7 de abril de 2006

Mucho en poco

Se aproximan vacaciones, de las cortas, pero vacaciones. Y como no sé si me apetece mar o montaña, si preferiré pasear por asfalto, visitar monumentos o tumbarme al sol, creo que me voy a ir a una isla. Una isla de esas que tienen de todo en poco espacio, y además son tranquilas. Por ejemplo, Menorca. Voy en avión, alquilo un coche...

De asfalto

Alucino cuando me cuentan que el primer teatro de ópera de España se inauguró en Mahón (Maó), en 1829. Y no es broma. Como no lo es que la mayonesa, que saltó al mundo gastronómico desde Francia, es en realidad la salsa que fascinó a Louis François Armand de Vignerot du Plesis, primo del cardenal Richelieu, en una posada de la capital menorquina y cuya receta él mismo se llevó a las cocinas palaciegas de su país. Sí, sí, Mahón es una caja de sorpresas.

El puerto dicen que como tal, natural, es de los mejorcitos del mundo. El casco urbano, preñado de casa señoriales y cafés, no es extraordinario pero resulta agradable. Es llamativa la restauración que ha convertido el claustro y varios edificios del Monasterio del Carmen, próximo a la iglesia de igual advocación, en mercado. Dos mercancías que deben ser incluidas en la maleta: queso de Mahón y ginebra Xoriguer, uno de los legados británicos mejor conservados. Esta última sólo se vende en la isla y algunos puntos comerciales de Mallorca, la destilería está abierta al público, en las afueras de la ciudad.

Al otro extremo de la isla, Ciudadela (Ciutadella). Capital bajo los árabes, sus ciudadanos fueron, en el siglo XVI, y a manos de los turcos, mercancía en los mercados de esclavos de Estambul; de su renacimiento posterior dan muestra los numerosos palacios e iglesias de estilo gótico y barroco que aún asombran al visitante. Pero no sólo hay muros nostálgicos en Ciudadela, también bares y gentes que lo llenan todo de alegría. Incluso hay un castillo, el de San Nicolás, que lo funde todo: construido en el siglo XVII para proteger el puerto, hoy sirve de mirador nocturno para todo aquel que desee deleitarse con las vistas que ofrece. ¿En los alrededores? Calas de ensueño y núcleos prehistóricos (Naveta d’es Tudons y Son Catlar, por ejemplo).

De gira gastronómica

Aseguran quienes saben que la mejor caldereta de langosta de toda la isla se prepara en Fornells. Confieso que no puedo hacer mía esa afirmación porque no tengo para comparar. Pero sí puedo asegurar que la que yo comí estaba buenísima.

En fin, en una isla con tanta ganadería como se cría en sus pastos y semejante tradición marinera y pescadora, es imposible que se coma mal. Así que no me preocupo, olfateo los puertos y me regalo el paladar.

De playa

Las aguas turquesas y la arena blanca de Santa Galdana cautivan, sobre todo si te recibe un atardecer como el que me esperaba a mí. No obstante, pasado el momento mágico, resultan más atractivas las calas: Macarella, Macarelleta (nudista), Turqueta, Mitjana...

Ahora que lo pienso, creo que el atardecer me encontró en algún punto de los tres kilómetros de playa denominada Son Bou.

No importa, lo que sobra en Menorca son playas y calas donde perderse y dejarse encontrar, donde encontrar y dejarse perder.

De montaña

A la del Toro. ¿A cuál si no? Desde la pequeña plazoleta que se adelanta al monasterio de la Madre de Dios del Toro (viven en él tres religiosas franciscanas) y el bar que cuminan esta cumbre de 358 m, las vistas de la isla son esplendidas.

De exploración

La isla esta plagada de yacimientos megalíticos, de poblados milenarios, concretamente del período talayótico, entre 2000 y 1000 años a.C., especialmente en las llanuras meridionales, las más fértiles. El más importante, el de Trepucó.

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