De París
salto a América, pero para quedarme realmente en
Francia: me voy a Quebec,
al corazón francés de Canadá, allí
donde se desayunan croissants y a «ir de compras» se le dice
«magasiner» (y no faire shopping como escucho
en el París de la Francia).
Tengo un recuerdo de Quebec tan limitado, por mi falta
de memoria, como agudo, por su vitalidad. Quebec es en
mi cabeza una pendiente cubierta de estrechas y coloreadas calles que
me atrapan entre el principesco castillo de Frontenanc
y las amplias aguas de la desembocadura del río San Carlos en el
San Lorenzo.
Empezamos la visita fuera de los muros históricos (es la única
ciudad americana fortificada al norte de Méjico)
y dentro de su espíritu (es el núcleo de la resistencia
independentista francófona): en la Asamblea
Nacional. Compartimos concierto de mediodía con los
trabajadores que, recostados sobre el césped de un parque, reponían
fuerzas comiendo un sandwich, atentos a una ejecución virtuosa
de música clásica. Y cerramos el día, a las afueras
del centro urbano, en una cabaña
de azúcar, donde nos explicaron todo el proceso de
extración y transformación de la resina de arce en productos
de jarabe de ídem, nos hicieron el numerito de tirar el jarabe
líquido sobre el hielo para obtener caramelo y nos agasajaron con
una copiosísima cena de leñador.
Entretanto, vigiladas por la Citadela,
que todo lo ve, caminamos sobre las murallas del alto y viejo Quebec;
nos dejamos convencer por un vendedor de souvenirs, en el bajo y aún
más viejo Quebec, para hacernos con los recuerdos
de los
indios iroqueses que no habíamos localizado antes (cazasueños,
espantamales del hechicero, marcas de dominio, etc.); admiramos la trabajada
caracterización de los mimos que animaban las calles; adquirimos
dos de las muchas y preciosas láminas ofertadas por los artistas
a cada paso; paseamos el viejo puerto... No nos subimos en calesa ni utilizamos
el funicular, pero allí estaban dispuestos a borrar el cansancio
provocado por las cuestas que hacen uno el alto y el bajo viejo Quebec,
reconocido en su conjunto Patrimonio de la Humanidad.
Por lo que leí en las guías y pude observar, los amantes
de los museos, especialmente de los historico-militares, no se aburrirán
en Quebec; y el resto, los amantes del jolgorio callejero,
del color y la sonrisa, del vino y la buena mesa, tampoco. Lo certitifico.
Os recomiendo que cogáis la agenda y toméis nota: En 2008
se celebrará el 400 aniversario de la fundación de
la ciudad. ¡Menudo fiestorro!
Oficina de turismo de Quebec