17 de marzo de 2006

París toujours

He vuelto a París. Ya me tocaba.

Buscando un hospedaje apetecible, por calidad y ubicación, me dejé seducir por Les jardins du Marais. Teniendo en cuenta lo que son los hoteles parisinos (un desastre en comparación con los españoles de igual categoría), resultó ser una opción excelente: habitación amplia, con baño, en uno de los edificios rehabilitados que componen el establecimiento enmarcando su coqueto patio privado; metro a la vuelta de la esquina; y el barrio del Marais a dos calles. ¿Qué más se puede pedir? ¿Limpieza? La hay, aunque cierto es que la moqueta suspira por una aspiradora más potente. Para lo que yo estuve en el hotel, más que suficiente.

Por supuesto, lo primero que hice, que para eso llegué a midi después de un buen madrugón, fue acercarme a L’As du Fallafel para reponer fuerzas con un shawarma de cordero. Sigue siendo tan bueno que no pude por menos que apuntarlo inmediatamente en mi cuadernillo de baile concediéndole la última cena, como mínimo.

El frío, que en París estos días era penetrante, no impidió que callejeara por el Marais y comprobara que todo sigue más o menos igual que hace media docena de años: los mismos cafés, las mismas tiendas, los mismos museos, las mismas gentes (al menos de apariencia). Y los mismos encuentros. Eso sí, no en el Marais sino en su vecina Isla de San Luis. Me explico. Como una cosa siempre lleva a la otra, me fui a tomar el postre a La Fleur de l’île, un Café con vistas a Nôtre Dame en el que con el café (valga la redundancia) te ponen unas trufas de chocolate que superan con mucho cualquiera de los carísimos postres de la carta. Bueno, pues allí estaba comiendo Claudia Cardinale, una belleza dignamente envejecida que siempre me tropiezo en la Isla de San Luis. Después, los clásicos de la calle principal: los coloristas y divertidos diseños de Pylones (que llegan a aburrir de tanto verlos, están por todo París); las asombrosas presentaciones cárnicas de esa carnicería que expone casi más placas acreditativas de premios ganaderos que viandas; los diminutos quesos de la vieja lechería; y bisutería, mucha bisutería.


Pero aunque todo parezca igual, eterno, inamovible, siempre hay algo que te sorprende:
¿o no es sorprendente un bolso de pedrería para llevar la botella de agua? ¡Es París! Y las japonesas lo compran todo. Yo, centrando mi fiebre consumista en lo básico, decidí acabar la tarde en el Camille con la intención restablecer la normalidad en mis pies helados y templar el cuerpo. Su Pot au Feu devuelve el aliento; el queso fresco estaba mejor antes, o sobrevalorado por mi memoria. En la tele, el CSI New York de nuestra próxima temporada. Un adelanto: los polis han cambiado de oficina.

Al día siguiente, desayuno en Bastilla, croissants, ¿cómo no? Y después metro dirección al distrito XIII. Es fantástico. Poco a poco, el vagón se va llenando de rostros orientales, hasta que son mayoría. Salgo con muchos de ellos en Marie d’Ivry. Más que metro, parece teletransporte, en unos minutos pasas del París más chic a un barrio en el que hay más letreros en chino que en grafía occidental. Recorro las dos calles más comerciales: Choisy e Ivry. Paso de puntillas por sus tiendas de regalos, manicura y alquiler de películas. Su estética sigue chocando con la mía. Pero no resisto la tentación de entrar en fruterías y supermercados: en las primeras llaman mi atención la bella fruta del dragón y los descomunales pomelos gigantes; en los segundos, vuelvo a contemplar con recelo las carpas atrapadas en el mostrador-pecera de la pescadería, y con envidia la variedad de Dim Sum. Es hora de sentarse a la mesa, y en la zona mi favorito es Le Nouveau Village Tao Tao: su canard laqué es casi casi insuperable.

Vuelvo a la triste realidad de lo que soy (¡turista!) en el vestíbulo del Louvre. Anuncian una hora de espera para acceder a las salas en las que se exponen las obras de Ingres, y eso que es un sábado cualquiera, ajeno a fiestas y periodos vacacionales. Lo peor no es la espera, más de la hora advertida; lo peor es la pelea por ver algo entre tantas cabezas, la imposibilidad de conseguir un hueco en los bancos de descanso. Reconozco que todos los inconvenientes de la exposición se me multiplican porque no es Ingres quien más me apasiona.

Dedico el resto de la tarde a pasear por Les Halles y los alrededores del Centre Pompidou hasta cenar en el ambientado Café Beaubourg. Un croque monsieur, una especie de sandwich mixto con huevo.

En París, como en tantas partes, los lunes cierran los museos, por lo tanto si quería ver la exposición temporal del Musée d'Orsay, una comparativa entre Cézanne y Pissarro, no tenía más remedio que ir el domingo (regresé a España el martes a primera hora de la mañana). Se repite la aglomeración de la víspera, a las 11:30 ya sólo venden entradas al museo para las 14:00 horas. Con la entrada en la mano para las 16:30, me voy a pasear por los Jardines de Luxemburgo. A la hora del vermú, ¿qué mejor que un kir en La Coupole mientras esperamos mesa para comer? Creo que es de los pocos sitios cuyo postre soy incapaz de perdonar, es más, es la razón de mi presencia en el local. Hablo, aunque me cuesta ya que estoy a punto de ahogarme con mi propia saliva, de sus Crêpes Grand Marnier. Energía suficiente para volver al Museo, esquivando a los cientos de patinadores que, precedidos por policías de su misma guisa, habían tomado el Boulevard Montparnasse, y disfrutar a pesar de la multitud de la muy breve y más interesante muestra pictórica que me esperaba.
Y seguir con un paseo por los Campos Elíseos, tan imprescindible como carente de interés. Un vistazo al Barrio Latino. Una reverencia a Nôtre Dame iluminada por la luna. Y una sopa de cebolla en el primer bistrô que la anuncia, para entrar en calor.

No puedo irme sin visitar Barbès, el alma afro-árabe de la capital francesa que bulle a los pies del Sacre Cœur, no lejos de Pigalle ni de Montmartre. Me pasa como en el barrio chino, lo que ofrecen no es para mí. Pero me gusta verlo. Aquí hay todo lo necesario para una boda de postín. Telas, muchas telas, a cual más brillante. Maletas, cientos de enormes maletas dispuestas a reventar camino del Sur. Y música. Es un aperitivo que abre mi apetito consumista. Me voy a recorrer las tiendas del centro. Saint Germain dès Pres, Rue du Bac, Rennes, Grenelle... hasta acabar en el Centro Pompidou. Lo que compro y nada todo es uno, pero me divierte.

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