2 de diciembre de 2005

Visit London


Ya están aquí diciembre y sus diez mil puentes, ya llegan la Navidad y sus intercambios de regalos. Ell@s vienen y nosotr@s nos vamos. Es la vida. Puente y compras, ¿a dónde ir? ¡A Londres! Por supuesto, como si fuéramos todos millonarios. Podéis ir a donde queráis, pero no os engañéis, en la capital del Reino Unido, las cosas cuestan, como mínimo, un 50% más que en la del estado español. Y tampoco es para tanto. O sí.

En mi cajón de gustos, lo único que liga Londres con la Navidad (con los puentes es obvio) es el color verde. Más amarillento (que para eso es de yerba natural) el de Londres que el de la Navidad, pero verde al fin y al cabo. Y que en una ciudad pueda el verde sobre el gris... ¡no tiene precio!

No soy lo que se dice una deportista, pero si puedo caminar no me meto en el metro (menos en el de Londres, que es realmente tenebroso; creo que mi hermano no cabe de pie estirado en los vagones del Tubo, y eso que Gasol es bastante más alto que él).
En Londres he hecho kilómetros sin apenas pisar asfalto, y no he surcado por ello la tierra, porque no me he visto en la necesidad de caminar sobre mis propios pasos. He podido atravesar la ciudad entre aves de lo más variopintas, ardillas y caballos, respirando aire perfumado por vistosas plantas, descansando a la orilla de un lago sobre una confortable hamaca, comiendo en una acogedora terraza, disfrutando sobre el césped de un amigable concierto de música clásica, contemplando los usos y costumbres de no pocas razas. Podría ir a Londres sólo para pasear por sus parques.
En ellos van confluyendo los barrios y las gentes, todos tan diferentes que el parque ya no parece de una ciudad, sino de mil mundos. Toman su sándwich apresurado de mediodía l@s emplead@s de traje, hacen su merienda familiar los indios de turbante, se fotografían en cada rincón las ricas y cubiertas árabes, patinan enganchados a música ensordecedora los modernos multicolor, juegan al balón los que no van en bicicleta... y como en todos los parques, no faltan enamorados, poetas, desencantados, solitarios, juerguistas ni desconsolados.

Tal vez por eso, porque Londres es en realidad un gran parque, se ha volcado en hacer de una atracción tradicional su gran símbolo y ha plantado frente al Parlamento, y a orillas del Támesis, la más alta y aburrida de todas las norias. La altura es un dato objetivo y por tanto sin comentarios. El aburrimiento además de subjetivo es relativo, así que merece una explicación. Primero hay que hacer horas de cola para comprar los tickets en un local de cuya existencia la mayoría de la gente se percata cuando ya lleva varios minutos en la cola de los que ya tienen entrada.

Después, la cola de entrada en mano va rápida, eso es cierto. Antes de llegar a la plataforma de subida a la cabina cerrada (inocente de mí esperaba cabinas abiertas como las de las norias de mi infancia) hay que pasar más controles de seguridad que en un aeropuerto. Y cuando por fin uno consigue entrar en la cápsula que le corresponde, no tiene razón de ser sentarse en el banco central porque el único interés de estar ahí adentro es contemplar Londres, o al menos una porción (bastante amplia) desde las alturas y jugar a aquello es esto y aquello lo otro, o sea, que donde hay que coger sitio en los ventanales, no en los asientos. También es cierto que la panorámica acaba aburriendo y todo el mundo se mueve de un lado para otro. Aunque no se para del todo en prácticamente ningún momento, va lenta, lenta. Y no es de extrañar, porque cada vez que se vacía una cabina (ocurre constantemente) nada más bajarse los pasajeros, entran los de seguridad con el detector de metales. Está bien pero... cuando te toca bajarte lo único que apena es la pila de euros que acabas de fundir.

Y para fundir euros sobran lugares en Londres. La próxima semana nos iremos de mercados, museos, tiendas, restaurantes... ¡A disfrutar!



sgutierrez@divertinajes.com
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