21de abril de 2006

A rey muerto, rey puesto

El 26 de abril se cumplen 20 años de la explosión del cuarto reactor de la central nuclear de Chernóbil; y, en estos días, 2 lustros de mi visita a la zona.

Fue un viaje al horror, al vacío, a la mentira, a la triste realidad, a la inevitable ilusión, a la muerte y a la vida.

Así era, hace 10 años.

En Járkov, con los liquidadores

Camino de Chernóbil, desde Moscú, pasamos por Járkov, donde yo había conocido a un buen número de «liquidadores», aquellos hombres reclutados a la fuerza que fueron trasladados a Chernóbil para liquidar las consecuencias de la catástrofe, sin ningún tipo de protección y un sinfín de promesas nunca cumplidas. Forman parte de un colectivo de casi 200.000 personas que permanecieron en la zona contaminada lo suficiente como para ser, al cabo de los años, los más afectados.

Esto fue lo que me contaron:

Volodia dormía aquella noche del 26 de abril de 1986 apaciblemente, ajeno a su suerte. Tenía 39 años, estaba casado y era padre de un niño y una niña. «Vinieron tres oficiales y me dijeron: “O vas voluntario o te llevamos nosotros”. Yo traté de escabullirme pero no me sirvió de nada, el oficial de guardia me dijo: “A la gente como tú, en época de guerra, los fusilamos por traidores. ¡Tu patria te necesita!” Y estuve en Chernóbil 87 días. Antes estaba lleno de vitalidad y sacaba adelante a mi familia; ahora estoy enfermo y dependo de la ayuda social».

Maya Zajarova, médico, fue voluntaria con su marido y 31 colegas más. «Hoy todos somos inválidos. De los 33 que fuimos, ya murieron tres, entre ellos mi marido. Entre todos sumamos 231 patologías, tenemos tumores, problemas cardiovasculares y alteraciones de sistema nervioso».

En Kiev, con las autoridades y algunos protagonistas

Unos amigos de unos amigos, dejaron su casa durante una semana para que pudiéramos instalar en ella nuestro campamento base. Obtuvieron más por el alquiler de esos días que por su trabajo de todo un año en la Universidad. Allí supimos, por la radio, que Aznar había ganado las elecciones. No eran días para hacer turismo ni para divertirse; sin embargo, a pesar de la angustia, lo pasamos bien.

No os aburriré con lo que nos contaron Valeri Idelson, portavoz de la Central Nuclear de Chernóbil, Vladimir Jalosha, Ministro de Chernóbil, encargado de reducir al mínimo las consecuencias del accidente, ni Yuri Kostenko, Ministro de Energía Nuclear de Ucrania.

El primer encuentro real fue con un grupo de extrabajadores de la central afectados por la explosión y reubicados en Kiev. Nos recibieron, en una especie de centro cultural, con una mesa propia de fiesta y algunas mujeres y niñas vestidas con el traje regional. Comimos, bebimos, cantamos, reímos, lloramos... Y, sobre todo, cuando uno hablaba, el resto escuchábamos:

«Creí que un misil americano había caído cerca», confiesa Nikolai Bondarenko que ese día estaba de guardia.

«Los trabajadores que fuimos los que sufrimos el primer golpe, seguimos siendo unos apestados —se queja Alexander Zalentsov, que ocupaba un puesto de responsabilidad—. El experimento no lo hicimos nosotros, lo hicieron unos científicos determinados presionados por altos cargos de Moscú. Nosotros simplemente cumplimos órdenes». Órdenes que les obligaron a forzar la máquina...

«Se produjo la explosión y los aparatos se volvieron locos. A la media hora llegaron unos camaradas y dijeron que faltaba un compañero que estaba en la zona del cuarto reactor. Lo encontramos y lo sacamos... También fuimos a buscar a otro que murió en el acto». Nikolai Gorbachenko conserva en la espalda la marca de la quemadura que le provocó el cuerpo de su compañero. Kolia, como le llaman sus amigos, tenía entonces 35 años, pasó 6 meses en el hospital y aún no ha recuperado la salud.

