12 de mayo de 2006

En el Paraíso

Hace un año, contaba en estas páginas lo que para mí había sido una hazaña: ir de Gijón a Covadonga en el coche de San Fernando (un poco a pie y otro poco andando). Y terminaba aquellas líneas con el compromiso de un compañero de camino (que no de fatigas, cuestión de forma física) de planificar para el año próximo, osease el presente, una ruta por el litoral oriental de Asturias.

La cosa parecía sencilla: mar-nivel del mar-to llano-cansancio mínimo; agua a una mano-tierra a la otra-imposible perderse. Lo peor que podía pasar es que lloviera a mares y, mira, de ser así, nunca más a propósito; claro que mejor sería que luciera el sol porque, en esas fechas, por mucho que calentara dificilmente podría llegar a agobiar.

Primer día: La Franca—Llanes

Una vez más, salimos de Gijón; pero, en esta ocasión, en coche. Dejamos los vehículos en La Franca, en el aparcamiento al lado del restaurante La Parra. Primera parada agua-café-pipí-jajá-jijí.

Cerca de las once de la mañana, cruzamos la carretera y enfilamos dirección a Tresgrandas. A la altura de la última casa de La Franca, cogimos el camino que sale a la derecha para bajar (poquísimo) hasta un viejo molino y subir (bastante) entre eucaliptos hasta situarnos en La Sierra Plana.

El día, el típico de cielo gris que a ratos descarga un fino orbayo y a ratos lanza tímidos rayos de sol, estupendo para caminar, pero nefasto para las fotos. De no ser así, podría mostraros lo que con un simple giro de la cabeza puedes ver desde allí: la Sierra del Cuera, con los Picos de Europa al fondo, el Cantábrico y muchos de los pueblos de Ribadedeva, incluida su capital, Colombres.

Comiendo galletas y frutos secos, haciendo fotos, entre pinos jóvenes, alcanzamos la inclinación opuesta de esta colina cuya cumbre es una larga (en el sentido que nosotros llevábamos) y estrecha llanura.

Acabábamos de empezar la caminata y, mientras descendíamos por la carretera (no pasó ni un vehículo) hacia Buelna, ya decidimos que este tramo inicial era prescindible. Malo. ¿Qué no hizo pensar eso? Posiblemente que, ya que la neblina nos había privado de los magníficos paisajes propios del recorrido, era absurdo romper nuestro dibujo de costa con un tramo de semi-interior que encima nos había obligado a subir, a bajar y a ir por carretera... Aviso a los futuros visitantes de la zona: me reservaría dos o tres horas para hacer el paseo cualquier día de sol.

Ya en Buelna, atravesamos el pueblo, con parada en la fuente para recargar camtimploras, seguimos dándole a las galletas y los pistachos, y bordeamos la primera playa. Mi primera batallita (no en vano soy descendiente de la zona): sólo una vez pisé su arena y me bañé en sus aguas, y —¡casualidades!— me picó un escorpión de mar (¡cómo duele!). Aún así, como todas las de la zona, es muy recomendable, más que nada por lo tranquila.

Siempre muy cerca del agua, por un camino cómodo y bien —a mí parecer innecesariamente— indicado, llegamos, sin darnos cuenta, a Pendueles. Aldea importante en la zona por tener estación de tren, consultorio médico y hasta Condes... Segunda parada, en el único bar abierto (por cierto, en venta). Allí, a la salida, fue donde Juan, nuestro sacrificado guía, me instruyó sobre un detalle importante: las gallinas pintas (blanquinegras) son autóctonas de Asturias.

Ya a la altura de Vidiago, donde el camino está convertido en verdadera senda de paseo, bordeamos, por detrás, su magnífico camping. Curiosidad: la playa de Vidiago no es, o al menos no sólo, el pedredro que remata el camino: la playa de Vidiago prolonga el acantilado sobre el que se asienta el camping y es amplísima. Antes, me imagino que ahora igual, se llegaba bordeando el camping, por delante.

De pronto, en un recodo del camino, una mesa nos recordó que era la hora de comer, la cubrimos con periódicos y los bocadillos, las empanadas, los embutidos, los quesos y la fruta fueron abandonando sus bolsas.

A falta de café buenos son unos sifones, digo Bufones y los de Arenillas hicieron las veces. No tuvieron a bien escupir agua como suelen, pero aún así nos activaron las neuronas, ¡cualquiera se despista! Las rocas tienen más agujeros que un queso gruyère, de lo accidentados y profundos que son, ni hablamos.

En las proximidades de su desembocadura, el río Purón, que da cobijo a nutrias y desmanes, salmones atlánticos y lampreas, juega a ser mar en la íntimidad de un recodo convertido en playa para las gaviotas.

Agreste, o no, empatía o casualidad, el entorno se vuelve ajardinado.

En Andrín, a media tarde, el primer pueblo desde hace horas, nos sentamos a tomar los cafeses (solo, cortado descafeindo, con leche con la leche fría, con la leche bien caliente, largo de café... ¡luego decimos de los amercanos y sus múltiples opciones para todo!). Afrontamos la cuesta que nos llevará a la cumbre de la última muralla por escalar en el día de hoy hablando del escándalo marbellí. ¿Por qué? Porque estamos en el escenario de lo que algunos tachán de un terrible desorden urbanístico. ¡De risa!

Ya arriba, a las puertas del privilegiado Campo de Golf de Llanes, nos desviamos unos metros de obligada ida y vuelta hasta el Mirador de La Boriza.

Allá abajo, a tiro de piedra, ya se ve Llanes.

¿Carretera o camino? ¡Camino!, por supuesto. Es el horror (mentalmente hablando). Si el año pasado, el primer día, los últimos kilómetros fueron psicológicamente insoportables porque, culebreando a media altura, nunca alcanzábamos el objetivo, que estaba frente a nosotros, este año, culebreando a altura completa, Llanes iba quedando atrás por la derecha, eso sí con las mejores vistas posibles de la Villa y de su vecina Cué. Confieso que dudé del guía. Y por si esto fuera poco, E., tan sufrida ella, empezó a quejarse de un dolor en la rodilla, que, según fuimos matizado, acabó en contractura muscular con cojera.
Cuando ya no dábamos dos duros por nosotras, decididamente descolgadas del pelotón, nos topamos con una capilla, al parecer la de El Cristo. Y a mí se me iluminó una bombilla: ¡estábamos en Llanes!

¡Cómo está creciendo! Eso sí, de manera ordenada.

Averiguamos dónde estaban las camas que nos esperaban. Al otro lado de la Villa.

Dejamos a los guías-chóferes en la parada de taxis. Tenían que ir a La Franca a por los coches.

Entramos en una famacia aún abierta. Cremas antiinflamatorias (¡a quién se le ocurre salir sin ellas!) y la medicación diaria de M. (¡anda que olvidarla en Gijón! Pues no es tan raro, suele ocurrir).

¡Qué casa! Abierta sólo para nosotros. Y posiblemente ya para nadie más porque está vendida... yo qué sé cuántos cientos de viviendas pretenden construir en la finca.

Repusimos fuerzas a base de sidra, vino y buen pescado (besugo, rodaballo, lubina, bacalao...) gracias a que Juan había reservado mesa en uno de los mejores restaurantes (para mí) de la zona: El Jornu. Eso sí, aunque estaba a sólo un par de kilómetros (en Pancar) tuvimos que ir en coche: después de la ducha no había forma de echar a andar con soltura.

Ni las humedades ni los elásticos somieres nos desvelaron.





sgutierrez@divertinajes.com
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