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21 de octubre de 2005
Un (c)olor especial
Había estado en Sevilla hace más de una década, con motivo de la Exposición Universal de 1992, y uno de mis objetivos esta vez era de nuevo la isla, para ver qué se había hecho además de convertirla en Mágica, pero la lluvia —que especialmente este año es una maravilla— me recluyó en uno de lo muchísimos bares de la capital hispalense.
Visitar ese derroche de poderío que es la Catedral no es cosa fácil: acceder a su interior es todo un logro de estrategia: una puerta es para grupos, otra sólo de salida, una más de acceso al culto, otras permanecen cerradas. Y orientarse en la visita tampoco es tarea sencilla, hay que estar atentos porque, según la hora, unas u otras zonas están cortadas al paso de los turistas. En fin, por difícil que les resulte no se queden sólo con la imagen de la Giralda, el interior y el Patio de los naranjos también reconfortan, si bien no tanto como podrían hacerlo a los más desvalidos las muchas riquezas materiales que el recinto atesora.
Voy siempre a la carrera, pero si viviera en Sevilla, estoy segura de que pasaría más de una tarde en los Reales Alcázares, en sus patios o en sus jardines, siguiendo los dibujos geométricos de los mosaicos o buscando peculiaridades en los capiteles, descifrando las figuras de los artesonados o leyendo plácidamente arropada por el leve fluir del agua...
La Torre del Oro, la Cartuja de Santa María de las Cuevas, la Casa de Pilatos, los museos de Bellas Artes y Arqueológico... Volveré a Sevilla porque, queriendo, dejé cosas sin ver y sin querer dejé cosas sin comer y beber, nunca son bastantes las coquinas (en Cervecería Giralda), siempre resulta agradable un Canasta (tal vez, en El Rinconcillo, la taberna más antigua de la ciudad). Sorpresas: el gran número de procesiones anunciadas en la Catedral, para muchos de los días del año (no necesariamente festivos), la agradable sensación de seguridad (impensable hace no tanto), la antipatía de gran parte de los camareros para con los extranjeros (que son muchos).
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