Eso fue un día. El siguiente, de hospital en hospital:

El director del Instituto de Endocrinología de Kiev, el doctor Tronko, nos explica que «el cáncer de tiroides en niños ha aumentado de forma significativa, es un tumor más agresivo de lo habitual, y más precoz; se esperaba que apareciera a los ocho o diez años del accidente y comenzó a manifestarse a los cinco. Otros tumores aparecerán al cabo de veinte, treinta o cincuenta años, igual que las enfermedades hereditarias».

La doctora Simonova, experta en efectos de la radiactividad, critica a las delegaciones occidentales que van a su hospital en busca de monstruos. «Vienen a ver un cuadro de película de terror, con gente que se cae a trozos, pero la realidad es mucho peor. Se trata del miedo, de una enfermedad invisible que altera a la persona, le dificulta vivir, le impide trabajar, le impide gozar».

Galina comparte habitación con su amiga Xenia en la Clínica de Medicina Nuclear de Kiev. «Todos estamos enfermos. Mi hija, el tiroides; mi hijo, úlcera. A mi marido, cuando no le duelen los huesos le duele el corazón. Yo cada año ingreso un mes en este hospital; el primer año estuve ocho meses. ».

También visitamos el cementerio.

En Chernóbil, sin pensarlo dos veces

Reservamos día, pagamos lo que nos pidieron en las oficinas de la central nuclear en Kiev (no recuerdo bien la cantidad, creo que 50 dólares), y para Chernóbil que nos fuimos. Como si de la entrada a un parque temático se tratara, ese pago nos daba derecho a:

  • Transporte. Un autocar viejísimo nos recogió a la entrada de la zona de exclusión (esa en la que nadie puede vivir y de la que hablaremos más adelante) y nos llevó hasta el edificio de servicios. Lo atravesamos a pie, pasando por los vestuarios, para subirnos, en la fachada contraria, otro autobús que, supuestamente, nunca sale del anillo central, la zona más contaminada. Tengo para mí que el autocar y el conductor eran los mismos que en el primer trayecto. Y después, viaje de regreso hasta nuestro taxi.

  • Vestuario de protección. Es decir, gorro de fieltro normal y corriente, y un pantalón y una chaqueta de guata habituales. A la vista de que las tallas no eran las apropiadas, la encargada del vestuario confeso lo evidente, que poner ese disfraz y no poner nada eran lo mismo.

  • Visita guiada por Pripiat, la central y los alrededores.

  • Comida. Vistas las instalaciones y el control de calidad reinante, nos reafirmamos en una promesa echa antes de salir de la casa de Kiev: no comer nada en la zona contaminada.

  • Medida de radiación asimilada. Visto el encargado de realizar la medición (más que ebrio) y su contador (de sobra disparado) decidimos salir del recinto ignorantes de nuestra carga. Eso sí, cumplimos la tradición de hartarnos de vodka en la esperanza de que ella se encargará de expulsar de nuestros cuerpos la temida radiación. La excelente calidad del aguardiente local y las noticias de Radio Exterior de España sobre los resultados electorales ayudaron muy mucho en la labor de descontaminación, especialmente de las abstemias.

    En Pripiat, la ciudad muerta

    Os pongo en situación.

    Pripiat era una ciudad obrera más, la ciudad de los trabajadores de la central nuclear. Pripiat era el hogar de unas 50.000 personas que el 26 de abril de 1986 tenían diferentes planes: dormir después del agitado turno de noche, celebrar el cumpleaños, invitar a los amigos a la despedida de soltero, ir al cine, preparar la mochila para la excursión de la escuela, llamar a la abuela...

