20 de enero de 2006

Agua, mucha y grande

Reconozco que me resistía a ir. Y reconozco que volví impresionada. Yo, que me había mojado en las del Niágara, envalentonada por mi infinita ignorancia, pensaba: “Vistas unas cataratas, vistas todas”. ¡Pues no! Las de Iguazú, en la frontera entre Argentina y Brasil, son realmente espectaculares.

Volamos a la parte argentina desde Península Valdés, vía Buenos Aires. En el camino entre Puerto Madryn y el aeropuerto (más de 50 kilómetros sin un solo pueblo a la vista), el taxista se convirtió, como suele ocurrir con la mayoría de sus colegas de cualquier rincón del mundo, en nuestro indiscutible informador de costumbres locales: “¿Los trapos rojos que cuelgan de las alambradas a orillas de la carretera? Son ofrendas a Gauchito Gil, un gaucho al que consideran milagroso y del que son muy devotos los que hacen la ruta. Él siempre llevaba un pañuelo rojo”. Damos por hecho que era camionero, pero nos quedamos sin saber por qué se le considera milagroso. “¿Las capillas con botellas de agua? Se fijan en todo, ¿eh?”. Son cientos, ¿cómo no reparar en ellas? “Son ofrendas a Difunta Correa, una mujer que murió atravesando el desierto, en la provincia de San Juan, cuando iba a buscar a su marido. El niño que llevaba en brazos fue encontrado vivo tres o cuatro días después. Se amamantaba de su madre muerta. También se la considera milagrosa”. Aunque no nos había quedado ninguna duda, nuestro chofer-guía quiso dejárnoslo totalmente claro: “Como el Padre Hurtado en Chile”. Conclusión que nos hizo volver a empezar...

Ya en el Aeroparque —un aeropuerto en toda regla, comercios y retrasos incluidos— tomamos un café con su inseparable vaso de agua, en esta ocasión gaseosa. Tripitiríamos en el de Buenos Aires. Resumen: llegamos a Iguazú una hora más tarde de lo previsto. Nuestra estancia en la zona ya no sería de 24 sino de 23 horas.

El chofer, otro, que nos esperaba casi a pie de escalerilla, nos propuso, dado el retraso, ir directamente al lado brasileño de las cataratas, sin pasar ni tan siquiera por el hotel. ¡Sí, lo llevábamos todo reservado, planificado, milimetrado! Hay veces que no puede ser de otra manera. Vuelo interno adquirido al mismo tiempo que vuelo trasatlántico (para conseguir un precio más reducido), habitación reservada en el Sheraton (para asegurarnos unas buenas vistas), chofer-guía contratado a través de una agencia de Buenos Aires (para aprovechar cada segundo).

A toda prisa, rellenamos los formularios de aduanas para pasar a Brasil y entramos en el Parque Nacional de Iguazú, Patrimonio Natural de la Humanidad (¡no me extraña!), por una zona comercial típica de este tipo de áreas. Nos subimos a un autobús de dos pisos y circulamos, vigilados por pájaros y monos, hasta el Hotel Las Cataratas. Me alegro de haber llegado tarde, y haber tenido que visitar la parte brasileña antes que la argentina: Argentina tiene los saltos de agua; Brasil, las vistas.

No dejamos de mirar. Abrimos nuestros ojos, cuanto pudimos, en el mirador y asó los mantuvimos durante todo el recorrido, ni las salpicaduras de la ensordecedora Garganta del Diablo nos los pudieron cerrar. Tan en alerta estábamos que, de pronto, nos sorprendimos abrazando a unos amigos con los que durante meses habíamos tratado de concertar, sin éxito, una cita precisamente allí, en las Cataratas de Iguazú.

Brevemente: ellos viven en Londres y pensaban viajar a Brasil; nosotras vivimos en Madrid y pensábamos viajar a Argentina. Así que nos dijimos, ¿por qué no encontrarnos en Iguazú y pasar unos días juntos?
Fue imposible combinar fechas de vacaciones, horarios de vuelos, reservas de hotel... así que lo dejamos para otra ocasión.Y, ahora, de pronto, ¡allí estábamos todos! Nosotras porque para cuando desistimos de cerrar el encuentro ya nos había picado el gusanillo de la visita a Iguazú, ellos porque se habían cansado de la lluvia de Río. La amistad pudo más que la belleza de las cataratas, o se retroalimentó de la misma, a saber, y corrimos a dejar las maletas en nuestro hotel para volver al de ellos, Las Cataratas, a cenar. Por cierto, qué carnosos y sabrosos son los pescados del río Iguazú.

