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23 de septiembre de 2005
De Trondheim a Bødo
De Trondheim me quedaría con tres lugares:
En ruta, una vez más nos desviamos para ver una iglesia cerrada, en esta ocasión por un funeral, la de Værnes. Alejarnos de la costa y de los fiordos no nos privó ni muchísimo menos de la compañía del agua, que seguía corriendo a nuestro lado por amplios cauces plagados de pescadores ávidos de truchas, anguilas y salmones. El techo nocturno nos lo brindó un noruego, de Grong, al alquilarnos la mitad de su doble vivienda, a orillas de la única carretera que avanza hacia el norte, y regresa desde él. Una acogedora casa de maderas pintadas y escaleras empinadas que disfrutamos al completo.
La jornada siguiente tuvimos que aliñarla con esmero porque el tramo que cubriríamos en ella, por sí solo, prometía poco. Nos entretuvimos un rato en la cascada de Laksfodd, viendo como algunos salmones, a base de saltar y volver a saltar, a base de insistir, conseguían remontar una corriente nada complaciente.
¿Dije que nos habíamos alejado de los fiordos? Aquí están de nuevo: Sørfjord, Finneidfjord, Ranafjord... Y con ellos, y después de ellos, bosques de abedules, altísimos picos pelados... ¡un espectáculo! Paramos, cómo no, en el montaje turístico que señala el Círculo Polar Ártico. Parece un platillo volante aparcado en un planeta desierto. No tiene ningún interés, pero volveremos a parar a la vuelta, seguro.
No nos habríamos quedado en Bødo si no fuera porque, cuando llegamos al puerto, el siguiente barco hacia las Lofoten salía a la una de la madrugada (a las ocho de la tarde ya había gente esperando para embarcar). No te imaginas a qué puede ir la gente a Bødo, pero estaban todos los hoteles llenos. Por fin, siguiendo las instrucciones de la Lonely Planet, dimos con una agradable pensión, Bødo Gjestegård, donde —mejor para nosotras— alguien que llegaba tarde y no avisó se quedó sin cama. Para completar el día, decidimos darnos un homenaje gastronómico, pero después de andar toda la ciudad, o al menos lo que parecía ser toda la ciudad, sólo quedaban dos alternativas: Pepe’s Pizza, que de no haber sido tan carísimo nos habría dado de cenar, y el restaurante de un hotelazo sobre el que, no recuerdo dónde, había leído algo sustanciosamente agradable. Por supuesto, la cuenta fue más elevada de lo que habría sido la del Pepe’s, pero cenamos reno (insípido) acompañado de un pescado similar al salmón pero, según aseguró la camarera, de lago, y alce (muy sabroso). Información oficial de Trondheim
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