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17 de febrero de 2006
La falda del Naranco De las múltiples edificaciones levantadas en la falda sur del monte Naranco, donde al parecer había habido una estación termal romana y posiblemente un pequeño santuario construido en tiempos de Alfonso II y dedicado a San Miguel, por Ramiro I para su residencia de recreo extramuros, tan sólo han llegado hasta nuestros días el pabellón real de Santa María del Naranco, transformado pronto en iglesia, y un tercio de la antigua capilla palatina, San Miguel de Lillo, también llamada de Liño.
Santa María del Naranco Es un edificio rectangular (20 metros de longitud) de dos plantas (la superior dobla en altura a la inferior) comunicadas entre sí por una escalera exterior; si bien, desde fuera, parece que hay tres niveles, debido a las ventanas que se abren en las fachadas cortas (oriental y occidental), imitación de la ventana trífora que daba entrada única a la cámara ciega que, desde los tiempos de Alfonso II, se construía sobre la capilla mayor de las iglesias. Lo más novedoso: los miradores de esas mismas fachadas que amplían el espacio.
La visita al interior de Santa María del Naranco, sólo posible con guía, merece, y mucho, la pena. La parte central de la planta superior está cubierta por una bóveda de cañón reforzada por arcos fajones sobre ménsulas que jalonan una cornisa longitudinal bajo la cual discurre una arquería ciega; a derecha e izquierda, la estancia se prolonga gracias a los miradores. La abundancia de ventanas y su tamaño consiguen un efecto espectacular al incorporar el paisaje a la decoración.
En el año 848 trasladaron al mirador oriental un altar, convirtiéndolo así en un lugar idóneo para decir misa y bendecir a las tropas astures que partían para la guerra. El ara actual es una réplica de la original (conservada en el Museo Arqueológico de Asturias. Excepción hecha del ara, los elementos descritos en este mirador oriental los encontrará también en el occidental.
A unos 200 metros de Santa María del Naranco, está la iglesia de San Miguel de Lillo. Su estampa, casi excesivamente vertical se debe a que sólo permanece en pie un tercio de la original (la nave central se eleva 11 metros sobre una base de apenas 3 y medio). La disposición de elementos en la fachada principal (puerta de acceso al templo en arco de medio punto, gran ventanal central y dos pequeñas ventanas laterales) constituye una novedad en la arquitectura medieval española y confiere a San Miguel de Lillo un carácter marcadamente monumental. En esta portada, las ventanas son de formas diversas y sus vanos se cierran total o parcialmente con celosías de piedra profusamente decoradas. Especialmente llamativo es el rosetón colocado en el vano superior, si bien parece que originariamente no fue realizado para ocupar ese lugar. Está rodeado de un doble círculo de ladrillo, un esquema que continúa el propio rosetón cuando, a su vez, traza otros dos círculos concéntricos, en este caso de piedra tallada en sogueado, que envuelven la roseta central, una flor de seis pétalos (alegoría de la inmortalidad). Este mismo dibujo se repite al completo en las ventanas laterales (sólo es original la que está protegida por un cristal) y de forma parcial, justo la mitad, en la que se abre sobre la puerta. El artista estructuró esta ventana en tres niveles y se limitó a reproducir medio rosetón para
La ventana de la fachada sur, también protegida por un cristal, pertenece a la fábrica primitiva: una estructura en dos niveles, la mitad superior cerrada por una compleja celosía de círculos enlazados y la mitad inferior ocupada por una ventana trífora compartimentada por arquillos con fustes sogueados y capiteles de tipo corintio. Similar a ésta es la ventana que se abre en la fachada norte.
Sobre el vestíbulo, a los pies del templo, se encuentra la tribuna real, a la que se accede merced a unas angostas escaleras que parten de las naves laterales y que se encuentran en el interior de dos estancias, adheridas a ambos lados del pórtico, cuya utilidad se ignora. La tribuna está a su vez comunicada con otros dos habitáculos laterales de función igualmente desconocida. Tanto a esas salas como a las escaleras se pasa por cuatro puertas rematadas con arcos de medio punto ricamente decorados: en sus roscas se ven relieves de tradición visigótica (discos de rayos, simbología del sol y también de Cristo, y flores de seis pétalos, alegoría de la inmortalidad, enlazados mediante tallos y limitados por sogueado). Además, en las enjutas, hay clípeos semejantes a los de Santa María pero de ornamentación más sencilla. Todo ello aparece acotado por la parte superior mediante una imposta de doble sogueado. La tribuna se abre a la nave central por medio de un gran arco de medio punto apoyado sobre columnas estriadas con capiteles rectangulares tallados de gran belleza. Encima de la tribuna, hay un compartimento cerrado. Las columnas que separan la nave central de las laterales llaman la atención por dos razones: la primera porque por primera vez en el arte asturiano se utilizan para tal fin columnas y no pilares; y la segunda, porque sus capiteles, y sobre todo sus basas, aparecen ricamente ornamentados, en tanto que sus fustes, que constan de varias piezas cilíndricas superpuestas, son lisos. Los capiteles, troncopiramidales, están compartimentados con el característico sogueado en campos cuadrangulares, algunos de los cuales permanecen vacíos mientras que de otros brotan motivos geométricos de clara inspiración vegetal. Las basas, de gran tamaño, también están compartimentadas por sogueado, pero los espacios así delimitados no son cuadriláteros sino arcadas bajo las que el artista cobijó figuras humanas leyendo o escribiendo en sus pupitres, imágenes que alternan con figuras aladas, en clara alusión a que el templo se levanta sobre la palabra (los evangelistas) y la gloria de Cristo (los ángeles). Adyacentes a las columnas más próximas a la puerta (según entra, a derecha e izquierda), y situadas ya en las naves laterales, se encuentran pilastras formadas por varias piezas superpuestas y decoradas con motivos vegetales. De la soberbia decoración que San Miguel de Lillo
debió lucir en su día, hablan también los restos,
escasos y muy deteriorados, de la pintura mural que cubría el interior
de la iglesia. Dicen quienes la han estudiado que su colorido era de una
gran viveza y resaltan la innovadora presencia de figuras humanas. Tan
sólo se conservan dos fragmentos de representación humana,
los dos en la nave meridional (mirando al altar, a la derecha): Así mismo se conservan algunas parcelas de dibujo geométrico similares a las ya vistas en San Julián de los Prados. En la bóveda del nártex (nada más entrar), sobre la imposta de doble sogueado, ese motivo está formado por círculos; en el techo de la nave central, por círculos y cuadrifolios; y en el de las naves laterales, por hexágonos y cuadrados. El prerrománico asturiano, a juzgar por las obras de las que hay noticia, nunca volverá a alcanzar las cumbres de monumentalidad y esplendor que representan Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo. Lo cual no quita para que las visitemos todas. Ya véis que, miradas con ganas de saber, atrapan.Accesos
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