28 de octubre de 2005

Más que agua


Me siento a escribir relajada. Demasiado, si cabe. Esta mañana, he decidido partir hacia el resto de mi vida desde un balneario urbano, y me he ido a un spa. Así estoy ahora... para echarme a pensar. La hora y media que anduve entre vapores y chorros de agua me ha traído a la memoria otras piscinas, otros balnearios, una ciudad: Budapest.

Viajé a Budapest, desde Madrid, aprovechando uno de esos acueductos que en la capital de España ofrece el mes de mayo, plagado de fiestas (están todas: nacionales, autonómicas y locales). No era el objetivo del viaje pero volví morena. ¿Por qué? Descubrí los balnearios. ¡Qué balnearios! Especialmente el Gellért. Llegamos a él siguiendo la cúpula que corona el hotel que le da nombre y cobijo, cuando descendíamos del monte Géllert –que dicho sea de paso recibe el nombre de un obispo que rodó monte abajo metido en un tonel y empujado por los paganos que en 1046 tuvieron claro y expresaron de semejante traza que no deseaban ser cristianizados sin sospechar siquiera que estaban convirtiéndolo en mártir y santo patrono de Budapest-. Al llegar a su altura, sedientas y hambrientas como estábamos, atrajo nuestra atención la terraza vallada de una piscina pública en la que un buen número de bañistas disfrutaba del almuerzo, y buscando la entrada a tan reconfortante lugar dimos con nuestros huesos en los famosísimos baños Gellért. Tan famosos que ni tan siquiera mi limitadísima memoria visual pudo engañarme con un supuesto dejà vu: su piscina cubierta principal rodeada de columnas de mármol y tapizada de brillantes mosaicos (doy tantos detalles porque el complejo cuenta con muchas diferentes) es protagonista de un anuncio televisivo de no me acuerdo qué. Nos olvidamos de comer, nos olvidamos de beber y nos lanzamos al relajante baño. No sin antes ponernos una bolsa de plástico azul con goma de esas que dejan marca para el resto del día en la cabeza. Entregadas al placer termal, no nos privamos de nada: piscinas de aguas a distintas temperaturas, sauna y baño de vapor, sólo con féminas, las más al desnudo, en un ambiente de ricos decorados, poca luz y olor sulfúreo (los varones hacían lo propio por su lado); piscina al aire libre con olas durante los diez últimos minutos de cada hora; piscina humeante con aguas medicinales, banco marginal, chorros individuales y vistas a su monte homónimo... Sólo después, y aún bajo el sol, vinieron la hamburguesa, la cerveza y el helado.

Más por obligación de turista que por deseo auténtico, regresamos al mundo real y continuamos ruta, no sin volvernos de vez en cuando para contemplar la imponente fachada ribereña del que, si el bolsillo me lo permitiera, convertiría en mi residencia más o menos habitual. No es broma, tal fue el inesperado placer que, ateniéndonos a la realidad, decidimos terminar nuestro viaje a la capital húngara en un balneario, pero en lugar de volver al Gellért, por la ambición turística de conocer más y más, anduvimos y anduvimos, Isla Margarita a través, para llegar al que nos habían vendido como el mejor Balneario de Europa, “El Grande” y resultó ser un spa tan moderno como el que disfruto en Madrid, con más espacio pero igual encanto, y muchísimo más caro que cualquier otro en el que haya podido estar; en fin, permitiré que el recuerdo de la gran comida de la que disfrutamos en la terraza de un decadente restaurante próximo me haga olvidar el percance. Y, si me lo permiten, mientras nos hacen el ajuste técnico anunciado, voy a tomarme una copita del que muchos expertos consideran uno de los mejores vinos del mundo: Tokaji.





sgutierrez@divertinajes.com
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