por el mismo mar, Ajuy y El Cotillo pueden ser dos bueno puntos para reposar y reponer fuerzas, poco más. Dentro de lo que cabe, más pintoresco, Ajuy.

Y en el interior, marrones, rojos y ocres apenas rompen su monotonía cuando desde lo alto, cubriendo llanuras y ondonadas, se perciben sombreados contra el azul del mar. Quisiera ser capital de renombre Antigua, con su entrada insinuante; quisiera ser vital nudo Pájara, con su imagen de Regla; quisiera ser vega Bentancuria, con su florido café Santa María; quisiera ser atractiva La Oliva, con su museo de artesanía.

Bastan dos días de coche para recorrer la isla y volver a las playas de las que nunca deberíamos habernos alejado porque ellas son las que hacen de Fuerteventura la verdadera isla tranquila.

Tranquila no quiere decir abandonada

No sé quién —si es que alguien lo hace— gobierna la isla, pero quien sea vela poco por ella; si no, cómo se explica:

  • la suciedad del litoral (supuestamente limpiado por operarios con sacos de plástico al hombro);
  • la falta de transporte público regular a las playas (aunque sólo sea para evitar la afluencia de coches);
  • el cierre de las escasas gasolineras, los domingos, a partir del mediodía (en un territorio lleno de turistas y coches en circulación);
  • la construcción desmedida (que afea el paisaje, pero también implica mayor gasto de bienes escasos en la isla como energía y agua);
  • la potenciación de un turismo de golf (puede ser, pero no de verdes greens).

    Mi elección

  • Para escapada de sol y playa.
  • Para practicar cualquier modalidad de surf.
  • Grandes Playas del Parque Natural de las Dunas de Corralejo.
  • Hoteles:
      o Kempinski Atlantis Bahía Real. Por la ubicación: a la orilla del mar, cerca del pueblo y no lejos de las grandes playas (se puede ir andando a todas partes).
      o Riu. Por la ubicación: en la mismísima playa.




    sgutierrez@divertinajes.com
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