La tranquila e inesperada juerga nocturna no nos impidió despertar antes de que sonara el despertador, a las 6:30, queríamos ver amanecer sobre las cataratas desde nuestra privilegiada terraza de la habitación 360; un tucán nos acompañó. A las 8:00, ya habíamos contemplado más belleza de la que logramos reunir según que semanas, aún así (no podía ser de otro modo), nos apresuramos subirnos al trenecillo que partía, próximo a los jardines del hotel, hacia la Garganta del Diablo: un agujero por el que caen ruidosamente cientos de litros de agua cada segundo y que atrapa la mirada con la fuerza de un imán. Da la impresión de que hasta los fotógrafos allí apostados, subidos a escaleras para captar la mejor perspectiva, viven cautivos de esa fascinación.

Las pasarelas metálicas, caladas, susceptibles de ser recogidas en caso de inundación (sus predecesoras, de madera, perecieron en una subida del nivel del agua), trazan senderos imposibles que permiten observar los saltos desde las perspectivas más inverosímiles sin sensación de riesgo. Después de recorrer el circuito superior y el inferior, os aseguro que no hay un solo centímetro sobrante y que siendo espectaculares los juegos malabares del agua, no lo son menos las aves y los insectos, los hongos y los helechos que se asoman a contemplarlos.

Y, por supuesto, hay que hacerlo, caímos en la turistada: nos embarcamos en la Gran Aventura.
Primero, en un camión, recorrimos unos 6 Km. de selva; después, en un pequeño embarcadero, subimos a una lancha que, a gran velocidad, por los rápidos, nos colocó en la arena del circo de las cataratas. Si impresionantes eran desde arriba, impresionantísimas son desde abajo. La entrada a la ducha del chorro San Martín no pasa de ser la nota folclórica. Lo peor de la excursión (para nosotras, que otr@s iban encantad@s con el tema) es el gracioso que cámara en mano va grabándolo todo para luego vender CDs/DVDs personalizados.

Las 23 horas habían dado bastante de sí, nos habían agotado. Soñábamos con aprovechar el vuelo para llegar bien descansadas a Buenos Aires cuando un deficitario “Méjico lindo y querido” sobresaltó nuestro duermevela. ¿Quién cantaba? ¿Un romántico suicida que se despedía así del mundo? ¿Pensaba llevarnos a todos por delante? ¡No! Alivio. Era un pasajero, mejicano, que quería compartir con el pasaje la alegría de su cumpleaños (parece que ya había celebrado algo con una azafata, la que le permitió cantar por megafonía).

Aclarada la situación, le correspondimos con un variopinto “Cumpleaños feliz” mientras las aeromozas soltaban globos en la cabina para que nos los lanzáramos (cosa que hicimos) unos a otros. Una francesa nos miraba incrédula, pero nosotros, los auténticos latinos, ¿qué podíamos hacer? El homenajeado tenía su parte del compromiso clarísima: agasajarnos con tequila. Tequila para todos, vino para él (gentileza de las aerolíneas). Tal fue el descontrol, que la jubilosa azafata, oronda, rubia teñida, añosa y minifaldera, fue incapaz de pedirnos que pusiéramos rectos los respaldos, abrocháramos los cinturones y recogiéramos las mesillas para el aterrizaje, se ahogaba de la risa.

El dato

Iguazú significa en guaraní “agua grande”. Agua que salta desde 72 metros en 275 cataratas, a lo largo de 2,5 Km.

Sí, fueron el escenario de La Misión.

Por cierto, si vuelas desde Buenos Aires, procura coger asiento con ventanilla a tu izquierda, la imagen que te ofrecerán las cataratas y sus alrededores tardará en borrarse de tu mente.

Hotel recomendado

Sheraton Internacional Iguazú Resort. Un cinco estrellas con mucho movimiento. Las habitaciones que dan a las cataratas son más caras y ruidosas, pero... vamos hasta allí por las cataratas, ¿no? Y puestos a pedir, cuanto más alta mejor. Curiosamente, el comedor adjudicado al bufé mañanero carece de vistas (insólito, dado el caso) y el desayuno que sirven en la habitación en tan abundante (mucho) como mediocre, por no decir malo.
El Hotel Tropical das Cataratas tiene más encanto, no lo voy a negar, pero lo que buscamos son panorámicas.





sgutierrez@divertinajes.com
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