16 de septiembre de 2005

De Bergen a Trondheim


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Salimos de Bergen temprano, por la mañana, camino de Cabo Norte, con un atractivo recorrido establecido y un primer destino nocturno: Ålesund.

Decidimos avanzar hacia el norte pegadas a la costa, lo cual nos supuso cruzar —por larguísimos puentes o en tranquilos ferrys—, o bordear —por estrechas carreteras—, fiordos y más fiordos (Salhusfjord, Austfjord, Masfjord, Eidsfjord, Fensfjord, Austgulfjord, Sognefjord). Tanto fiordo iluminado por un sol radiante (todo hay que decirlo), nos llenó la cabeza de agua y se apoderó de nuestras flojas voluntades, hasta tal punto que decidimos dedicarles la jornada.

Así, cambiamos de ruta para irnos a navegar por el que acababa de ser declarado Patrimonio de la Humanidad: el estrechísimo Nærøyfjord. No sé si fue para compensarnos por el esfuerzo kilométrico y de deducción que habíamos hecho (nadie sabía decirnos dónde y a qué hora podíamos coger el ferry correspondiente, por otra parte, uno de los más turísticos), o se trataba simplemente una muestra más de la generosidad que la naturaleza despliega en Noruega, el caso es que apenas nos habíamos adentrado en el Nærøyfjord cuando un potente doble arco iris hizo presencia... ¡Esa imagen ya vale el viaje!

Y de un asombro a otro: incluso ahí, atrapada entre altísimas montañas y profundas aguas, vive gente. A uno de los asentamientos, el único con estructura aparente de pueblo (varias casas e iglesia), nos acercamos para dejar el correo en el buzón común del embarcadero.

Cuando arribamos a Gudvangen era ya la hora de acostarse, o al menos de saber dónde se va a pasar la noche. Como allí no veíamos mucho ambiente hotelero, decidimos acercarnos a su vecino turístico, Flåm. El trayecto, por un túnel de unos 8 kilómetros fue rápido; no lo fue tanto encontrar una cama. Al final, una habitación compartida en un bungalow del camping local nos proporcionó una litera.

Salimos de Flåm, cómo no, a primera hora (bueno, tampoco tanto, a las 8:00) enfilando de nuevo hacia Cabo Norte y con una sencilla intención: desayunar. Cuál sería nuestra desesperación una hora y un montón de aburridos kilómetros más tarde (baste decir que uno de los túneles que habíamos soportado tenía, él solito, una longitud de 24,5 Km.) que lo intentamos hasta en la cafetería de un hospital... ¡abría a las 9:30! Seguimos camino y, después de que la encargada de la oficina de turismo de un pueblo aparentemente de vacaciones confesara que tomar café antes de las 11:00 iba a ser imposible, nos lanzamos al supermercado y nos hicimos con la bollería, batidos, yogures y fruta que habrían de calmar algo más que nuestro apetito.

En Briksdalsbreen, calzamos las botas de monte y saltando durante una hora de piedra en piedra, entre Heidi y cabra, subimos hasta el glaciar; descender descendimos por la pista habilitada para los jeeps que facilitan el camino a centenares de visitantes. El ambiente, un tanto de romería, nos dejó un poco preocupadas, ¡no deja de ser una importante reserva de agua! ¿O sólo lo vemos así los que convivimos con la sequía?

Nuestro siguiente entretenimiento, paisajes alucinantes aparte, fue sortear ovejas, y no es broma: se acuestan en la carretera, probablemente a disfrutar del calor del asfalto, y no se apartan ni aunque pase un camión. Son las amas.

Cuando llegamos a Hellesylt, el último ferry hacia Geiranger ya había partido, así que buscamos alojamiento en el pueblo. Nos costó lo suyo encontrarlo; pero, al final, disfrutamos de una idílica cena en el porche de nuestro bungalow, dominando el Sunylvsjjord desde las alturas.

Madrugamos más de lo habitual y nos unimos al primer grupo del día que surcaba el Geirangerfjord (el otro favorito de la UNESCO). ¿Cuántas cascadas lo alimentan? Más fácil contar las granjas que se asoman a él, la mayoría ya abandonadas (en algunas ataban a los niños con cuerdas para que no se precipitaran al fiordo).

Con el fiordo a nuestras espaldas, iniciamos una jornada de subidas y bajadas —con un único respiro: los campos de fresas de los alrededores de Valdall— que tendría su culminación en Trollstigen, ¡menudo circuito de rallies!

Decididas a pasar de Ålesund, nos dirigimos a Molde con la intención de avanzar por la autopista del Atlántico. La Atlanterhavsveien no resultó todo lo espectacular que esperábamos, es lo que pasa cuando vas sobrado (no nosotras, el país).

Dormimos en una habitación sacada a un garaje, al lado de una bomba de gasoil, en lo que bautizamos como camping fantasma: una aglomeración de caravanas con añadidos de madera, en un lugar perdido en medio de la nada, que tenía toda la pinta de ser la residencia permanente de muchos noruegos. Nos largamos como alma que lleva el diablo en cuanto abrimos los ojos.

Casi una hora después, en Orkanger, nos recibió un centro comercial —¡quién me iba decir que algún día me alegraría tanto de ver uno!— que inmediatamente interpretamos en términos cafeteros. Hasta dimos una vuelta por el supermercado y, en la zona de juguetes, nos llamó la atención una bolsa de globos cuyo reclamo eran tres gamberros lanzándole globos rellenos de agua al tímido de la clase...

A eso de las once de la mañana, tras pagar el equivalente a un par de euros de peaje, entramos en Trondheim.





sgutierrez@divertinajes.com
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