7 de octubre de 2005

Por fin, ¡Cabo Norte!


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Lo único bueno de nuestro refugio nocturno fue que estaba ligado a un desayuno buffet no extraordinario pero sí representativo y suficiente: queso de cabra marrón, arenques en diferentes marinadas, huevos cocidos, tostadas y café.

A poco más de una jornada para alcanzar el Cabo Norte, lo que queríamos, por encima de todo, era avanzar y llegar cuanto antes al extremo septentrional de Europa.

El panorama seguía resultando impresionante y no pudimos evitar detenernos de vez en cuando, para contemplar las enormes lenguas de hielo que asoman sobre las cumbres oscuras con el fin de alimentar a nutridos fiordos, como el Lyngenfjord, para disfrutar de la magnífica vista ofrecida por el puerto de Kvdenangsfjell, para fotografiar a los primeros renos que se cruzaron en nuestro camino y los campamentos lapones que salpicaban el paisaje.

En Alta, paramos atraidas por los 3.000 grabados rupestres (4000-1000 a.C.) considerados por la UNESCO patrimonio artístico de la Humanidad. Perfectamente indicados, y remarcados para facilitar la interpretación, se convierten en la disculpa de un agradable paseo a la orilla del mar. Ante los renos labrados el la roca coincidimos con una familia murciana que regresaba del Cabo Norte, donde había permanecido durante tres noches, sin éxito, esperando ver el sol de medianoche. Volvían a casa sin la imagen del sol pero cargados de agua, al menos en la memoria.

A punto de acabarse el día, y dado que la zona estaba muy despoblada, decidimos quedarnos en el primer alojamiento posible: un motel de carretera en Skaidi. Curiosamente, el encargado del negocio era un uruguayo que había llegado a semejantes latitudes, desde las Islas Canarias, por amor, y se había casado y quedado. Él nos puso al día de algunas peculiaridades del sistema: se gana mucho, nos comentó, 115 euros diarios más horas extras, pero se pagan muchos impuestos, y cuando uno alcanza la cifra de 20.000 euros, lo mejor es irse al paro, y a buscar otro trabajo. Pero como no todo en la vida es ganar plata, las cosas para un latino no son fáciles en el frío polar. Tan es así que nuestro inesperado amigo nos comentó que hacía unas semanas, en la gasolinera, había conocido a un colombiano que vivía en una ciudad a unos 200 kilómetros de su pueblo, y que al cabo de unos días le había llamado por teléfono para pedirle que se vieran de vez en cuando, porque en año y medio no había conseguido hacer ni un solo amigo.

Dormimos en uno de los aposentos más acogedores que nos deparó el destino noruego y, temprano por la mañana, pusimos rumbo a nuestro destino. El desayuno, las playas de cantos rodados invadidas por renos y gaviotas, las paredes laminares... pocas cosas consiguieron interrumpir nuestra marcha. El peaje que acecha al final del túnel submarino que da paso a Magerøya, la isla que alberga el último tramo de esta carretera europea, debería habernos alertado sobre el cariz abusivo del parque temático que allí se han montado los noruegos, pero inocentes y absurdamente ilusionadas avanzamos carretera arriba hasta que nos topamos con la frontera: con la disculpa de un centro de interpretación (vacío de contenido y repleto de souvenirs) han acotado los últimos metros de terreno, los que lindan con el mar, y si quieres asomarte a ese acantilado artificiosamente mágico, no tienes más remedio que pagar lo que te piden (a todas luces demasiado). Después de 3.715 kilómetros (más los volados de Madrid a Oslo) ¿no ibamos a pagar? Pagamos. Pero algunos coches daban la vuelta.

Era media mañana, y el viento azotaba de tal manera que tuvimos que sacar todas las capas de nuestro vestuario para poderlo soportar. En poco más de una hora lo habíamos visto todo (reportaje incluido) y optamos por comer sentadas tras el ventanal panorámico (la peor sopa de la temporada y una hamburguesa de reno que hacía buenas las americanas). ¿Qué más se podía hacer en semejante páramo? El sol de medianoche no se había dejado ver en sus fechas concertadas mucho menos lo haría ahora que ya no tocaba, pero ya que estábamos allí...

Ni siquiera la lectura parecía poder rellenar tantas horas de espera, así que volvimos al coche, deshicimos parte del camino, reservamos alojamiento en el complejo de bungalows más próximo al Cabo Norte, continuamos descendiendo, y nos plantamos en Honningsvåg, una capital en la que a las cinco de la tarde (cuando estaban por llegar decenas de turistas) ya estaba todo cerrado, bueno, todo no, el bar de hielo de Gloria y Mijares estaba abierto, el bar y su agradable tienda de regalos. Allí entramos con los saludos de Santos por delante, y allí nos quedamos charlando casi un par de horas. Hasta que llegaron más españoles y ya en grupo pasamos al bar que es y no es tal, no es un local al que vas a tomar algo sino una enorme escultura interactiva con forma de bar a la que debes entrar ataviado con un poncho de abrigo y en la que puedes ver una proyección sobre la obra (desde cómo y dónde se consiguieron los bloques de hielo, hasta cómo se renueva cada año, pasando por la conservación) mientras tomas una reconfortante infusión de frutas y canela. Toda una experiencia.

Ellos fueron quienes nos recomendaron algunos puntos de la isla que visitamos meticulosamente antes de volver a las ventosas alturas. Éramos cientos y seguían llegando autobuses, cada uno entretenía el tiempo como podía: unos se dejaban hacer fotos contra una pared en la esperanza de que el fotomontaje resultante hiciera creer a sus amigo que el sol de medianoche les había iluminado, otros rellenaban crucigramas en variados idiomas, algunos se alejaban atrapados por sus variopintas lecturas, los más pequeños se afanaban sobre sus cuadernos de pintura y más de un adolescente devoraba los apuntes que no conservado inmaculados durante el curso... nosotras, como tantos otros, observábamos, salíamos y entrábamos, hacíamos fotos, comíamos, bebíamos, comentábamos, dudábamos, esperábamos... La nubes iban y venían, permanecían y desparecían, ocultaban y filtraban, nos desesperaban y entretenían; a eso de las diez se dejó ver un rojizo comienzo de puesta de sol, afuera fue todo. El espectáculo en realidad estaba dentro, ¿qué hacíamos allí tantos ilusos franceses, españoles, italianos, rusos, coreanos, suecos, noruegos, japoneses...? Nos disponíamos a irnos cuando cuatro moteros octogenarios se levantaron de las escaleras de paso, respondiendo al aviso lanzado por megafonía: gracias por su visita, a las doce de la noche se cierran las instalaciones. ¡Justo en el momento esperado!, máxime si se deja ver el sol de medianoche.

Continuará... 




sgutierrez@divertinajes.com
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