4 de noviembre de 2005

A lo grande

[«] Los balnearios de Budapest

El Parlamento es sin duda el otro gran impacto —éste visual— de Budapest, tan inspirado en el londinense que para muchos ojos despistados seguro que se funden en uno.

Contemplarlo desde el exterior no tiene misterio: ocupa las mejores vistas obtenidas desde cualquier punto de la rivera contraria ya sea mientras paseas a orillas del Danubio, te tomas un café en la muralla del Castillo o intentas capturar las dos ciudades (Buda y Pest) en un solo plano desde el monte Géllert.

Visitar su interior es harina de otro costal: hay que hacer largas colas para alcanzar la taquilla y después esperar el turno del grupo en el que, por razón de idioma y cupo, hemos sido incluidos. Por cuestiones de seguridad, y para aumentar la confusión, las filas son discontinuas, lo cual unido a la falta de información visible e inteligible (el húngaro es de lo complicado lo más) hace que turistas que creen haber
captado el mecanismo transmitan a informaciones no siempre fiables, especialmente sobre horarios. Tal vez todo sea para generar un plus emocional de alivio mezclado con orgullo cuando contemplas el barullo de filas y tú ya estás traspasando el umbral del edificio más grande de Hungría (¡yo ya lo he conseguido y eso pardillos ahí preguntándose unos a otros!). "Escaleras, salas, vestíbulos, cúpulas... ¡todo es grandioso! Y a las puertas de la sala de la Asamblea Nacional, un curioso artilugio: hileras de medios canutillos metálicos para depositar los puros, encendidos suponemos.

Y la tercer sorpresa: su Gran Mercado. Grande en tamaño, en productos y colores. Más llamativo cuanto más rememoramos su pasado en el Bloque este. Embutidos y pimientos son los protagonistas gastronómicos y estéticos.

A partir de ahí, cualquier dirección es valida para caminar porque la ciudad está trufada de monumentos, especialmente arquitectónicos, y aunque las caminatas puedan ser terribles —porque Budapest no es precisamente una ciudad de bolsillo— no faltan lugares agradables para recuperarse.
También es cierto que no faltan las concentraciones de elementos que facilitan la tarea turística, por ejemplo, la Plaza de los Héroes (Museo de Bellas Artes, Palacio del Arte y Varosliget, el parque que alberga el Castillo de Vajdahunyad).

De tanto verlo, no queda más remedio que acercarse al Palacio Real, y hasta recorrer la historia del país hilada en los lienzos de la Galería que alberga, la Nacional. Digamos que nunca lo recomendaría como primer objetivo de visita.

Otra cosa es la Gran Sinagoga, con su llamativa fachada de ladrillo blanco y rojo decorada con frisos cerámicos de intrincado diseño y un gran rosetón entre los dos alminares de estilo morisco rematados por sendas cúpulas bulbosas. Es la singoga más grande de Europa. El recuerdo a los más de 600.000 judíos húngaros asesinados por los nazis en la II Guerra Mundial se materializa en el metálico sauce llorón creado por Imre Varga y sufragado, entre otros, por el actor húngaro-estadounidense Toni Curtis. El barrio que tanto sufrió está recomponiéndose con tesón.

Ya que hablamos de barrios, creo que ha llegado el momento de acercarse al casco antiguo de Buda. Demasiado plano de espíritu, su posición privilegiada en las alturas, sus viviendas de reminiscencias aristócratas y medievales, sus comercios con cierto sabor retro y algunos edificos destacados como la Iglesia de Matías, le mantienen como un lugar aparte e imprescindible.

Otro legado histórico que se mantiene vivo es la pasión musical. Budapest, con la Ópera del Estado, al frente (por cierto, se puede y debe visitar) rebosa salas de conciertos tanto de música clásica como popular.

Al fin, Budapest me resulta de esas ciudades capaces de crear en torno a sí la ilusión de infinitud, donde no desearía vivir (a no ser como huésped del Géllert) pero adonde no me queda más remedio que volver, posiblemente una y otra y otra vez. ¿Tendrá parte de culpa su gulash?

Mis favoritos
Para cenar o tomar una copa, las ambientadísimas terrazas de la Plaza Ferenc Liszt.
Cuando apetece algo dulce, Gerbeaud, fundada en 1858, en la céntrica plaza Vörösmarty.?

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