[«] De
Trondheim a Bodo
A pesar del frío, aguantamos en la cubierta del ferry construido
en San Fernando, Cádiz, que nos
llevaba de Bødo a Moskeneses prácticamente
las 3 horas que duró la travesía. La serie de imágenes
ofrecidas por Moskenesøy, a medida que el barco
bordeaba la isla para aproximarse a su costa, es una de las mil maravillosas
películas que el paisaje noruego es capaz de protagonizar sin guión
ni ensayo alguno.
Ya en tierra, retrocedimos para llegar al pueblo más meridional
de Moskenesøy, Å, donde
el nombre del lugar suena sin cesar proclamado por cientos de enormes
gaviotas, y las antiguas casas de pescadores (construidas sobre el mar,
de manera que se puede lanzar la caña sin salir del hogar), como
en el resto del archipiélago, han sido reconvertidas en alojamiento
turístico, son los rorbuer. He de decir que la frescura de sus
gambas y mejillones anuló de inmediato la sensación de artificialidad
provocada por lo estructurado del conjunto y la avalancha de visitantes,
muchos de ellos llegados a uno de los lugares justamente considerados
más bellos y remotos del planeta sólo para acampar y disfrutar
de la naturaleza.
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Los recovecos esculpidos por el hielo en la imponente roca de las islas
volvieron a dejarnos sin aliento al acercarnos a Reine, uno de esos pueblos
en los que el olor a bacalao lo inunda todo, y eso que no estábamos
en temporada. En agosto, sólo vimos los desnudos esqueletos de
madera que a finales de abril servirán para colgar el bacalao que,
mientras se seca, tapizará 400.000 metros cuadrados de islas.
Tuvimos que llegar a Ramberg, en la costa occidental,
para ver la primera playa abierta al mar. Su longitud invita a caminar
y la suavidad de su arena a hacerlo descalzas; nosotras no nos resistimos
y, aunque no se divisaba un alma, las huellas que seguimos demostraban
que no éramos las primeras de la tarde que habíamos cedido
a la fuerza del imán.
Saltamos de isla sin darnos cuenta de ello, y continuamos recorrido acompañadas
por las lilas que perfilaban la carretera, bajo la atenta mirada de altísimas
cumbres nevadas. Esta isla es más ancha y al cruzarla, para volver
a la costa este, atravesamos campos de pasto y cultivo dignos del continente.
Caída la tarde, que no oscurecido el día, llegamos a Stamsund
y nos alojamos en un albergue juvenil habilitado en unos viejos almacenes
de pescadores. Cenar en la terraza sobre el fiordo, independientemente
de los víveres, fue un placer; dormir, no tanto.
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Embutidas en un
aposento que no daba medidas ni para vagón de tren, decidimos aprovechar
lo que ofrecía: su ventana al fiordo en una noche que se prometía
blanca, eso sí, protegiéndonos de los mosquitos con nuestras
famosas espirales. A eso de las cuatro de la mañana, al grito (en
inglés) de qué pasa aquí, se han disparado todas
las alarmas anti-incendios, irrumpieron en nuestra habitación (la
puerta no tenía llave) dos hombretones (en realidad sólo
pudo adentrarse uno, el otro no cabía) que buscaban desesperados
el conato de fuego. Nos costó trabajo conseguir que salieran de
la habitación y nos permitieran seguir durmiendo, y aunque nos
esforzamos en hacerles comprender que el humo emanaba sin fuego y que
se trataba de una esencia ahuyentadora de mosquitos, sólo respiraron
tranquilos cuando nos vieron abandonar su albergue a primera hora de la
mañana.
Volvimos al camino en lo que parecía, a nivel del mar, un paisaje
de alta montaña, con cumbres escarpadas y apenas otra vegetación
que el musgo que acolcha las piedras, con entrantes de agua que de no
haberlos identificado en el mapa habríamos tomado por lagos. En
Henningsyær, además de un montón
de turistas (en grupo) encontramos un lugar para desayunar: Bakeriteatret,
un local pequeño y oscuro pero polivalente que igual hace de café,
que de casa de comidas, que de bar de copas con espectáculo en
vivo... ¡un prodigio, con algo de saloon!
Claro que el verdadero prodigio nos esperaba en Kavelvåg.
Allí, entre mástiles de viejos navíos atracados en
el puerto, vislumbramos un autobús, pero no un autobús cualquiera,
un autobús con matrícula de Oviedo
(ya no se ven ni en el Principado) y decorado a toda
plana con el logo de “Asturias paraíso natural”.
Nos acercamos, no sé muy bien para qué, bueno, confieso,
para hacerle una foto (absurda, ya lo sé), y allí estaba
el chófer, Santos, un gijonés que nos explicó
que ésta era su novena temporada en tierras noruegas transportando
españoles arriba y abajo: él y el autocar permanecen allí,
los turistas llegan y se van en avión. Se alegró de saber
que yo soy de Oviedo, pero no se alegró menos
cuando Maruja le habló de Zaragoza.
“Si vais a Cabo Norte, no podéis dejar de
visitar a una zaragozana, Gloria, que con Mijares,
acaba de abrir un bar de hielo en Honningsvåg.
Eran dos de nuestros mejores guías. Tenéis que ir”,
nos insistió. Por cierto, también nos dijo que lo del recalentamiento
no es ninguna tontería, que allí se nota muchísimo,
que cada vez hace más calor, o, en realidad, menos frío.
No nos habríamos ido de Svolvær sin navegar
por el diminuto Trollfjord de no haber sido por la incesante
lluvia y las malas artes de los captadores de clientes para los distintos
cruceros, todos lo que se dirigieron a nosotros lo hicieron en un tono
un tanto timador. El puerto cubierto de nieve (lo vimos en foto) es excepcional;
bajo la lluvia, la capital de las Lofoten no nos inspiró
absolutamente nada.
Acompañadas por la lluvia, pasamos en ferry a Melbu,
ya en las Vesterålen.
A penas nos habíamos alejado de las Lofoten y
ya las echábamos de menos: allí había una cierta
normalidad (o al menos lo que para un par de españolas es normal)
en eso de los bares y restaurantes, vamos que si te apetecía tomar
algo encontrabas dónde. Atravesamos las Vesterålen,
camino del continente, y no encontramos ni un mísero café;
es más, en la capital de la isla de Hadseløya,
Stokmarknes, un sábado de agosto a la tres de
la tarde, estaba cerrada hasta la oficina de información y turismo.
Ya en tierra firme, era tal la escasez de establecimientos hoteleros
(ausencia total) que empezábamos a mentalizamos para pasar la noche
en el coche cuando vimos una desviación que anunciaba camas, y
para allá que fuimos, eran las pretenciosas –y poco limpias-
instalaciones de una estación de esquí y centro de entrenamiento
deportivo en Bardufosstum. Dormimos allí.