23 de septiembre de 2005

De Trondheim a Bødo


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Dejamos el coche en un aparcamiento vigilado al aire libre de Trondheim —la tercera ciudad noruega en importancia desde el punto de vista económico-administrativo y la primera desde el histórico-religioso— a media mañana de un día importante: después de la celebración de Santiago (a cuya representación en la fachada de la catedral habían puesto una corona por tal motivo) y en vísperas de la conmemoración del fallecimiento del santo rey Olav. O sea, en plenas fiestas. Un mercadillo medieval instalado en el recinto, nos sirvió de entretenimiento mientras esperábamos nuestro turno para entrar en la gran Nidaros Domkirke, allí donde es coronado el monarca noruego.

Poco impresionadas por iglesias y museos, nos dejamos arrastrar por las tranquilas calles de Trondheim, y las recorrimos a pie, aunque bien podíamos haberlo hecho en bici: en diferentes puntos de la ciudad hay aparcadas bicicletas que pueden utilizarse de manera gratuita, lo único que se pide al usuario es que sea tan amable, cuando la deje, de engancharla en cualquiera de los aparca-bicicletas automáticos. En Oslo hay un servicio idéntico, pero de pago.

De Trondheim me quedaría con tres lugares:

  • Bybrua, el viejo puente de madera que, a los ojos del transeúnte, convierte el río Nidelva en un canal.

  • Torget, la versátil plaza central que sirve de nudo orientativo (con oficina de Información y Turismo incluida, para que no le falte de nada), mercado (el día que estuvimos nosotras, casi exclusivamente de fresas), escenario (como actuación estelar nocturna, intérpretes de las canciones de Abba)...

  • Ravnkloa, el que fuera mercado de pescado (si sigue siéndolo no conseguí verlo) y hoy es un convencional bar-pescadería agraciado con una enorme terraza a orillas del, éste sí, Canal. Allí probamos las insípidas y omnipresentes bolas de pescado (nadie sabe cuál) y las curiosas aunque nada sorprendentes hamburguesas de salmón. Fueron nuestra comida del día y, tomadas de otros platos, las de las enormes gaviotas del lugar.

    Abandonábamos ya la ciudad, cuando llamó nuestra atención una zona portuaria reconvertida como tantas en centro comercial y gastronómico. Retrocedimos, aparcamos, caminamos... en medio de los encantos de Trondheim, resulta un parche innecesario.

    En ruta, una vez más nos desviamos para ver una iglesia cerrada, en esta ocasión por un funeral, la de Værnes.

    Alejarnos de la costa y de los fiordos no nos privó ni muchísimo menos de la compañía del agua, que seguía corriendo a nuestro lado por amplios cauces plagados de pescadores ávidos de truchas, anguilas y salmones.

    El techo nocturno nos lo brindó un noruego, de Grong, al alquilarnos la mitad de su doble vivienda, a orillas de la única carretera que avanza hacia el norte, y regresa desde él. Una acogedora casa de maderas pintadas y escaleras empinadas que disfrutamos al completo.

    La jornada siguiente tuvimos que aliñarla con esmero porque el tramo que cubriríamos en ella, por sí solo, prometía poco.

    Nos entretuvimos un rato en la cascada de Laksfodd, viendo como algunos salmones, a base de saltar y volver a saltar, a base de insistir, conseguían remontar una corriente nada complaciente.

    Paseamos por Mosjøen, y nos acercamos a la iglesia interesantísima y cerrada del día (por otro funeral), la de Dolstad.

    ¿Dije que nos habíamos alejado de los fiordos? Aquí están de nuevo: Sørfjord, Finneidfjord, Ranafjord... Y con ellos, y después de ellos, bosques de abedules, altísimos picos pelados... ¡un espectáculo!

    Paramos, cómo no, en el montaje turístico que señala el Círculo Polar Ártico. Parece un platillo volante aparcado en un planeta desierto. No tiene ningún interés, pero volveremos a parar a la vuelta, seguro.

    No nos habríamos quedado en Bødo si no fuera porque, cuando llegamos al puerto, el siguiente barco hacia las Lofoten salía a la una de la madrugada (a las ocho de la tarde ya había gente esperando para embarcar). No te imaginas a qué puede ir la gente a Bødo, pero estaban todos los hoteles llenos. Por fin, siguiendo las instrucciones de la Lonely Planet, dimos con una agradable pensión, Bødo Gjestegård, donde —mejor para nosotras— alguien que llegaba tarde y no avisó se quedó sin cama.

    Para completar el día, decidimos darnos un homenaje gastronómico, pero después de andar toda la ciudad, o al menos lo que parecía ser toda la ciudad, sólo quedaban dos alternativas: Pepe’s Pizza, que de no haber sido tan carísimo nos habría dado de cenar, y el restaurante de un hotelazo sobre el que, no recuerdo dónde, había leído algo sustanciosamente agradable. Por supuesto, la cuenta fue más elevada de lo que habría sido la del Pepe’s, pero cenamos reno (insípido) acompañado de un pescado similar al salmón pero, según aseguró la camarera, de lago, y alce (muy sabroso).

    Información oficial de Trondheim





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