    Vladimir Startsev era de los que habían trabajado esa noche. Se había empapado de agua radiactiva y había bebido el yoduro potásico que le dieron como profiláctico. Sólo pensaba en tirarse en su cama y descansar. «¿Viene usted del turno?», le preguntó un policía. «Del turno», respondió muerto de cansancio. «A las dos se va a evacuar la ciudad», le anunció el oficial. «Recogimos el pasaporte y algún dinero —recuerda—. Nos subimos al autobús, y nos llevaron lejos». Los repartieron por toda Ucrania. Les dijeron que cogieran lo imprescindible porque regresarían a sus casas en tres días. Nunca volvieron.

    Esa es la ciudad que yo me encontré diez años después: la ciudad abandonada a toda prisa. Una ciudad en la que puede oírse el silencio. Una ciudad en la que sientes que las cosas te vigilan. Miras a las ventanas y ves, pendientes de tus movimientos, de tu respiración, de tus comentarios, jirones de ropa mil veces seca y otras tantas mojada ansiosos de ser retirados. Vuelves la cabeza y reclama tu atención la pancarta que anuncia una fiesta ya pasada de fecha y nunca celebrada. Entras en la guardería y ves la imagen que Occidente quiso ver: las muñecas posan sobre los somieres tal y como los dejó el último periodista que pasó por la escena; sólo el tablón de anuncios grita los nombres de los niños apuntados a la excursión que nunca salió en la dirección prevista, susurra los nombres de los músicos en ciernes de una orquesta que ya no existe. Se oye, se oye el silencio. Apetece salir corriendo. Pero, ¿hacia donde? ¡El vacío lo ocupa todo!

    En Apachichi, con el valor de los viejos

    Las cabezas pensantes (sin criterio) trazaron inmediatamente anillos de seguridad y los mantuvieron aún cuando los expertos les explicaron, por activa y por pasiva, que las partículas radiactivas, y con ellas la radiación, había sido dispersadas de manera irregular en un área de miles de kilómetros por acción del viento y la lluvia.

    En el primer anillo, de 10 kilómetros de radio, partiendo de la central, no vive nadie. Sólo es transitado por los autocares que trasportan a los trabajadores a la central; y a los periodistas que de vez en cuando caen por allí. (Insisto, hablo de hace 10 años).

    En el segundo anillo de seguridad, 30 kilómetros, se construyó la nueva ciudad de Chernóbil. Una urbe semiabandonada en la que duermen quienes en turnos de dos a quince días trabajaban en el área restringida.

    En ese mismo área, aunque está prohibido, viven unas 700 personas, todas de edad avanzada, que, saltándose las barreras, regresaron a sus aldeas. Apenas tienen otra cosa que su vieja casa de madera pero se sienten mejor que en las lejanas residencias donde los habían alojado. Las autoridades, en la ficción de mantener la zona de seguridad cerrada, ponen cuantas dificultades pueden para que los hijos de estos ancianos rebeldes no puedan entrar a visitarlos.

    «No estamos mal. Tenemos una vaca, gallinas, patatas...», nos aseguran Ivan y Ulianova.

    Resultan tan entrañables que, nosotras que no habíamos comido el menú supuestamente traído por los operarios desde Kiev, comimos pipas y bayas de sus huertos. Nos negamos con educación en la primera casa donde un anciana nos ofreció mermelada hecha por ella misma con frutos de su huerta. Nos disculpamos en la segunda cuando nos ofrecieron queso fresco. Cedimos, sin saber por qué, en la tercera.

    En Slavutich, suma y sigue

    En Slavutich cada barrio tiene su particular fisonomía y con ella recuerda a los voluntarios que, venidos de diferentes repúblicas de la Unión Soviética, trabajaron a destajo para levantar la ciudad que habría de sustituir a Pripiat en sus funciones.

    No está a 3 kilómetros de la central como lo estaba la primera, está a 60, pero el espíritu de sus habitantes es el mismo. Los padres siguen trabajando en la central y los hijos aspiran a hacerlo algún día. Por lo demás, Slavutich es como cualquier ciudad obrera, si acaso, por lo que pasó, un poco más consentida de lo habitual, pero tampoco tanto.



    sgutierrez@divertinajes.com
    Otros destinos
    Volver
    Imprimir