13 de enero de 2006

Un paraíso de luz

No resisto la tentación —máxime cuando escribo esto un 13 de enero (festividad en una de mis patrias del viejo año nuevo —stari novi god—)—... ¡FELIZ AÑO NUEVO! ¿Lo recibisteis contentos y en buen sitio? Si esta vez no acertasteis, no os preocupéis, tenéis un montón de meses por delante para planificar una Nochevieja perfecta.

Hablo con esta alegría porque yo, este año, atiné de pleno. Después de muchos proyectos destartalados por falta de plazas, precios exagerados y horarios de vuelo caóticos, me decidí por lo que en principio parecía una excentricidad y que a la postre resultó un verdadero acierto, me fui a El Rompido (Huelva).

Si os digo que, una y otra vez, la Costa de la Luz onubense había quedado al margen de mis recorridos por su difícil acceso, no os miento, pero también dejo claro que de esos intentos hace décadas. Ahora, desde hace ya algunos años, acercarse a Matalascañas, Mazagón, Punta Umbría, El Rompido, Islantilla, Isla Cristina, Ayamonte y alrededores, es tan simple y cómodo como llegar a cualquier otro punto de la costa española, la Costa de la Luz onubense cuenta con un par de aeropuertos cercanos (Sevilla y Faro) y una buena autopista (A-49).

Volviendo a lo que íbamos —ojalá no fuera sólo verbalmente— llegué a El Rompido el 28 de diciembre por la noche pensando en una semana de lectura y natación tras las cristaleras del hotel. Y me fui el 4 de enero con el primer libro que había abierto a medio leer y sin haber dado ni media brazada, la supuesta piscina cubierta era en realidad la cubeta del spa. No importa. Había paseado, comido pescado fresco sobre la arena de la playa, cuidado mi cuerpo en el spa y hasta golfeado un poco (el onubense azul despejado que iluminaba el fresco verdor del campo de golf que nos rodeaba me incitó a dar mis primeras bolas, va a ser verdad que engancha).

A pesar de las roturas de terreno que alejan las playas, algunas, de tierra firme, dejando espacio a las marismas, la Costa de la Luz onubense ofrece decenas de kilómetros de fina arena para disfrutar de lo que suele llamarse playas salvajes, siendo como son de las pocas civilizadas que quedan. ¿O no es más civilizado construir unos cientos de metros hacia el interior que comer terreno a la costa elevando torres sobre la arena?

Después de caminarlo todo, como es mi cansada costumbre, llegué a la conclusión de que en la Costa de la Luz onubense todas las playas (tapizadas, en el límite entre la arena seca y el alcance de las olas, por una enorme variedad de conchas) son hermosas y apetecibles, pero, de volver a hospedarme allí (incluso instalarme), y espero hacerlo, sólo lo haría en un lugar: El Rompido. No me importa que para pasar a la playa haya que hacerlo en barco, entre otras cosas porque si en el verano llegan los mosquitos, como dicen, mi tiempo allí es el invierno. El Rompido es todavía un pueblo real, con restaurantes reales que cubren la arena de la playa con sus mesas para disfrute de los comensales que no dan crédito a la calidad de los pescados y mariscos que, por poco tiempo, lucen en sus platos (besugo con mancha, lubina salvaje, rodaballo, róbalo de costa, merluza, pijotas, coquinas, gambas, cigalas, etc.), sin aglomeraciones.

Me habían dicho que...

...había muchos mosquitos en esta zona, será verdad, pero en otra época del año, porque uno que hubiera habido me habría picado y yo volví a casa intacta. Esto, lo de que todo el mundo te prevenga contra sus enormes mosquitos, y la fama de las fresas onubenses me plantea una duda ¿qué tienen en común Noruega y Huelva?

Visita obligada

El Parque Nacional de Doñana sólo puede recorrerse en excursión organizada: hay dos salidas al día (8:00 y 15:00) y es recomendable reservar plaza (teléfono: 959 43 04 32). Recomendaciones: subirse al vehículo con tiempo suficiente y sentarse al lado del conductor; si nose va a ir pendiente de la cámara de fotos, alquilar unos prismáticos, o llevarlos de casa.

Me imagino que dependerá del guía que te toque y del día, pero a mí, la visita me resultó un tanto decepcionante; no obstante, volvería a hacerla. Los 30 kilómetros de playa que el autocar recorre entre la arena y el mar, así como el paso por las dunas, son espectaculares. La población de aves sobre las marismas debería serlo, no en este año de sequía extrema (la imagen es tan increíble como dolorosa). No puedo hablaros mucho de la fauna, excepción hecha de las aves costeras (los correlimos son una juerga), porque lo único que vimos fue un pequeño grupo de escuálidas vacas mostrencas, un par de jóvenes jabalís y una nutrida manada de gamos (creo).

Hotel recomendado

El Rompido Golf (cinco estrellas) forma parte de El Rompido Golf & Beach Resort, complejo en el que se integran también un grupo de apartamentos y un campo de golf.

El Rompido Golf cuenta entre sus instalaciones con un gimnasio y un spa a disposición de los clientes (utilización incluida en el precio de las habitaciones) que, si bien no son especialmente atractivos ni completos, cumplen las expectativas propias de servicios complementarios.

Lo mejor del bufé desayuno: los blinis, la pena es que no los hay todos los días. Yo iba a pedirle la receta a la cocinera, pero cuando me decidí, ya no estaban en la plancha ni ella ni los blinis. Lo peor: la bollería.

Su ubicación, próxima al pueblo de El Rompido, es excelente para pasear entre pinos, disfrutar de la enorme playa de La Flecha (hay que cruzar en barco), hacer excursiones (Algarve, Parque Nacional de Doñana, Costa de la Luz, Huelva, etc.) y hasta jugar al golf (el edificio de recepción del campo y el campo mismo están pegados al hotel).

Y, para los que quieran aprovechar su estancia aprendiendo a coger los palos o mejorando su swing, nada como la escuela de Peter Ballingall, instalada allí mismo.



sgutierrez@divertinajes.com
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