28 de abril de 2006

Verde agua

Cuando supe que, al volver de Croacia, mi vuelo Zagreb-Madrid hacía una escala de casi 8 horas solares en el aeropuerto de Zurich (por aprovechar una tarifa más que barata), no lo dudé ni un momento: era la ocasión de visitar la que pasa por ser la ciudad más populosa y moderna de la Confederación Helvética.

Sin ser nada del otro mundo, Zurich resulta agradable. De tamaño asequible, los bosques que la rodean y los ríos que la cruzan irradian vida, los juegos arquitectónicos de las viviendas y los murales de sus fachadas alegran las miradas, los diseños atrevidos de muebles y accesorios atraen desde sus escaparates a los caminantes, las terrazas animadas y bien atendidas son una disculpa excelente para relajarse y disfrutar...

De todos los museos que dejamos por ver (todos los habidos y por haber, algunos me aseguran que muy buenos), creo que uno (de los corrientillos) me habría apasionado especialmente: el de la medida del tiempo, situado al lado, cómo no, de una relojería, la Beyer. No importa, lo visito ahora mismo on-line, basta con hacer clic en el enlace a su web y ya estoy entre esos artilugios de contar suspiros que tanto me divierten. Y ya que estoy zuricheando por la red, no resisto la tentación de navegar por otro museo, el del dinero. El resto lo dejo para vosotros, hay cientos... yo vuelvo al exterior, que es lo que realmente me gusta.

Una curiosidad

En Zurich, Bodum no es la marca, si no carísima, tirando a bastante cara de utensilios domésticos que lucen en las vitrinas de nuestras tiendas más cuidadas; es un sello de menesteres de diseño atractivo a buen precio, tirando a barato, almacenados sin grandes miramientos.



sgutierrez@divertinajes.com
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