9 de diciembre de 2005

Shopping


Después de tanto parque como anduvimos la semana pasada, me da pereza meterme en un interior, así que me voy de mercadillos...

¿Uno fantástico? El de Portobello Road. Un planazo para la mañana de sábado. Notting Hill es invadida por una larga culebra serpenteante de gente que se mueve de manera pausada, frenada unas veces por el atasco humano, inmovilizada otras por los atractivos objetos expuestos (para la venta, cosa que pocos transeuntes demuestran saber). Al principio de Portobello Road, los puestos de antigüedades, y asimilad@s, hacen confundir el mercado con un museo al aire libre. No hay peligro: enseguida, los vendedores de chucherías y ropas de mercadillo nos devuelven a la tierra. Si bien, como siempre, yo acabo atrapada entre los tenderetes de abastos. ¡Qué alcachofas! Por ejemplo.

Aprovechando que estamos cerca de la librería en la que supuestamente trabajaba Hugh Grant cuando Julia Roberts le robó el corazón (Notting Hill), no resisto la tentación de acercarme a ver su escaparate; aunque los libros que realmente me interesan los venden enfrente, en Books for Cooks. Entro y después de hojear decenas de volúmenes (más que ojear, la verdad), paso al fondo del diminuto local para disfrutar de un delicioso pastel de chocolate. Si fuera mediodía, me quedaría a comer el menú. Publican las recetas que cocinan y cocinan las recetas que otros publican, y ellos venden... un negocio suculento. Y muy recomendable.

A la vista de mi pasión por los mercados al aire libre, mi excelente anfitriona, y aún mejor cocinera, me recomienda otro muy vistoso, (más por el entorno y l@s parroquian@s que por las mercancías),
el de Brick Lane. Y allá me voy. Lo primero que llama la atención (sobre todo si vas de Barcelona) es esa especie de cápsula espacial, tan parecida a la Torre Agbar, que emerge entre grises edificios de apartamentos para vigilar a la multicultural concurrencia, como si de un moderno arca de Noé se tratara y estuviera a la espera de completar las pertinentes muestras de cada etnia para lanzarse al espacio. Si los parques eran un mapa mundi, este mercado los supera con creces. Burkas, turbantes, kipás, gorros tams y casquetes se mezclan y destacan entre los juguetes, el calzado y la lencería pendientes de los armazones de los quioscos ambulantes. Pero con todo, lo mejor, cómo no, el pequeño recinto cubierto en el que gentes de los más distantes rincones de la tierra preparan y venden los platos típicos de su tierra. Imposible probarlos todos en el mismo día, así que pueden ser un buen motivo para volver. ¡Ah! Y el nada despreciable surtido de prendas de cuero ofertadas en este rastro.

Estos a los que os he llevado son dos de los muchos mercados y rastrillos que alegran la vida comercial londinense, yo que vosotros (y que yo misma) no me perdería ni uno.

También tiene su punto pasearse por el Canary Dwarf, la nueva zona de negocios de la capital del Imperio. Digo pasear porque acciones desde luego acciones no pienso comprar, ¡que estoy de vacaciones!

Trajes, zapatos de suela, camisas y corbatas se mueven con paso rápido y certero por un escenario que para mí tiene cierto tinte de nostalgia, a pesar de su pretendida modernidad, tal vez porque me recuerda los exteriores diseñados años ha en no pocos cómics futuristas: cintas electrónicas que corren por las fachadas anunciando los últimos movimientos de la Bolsa, trenes elevados y aviones que sortean los rascacielos de cristal, plazas decoradas para ser contempladas que oscilan entre el vacío la mayor parte del tiempo y el rebosamiento a las horas punta, restaurantes que disimulan su función de comedores de menú con mobiliarios y terrazas que la realidad impide disfrutar, comercios subterráneos que subsanan la falta de conciliación de la vida laboral con todas las demás propias del ser humano...

Un detalle que, tal y como se están poniendo las cosas, seguramente interesará a más de uno de nuestros lectores: a las puertas de los edificios de oficinas, en la calle, los espacios para fumar están y acotados por mamparas de cristal, quiero pensar que para proteger a los enganchados al cigarrillo de las corrientes, pero tal vez sea para impedir que el humo del tabaco se mezcle con las corrientes de aire. Quién sabe. Propuesta de mejora: abandonar definitivamente el tabaco e instalar ahí las máquinas de café y picoteo, para tomar las once al calor de las estufas (ya instaladas) y respirando aire puro.

En fin, después de este baño de capitalismo y formalidad, creo que lo mejor para recobrar la cordura será un paseo por Covent Garden que, al fin y al cabo, tiene un poco de todo: tiendas y mercadillo, artisteo callejero y oficinas, restaurantes y puestos de salchicas, etc. Ya sé que es muy turístico, pero me gusta. Me gusta ver a los chavales apartados aprendiendo a hacer juegos malabares o de cartas, o a mantenerse en equilibrio sobre monociclos o zancos, para ganarse un puesto en el improvisado pero bien organizado escenario. Me gusta ver a los oficinistas aprovechando el tiempo de la comida para asombrarse con las actuaciones cronometrada de mimos y músicos. Me gusta sentarme en las terrazas del patio y ver que los vinos españoles están de moda. Me gusta buscar un regalo original, algo cada día más difícil, pero no imposible (de lograr, digo). Me gusta.

En cuanto a los grandes almacenes, pocas cosas tienen que nos puedan sorprender, pero siguen siendo visita casi obligada. Dos recomendaciones, sin entusiasmo: la iluminación nocturna de Harrods y el supermercado de Fortnum & Mason.

Los museos los dejamos para la próxima semana, ¿os parece?





sgutierrez@divertinajes.com
Otros destinos
Volver
Imprimir