9 de septiembre de 2005

De Oslo a Bergen

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Oslo

De todas las opciones posibles para ir del aeropuerto a Oslo, sigo pensando que el tren es la mejor; en concreto, el de cercanías, que puede llegar a tardar hasta 40 minutos en cubrir los 50 kilómetros en cuestión, frente a los 25 que emplea el express, pero es igual de cómodo que éste y cuesta la mitad.

Tuvimos la suerte de que el hotel que habíamos reservado estaba al lado de la estación central, que es tanto como decir en el mismísimo centro de la ciudad; claro que, dado el tamaño de Oslo, se puede decir que todos los hoteles están céntricos.

La capital noruega tiene una estructura urbanística que me resulta muy familiar: al igual que en Oviedo, la calle principal parte de la estación de ferrocarriles, con la salvedad de que la calle Uría muere en un frente de viejas viviendas y la Karl Johans gate en el Palacio Real. Y el ambiente tampoco me resulta extraño, ésta de Karl Johans gate, podría ser la Calle Mayor de cualquier villa española: la gente se sienta en las terrazas o se pasea calle arriba calle abajo comiendo un helado para ver y ser vist@.

El Palacio Real, el Parlamento, la Universidad, la Domkirke... todos en la misma calle, todos abiertos a los visitantes (mayoritariamente nacionales, pero también extranjeros, sobre todo rusos, italianos y españoles). De los muchos museos repartidos por la ciudad un buen número de ellos agrupados fuera del casco urbano, en Bygdoy, me quedo con el de Munch, pequeño y bien estructurado, transmite a la perfección el espíritu del autor de El grito, o eso parece. Tampoco quiero olvidarme, por lo excepcional del caso, de la esmerada concentración de estatuas de Vigeland, en Frogneparken. Si bien para pasear prefiero la Fortaleza de Akershus, fundamentalmente por su proximidad al puerto, al Aker Brygge, verdadero espacio de ocio (tabernero) de la capital. No hay sopa de pescado como la de Albertine. La otra maravilla gastronómica son las gambas del fiordo, tanto si se degustan en las escaleras del puerto después de comprarlas en un barco o en la terraza del Louise.

Lo mejor del puerto, arreglado como todos los puertos que se han arreglado últimamente (convirtiendo los viejos almacenes de ladrillo visto en edificios de oficinas, centros comerciales y restaurantes con terrazas mirando al paseo marítimo), lo mejor del puerto decía, es el baile semi-espontáneo que se organiza al caer la tarde. Yo que me enteré este verano de la movida del Black Metal, no podría decir si lo que bailan es rock o qué, pero sí que se lo toman a pecho y sudan lo suyo.

En resumen, Oslo no es la gran ciudad europea que uno podría esperar, pero sí digna capital de su país.

Oficina de turismo de Oslo en internet.

De Oslo a Bergen

Dicen que Oslo-Bergen es uno de los recorridos en ferrocarril más hermosos del mundo. Tal vez. Nosotras fuimos de una ciudad a otra en coche; eso sí, supuestamente por el camino más bello. Todo no puede ser, o sí. En tren o en coche, la variedad de paisajes es espectacular.

Apenas marcaba medio centenar el cuentakilómetros cuando aparcamos el vehículo, calzamos las botas de monte y nos echamos al ídem.
Todo para contemplar desde el Kongens Utsiks (Vista del Rey) el Tyrifjord. ¡Impresionante! Aunque poco, si hemos de compararlo con los fiordos que aún nos quedaban por ver.

Casi en el ecuador del viaje, cuando ya habíamos atravesado llanuras de cereales y valles frondosos, cuando ya nos eran familiares las casas peludas (en el tejado les crece hierba porque aislan las casas con cortezas de árbol y tierra) y los deslabazados enclaves turísticos, alcanzamos el pequeño pueblo de Torpo. Allí, rodeada de tumbas y vigilada por la iglesia construida con sus despojos, se conserva un fragmento de lo que fuera una gran iglesia de madera.

La dejamos atrás para ascender hasta la orilla del Ustevatn, el lago plateado rodeado de pequeños montículos de piedras hechos por chicos y grandes, avanzar contemplando la imponente mole del glaciar Hardanger y alcanzar la estruendosa cascada de Voringsfoss.

Aún nos esperaban fiordos de la talla de Eidfjord, Hardangerfjord, Samnangerfjord y Sorfjord, frondosos bosques de pinos y abedules e, inolvidable, la gargante de Tokagjell.

El cielo de Bergen, empedrado, se tiñó de rojo para recibirnos, pasaba de las once de la noche.

A tener en cuenta: la velocidad máxima es 90 km/h, aunque en larguísimos tramos se reduce a 60, 50 incluso 30; muchas carreteras son de un solo carril aunque pueda circularse en ambas direcciones, a veces, parecen verdaderos balcones abiertos sobre los fiordos; continuamente se atraviesan larguísimos tuneles curvados y en cuesta; y, en verano, las caravanas ruedan por cientos.

Bergen

Es la segunda ciudad en importancia del país, la primera si se mira desde el punto de vista turístico. Y eso que la encumbra, es también lo que la hace menos interesante: demasiadas tiendas de recuerdos, demasiados trolls y jerseys de lana.

No hay que sumarle nada. Bergen tiene su encanto particular: el Bryggen. Las antiguas casas de madera conservadas en el puerto, picudas, inclinadas, vivas por el color, resultan hipnotizantes.

No hay que exagerar nada. La variedad de los productos del mercado de pescado son atractivo suficiente. Para muchos, como lo fue para mí, es una buena ocasión para probar la carne de ballena (mejor que la dejen nadando) o comparar diferentes marinados de salmón (a cual más sabroso).

En conjunto, Bergen goza de un atractivo apacible que invita a pasear y espanta las prisas.

Curiosidad: hay muchísimos estudiantes españoles haciendo el agosto (ganándose un buen salario, con el sudor veraniego de su frente) en bares, tiendas y puestos de pescado.

Oficina de turismo de Bergen en internet.



sgutierrez@divertinajes.com
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