18 de noviembre de 2005

¿Pisaré sus calles?


Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes...

Creo que ésta es una de las expresiones más bellas y plenas de la esperanza, la ilusión, que algún día todos albergamos de vivir en un mundo mejor: ése que por sí solo nunca llegará, ése que enseguida olvidamos crear. Por ello, pisar las calles de Santiago, y especialmente hacerlo por invitación de un exiliado regresado, tuvo mucho de gozo (melancólico) y de resignación (vergonzosa y vergonzante).

Llegamos a Santiago procedentes de Bogotá, y aterrizar no fue cosa fácil; la niebla, que ese día como tantos otros cegaba el aeropuerto, nos tuvo horas sobrevolando la Cordillera. Tampoco resultó simple responder a los ofrecimientos de nuestro anfitrión: “¿Por cuánto tiempo vienen? Si me saco la polla se quedan 6 meses”. Sin comentarios.

Camino a su casa de Viña del Mar, paramos a tomar un pisco sour, así que con la soltura aportada por el aperitivo y la curiosidad provocada por los insistentes anuncios emitidos por la radio (“¡Sáquese la polla de beneficencia y deje de trabajar!”), hicimos el comentario obviado pocos minutos antes: “¿A qué llamáis aquí polla?”, “A la lotería, ¿y ustedes?”... ¡Qué mala es la ignorancia! Nos habían advertido del asunto de la concha, no más.

Desde las alturas, entre plantas, con la vista perdida en el océano, a medio camino entre Viña del Mar y Valparaíso, nuestro amigo nos regaló amenos relatos de recuerdos aderezados de imágenes, sonidos, olores y sabores rebosantes de encanto.

Viña del Mar

Hicimos la visita de rigor, para descubrir una ciudad residencial con un cierto aire ocioso, de veraneo lujoso, cubierta de palmeras y plataneras que hacen bueno su sobrenombre popular, ciudad jardín. Y, playas y casino aparte, es precisamente eso, un jardín, vestigio de sus orígenes como hacienda particular, lo más interesante de la ciudad. La Quinta Vergara, antigua finca residencial de la acaudalada familia Álvarez-Vergara, hoy está abierta al público como parque y alberga en su Palacio al Museo Municipal de Bellas Artes, además de ser escenario de conciertos y festivales.

Hablando de festivales, si crees que lo tuyo es la música y quieres probar suerte en el Festival Internacional de la canción que cada año se organiza en Viña del Mar no dudes en participar: aquí esta la puerta de entrada.

Valparaíso

¡Nada que ver con su vecina Viña del Mar! Más importante desde el punto de vista administrativo (acoge la sede del Congreso Nacional), más activa comercialmente (no en vano es el puerto más importante del país), más espectacular si de urbanismo hablamos (las casas tapizan las escarpadas laderas que circundan el centro en equilibrios imposibles) también es más sucia, más insegura, más caótica.

Abajo, en la llana terraza valparaisina, en un ambiente decadente, se abren a las calles escaparates de viejos comercios un día prósperos y de nuevos negocios apurados por triunfar y la historia gira en torno a la Plaza Sotomayor con su edificio de la antigua intendencia de marina, la Aduana Nacional, la Estación Puerto de ferrocarril y el muelle Prat. En las colinas empinadísimos y tortuosos caminos que dan servicio a viviendas de todo pelaje.

Como la cabra, tiro al monte, y para alcanzarlo me valgo del funicular correspondiente. Subo en uno, bajo en otro, asciendo en el de más allá... Unos 15 salvan desniveles entre las calles de la ciudad. Es imposible que sea infinita la ciudad, pero resulta inabarcable. Me centro en dos puntos: La Sebastiana y El Turri.

Nos habían dicho que el Café Turri resultaba fuera de serie, así que qué mejor sitio para avituallarse y reposar. Estábamos sentadas en la terraza del tercer piso, impresionadas por las vistas, disfrutando de un pisco sour cuando todo vibró, las luces se apagaron y parte de la vajilla se hizo añicos, al cabo de unos segundos un sonriente camarero dejó sobre nuestra mesa una excelente bandeja de mariscos, como si nada hubiera pasado. Al día siguiente, las portadas de los periódicos nos pusieron al corriente de lo ocurrido: había habido un terremoto, y la tierra tembló con tal fuerza que en lugares lejanos al epicentro, como Valparaíso, algunas casas se habían desplomado.

No fue el caso de La Sebastiana, la casa en la que Pablo Neruda se instaló con un matrimonio amigo y desde la que veía entrar los barcos en el puerto y disfrutaba cada Nochevieja de los fuegos artificiales que celebraban la llegada del Año Nuevo. Sede de la Fundación que lleva su nombre, es un interesante museo por el que el puedes deambular libremente y en la que llaman, al menos a mí, poderosamente la atención las soluciones arquitectónicas halladas por el arquitecto Sebastián Collado para atraer al mar y hacer de La Sebastiana un navío más.

Isla Negra

Haciendo uso del magnífico servicio de autobuses chileno, nos acercamos a la casa favorita de Neruda, La Chascona, construida sobre una roca a orillas del océano, al pie de la playa en la que ahora reposan los restos del poeta.

Como si de la cueva de un pirata se tratara, La Chascona acumula en desorden y entre polvo objetos de todo tipo (mascarones de proa, fósiles, botellas, baupreses, instrumentos náuticos, etc.) que hablan de la vida tal cual, sin la parafernalia que podría inspirar su obra.





sgutierrez@divertinajes.com
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