14 de octubre de 2005

Vuelta al sur


[«] Cabo Norte

¿Por qué gustará tanto esa sensación de haber llegado al límite, al extremo de lo que sea? Lo que nos ocurría cuando dimos la espalda al Cabo Norte, para tornar sobre nuestros pasos, era algo así como “no había nada especial, pero ¡nosotras hemos cumplido!”. Una tontería. Aunque el caso fue que el camino de vuelta, siendo el mismo que el de ida, se nos antojaba mucho más interesante, por los desoladores paisajes, y más animado, por la cantidad de gente que corriendo, en moto o en bicicleta, desafiaba al viento y la lluvia para alcanzar el finisterre noruego (y mira que a mí no me gusta nada eso de mover los lugares de sitio para denominar a otros necesitados de nombre y sobrados de entidad).

No insistiré en la mucha agua, los pocos bares, las altas cimas y los profundos valles que animaron nuestro regreso a Oslo, durante el que evitamos, siempre que fue posible, repetir la ruta. Me conformaré con detenerme en los enclaves más significativos y contaros que de Norte a Sur, los renos seguían siendo mansos (me quedé con ganas de acariciar sus cornamentas aterciopeladas), las ovejas salvajes (no consiguieron sacarnos de la carretera pero sí echarnos de un área de descanso) y las gaviotas enormes.

Tromsø

Llegamos del tirón, cuando el sol enrojecía el cielo cubierto de la ciudad que ha sido puerta del Ártico para decenas de expediciones polares. El curso estaba a punto de comenzar, por eso, lo primero que hicimos fue tomarle el pulso universitario: lento pero firme. La media de edad de los parroquianos que atiborraban el garito más a nuestro gusto (y, a juzgar por el bullicio, de la mayoría) parecía más de profesorado que de alumnado, tal vez porque el bolsillo que hay que tener para pagar la cerveza (local y buenísima) deba semejarse más al de catedrático que al de becado: ¡8 euros por una caña! Y 3 por un vaso de cacahuetes.

Los amantes de lo polar encontrarán en Tromsø los mejores museos sobre la cuestión, y los de la arquitectura una catedral sin parangón que destaca como un gran triángulo de luz entre los colores de las pequeñas casas de madera que cubren las colinas a ambos lados del larguísimo puente que estructura el conjunto urbano.

Ålesund

En nuestra guía, un tanto cruel, decía que “por fortuna para el viajero” se había quemado en 1904 y la reconstrucción había dejado un conjunto armonioso de edificios de estilo modernista y tonos pastel. Es verdad que, arquitectónicamente hablando, no tiene nada que ver con el resto del país. En todo lo demás sí: nos tuvimos que ir sin visitar su atracción museística, el Centro Modernista, porque abría a las 12:00; desayunamos en el coche, con nuestras tazas rellenas de café en una gasolinera, a las 10:15; nos costó dios y ayuda encontrar la carretera que buscábamos... Vale, era domingo.

Menos mal que el paseo vespertino del sábado había resultado de lo más agradable (a pesar del frío y la lluvia) y la cena francamente buena (bacalao con pimientos y tomates —como a la riojana— y brocheta de pescados entre los que, por supuesto, no faltaba el salmón; eso sí, con agua del grifo y, de broche, un postre compartido); habríamos dejado propina a la simpática camarera –propietaria de una casa en Altafulla— que nos atendió, pero hicimos lo mismo que los jubilados catalanes que habían cenado en la mesa de al lado: pagar la cuenta pelada (la nuestra rondó los cien euros) y salir sonriendo.

La de Lom y otras iglesias

Nuestro primer intento de entrar la iglesia de madera de Lom (un pueblo de vacaciones y paso hacia nevadas montañas) fue abortado por una jovial pareja que, sentada en las escaleras de acceso al templo, nos comunicó que se estaba celebrando un servicio y por tanto permanecía cerrada (ya hasta el día siguiente) a los turistas. Volvimos por la mañana y visitamos el interior, aunque posiblemente lo más característico de esta construcción, iniciada en el siglo XI, sean los dragones tallados de su tejado.

Otra iglesia que habríamos de visitar ese día, también del siglo XI, fue la de Urnes, inclinada pero en pie, gracias a la sociedad privada que cuida de ella (como de otros 40 edificios antiguos), a orillas de Lustrafjord, entre puestos de cerezas y manzanos en flor. Su portada tallada de vides y animales monstruosos justifica el complicado viaje que hay que hacer para llegar a ella.

Para acabar la jornada, exploramos el pórtico de otra artística pieza de madera, del siglo XII, con portada renacentista, la iglesia de madera de pino de Hopperstad, a las afueras de Vik.

Y, a poco kilómetros ya de Oslo, la más grande las iglesias de madera que se conservan en Noruega, la de Heddal, del siglo XIII.

Más glaciares

No contábamos con ellos, al menos no tan cerca, no tan visibles, no tan accesibles, no tan hermosos. Fannarak, Skogastølstindane, Hurrungane, a pocas horas de caminata desde el mirador en el que compartimos peripecias con unos compariotas que habían llegado en coche desde Madrid, son el fondo de un escenario panorámico en el que un leve giro de cabeza es suficiente para contemplar la punta de una compacta lengua de hielo lamiendo las cumbres peladas, cercos de nieve perfilando charcos de agua como motas dibujadas por el viento sobre el pasto quemado de la montaña, pequeños lagos cobijados bajo el fino cristal de la helada...

Ya en zona templada, más allá de los frutales del Sørfjord, donde encaja perfectamente la música allí compuesta por Grieg, el Folgefonn sonríe desde lo alto y se deja ver durante kilómetros y kilómetros.

El mar del sur

No queremos abandonar Noruega sin visitar, al menos, Stavanger, pero el ferry (más bien la ausencia de él) nos retiene en Skudeheshavn, y aprovechamos la ocasión para comer en una terraza veraniega (sobre una especie de patio vecinal abierto al mar en el que atracan sus barcos deportivos los inquilinos de los inmuebles circundantes, debe ser la hora de la retirada porque hay una actividad frenética) y acercarnos a la playa (llena a pesar de lo difícil de lo accesos y la fría temperatura del agua).

Ya de noche, ya en Stavanger, paseamos por el barrio antiguo (calles estrechas con casas de madera, cerca del puerto) y buscamos, sin éxito, un lugar donde cenar asado de reno. El ambiente está en la catedral, donde se celebra un festival de música clásica, y en las terrazas, donde las mantas patrocinadas por multinacionales de la bebida cubren la piernas y espaldas de gargantas mojadas por cerveza y estómagos saciados con pizzas y hamburguesas.

Y, por último, permitidme que, antes de dar por finalizada esta evocación noruega, brinde un homenaje a los hombres y mujeres (escasos pero entregados) que alegraron nuestro camino con sus reconfortantes café latte.





sgutierrez@divertinajes.com
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