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2 de septiembre de 2005
¿Qué tal las vacaciones?
Ya había intentado en una ocasión hacer ese cuyos promotores llaman “el viaje más bello del mundo”: de Bergen a Kirkenes a bordo del Hurtigruten. Afortunadamente, no conseguí plazas. Y digo ‘afortunadamente’ porque la costa y los fiordos de Noruega son espectaculares, pero no lo es menos su tierra adentro. Organización del viaje Lo único que teníamos claro (me tuve que llevar conmigo a Maruja Limón) es que queríamos viajar durante al menos tres semanas y que no nos uniríamos a ningún grupo organizado; todo lo más, contrataríamos un Fly & drive, a lo Thelma & Louise, como dice Maruja.
Nos fuimos a una agencia de viajes y estudiamos a fondo el folleto correspondiente. Imposible combinar más de dos semanas, imposible salirse del limitadísimo circuito ya establecido (el paquete incluía la reserva de determinados hoteles), imposible sumar ampliaciones (convertían el precio establecido, nada despreciable, en astronómico)... Así que volvimos a nuestro sistema habitual:
El equipaje La guía, bien es cierto que escrita hace más de un lustro, recomendaba llevar dinero en efectivo ya que en gran número de comercios, especialmente en las gasolineras del norte –según sus autores- no siempre aceptan tarjetas de crédito. Lo cierto es que la tarjeta de crédito es la moneda de uso más corriente en Noruega, incluso si la suma a pagar son céntimos; y en muchas gasolineras lo que no aceptan la mayoría de las veces es dinero en efectivo, ¡sólo se puede repostar con tarjeta de crédito!, pero eso lo supimos sobre el terreno. Me gustó su forma de usar la tarjeta de crédito: el cobrador rara vez coge en la mano la tarjeta del pagador que es quien la pasa por la cinta magnética, y nadie la saca jamás fuera del campo de visión de su propietario. ¡Podrían tomar nota en el resto del mundo!. Como no sabíamos nada de esto, encargamos en el banco una buena suma de coronas noruegas, que confundieron con sueca, menos mal que fuimos a recogerlas tres días antes de partir y todavía dio tiempo a desfacer el entuerto. Al recogerlas, nos aseguraron que La Caixa nos compraría las sobrantes al mismo cambio al que nos las había vendido y sin comisiones, de lo que curiosamente se olvidaron fue de que eso aplica a un porcentaje limitado. En otra de las guías que manejábamos se especificaba que estaba permitido introducir en el país un montón de kilos de alimentos, lo que unido a las recomendaciones de nuestros amigos, que insistían en que lleváramos comida para evitar la ruina, nos empujó a la charcutería, donde nuestro competente Octavio empaquetó al vacío un buen número de raciones de jamón, queso, chorizo y salchichón, botín que completamos con latas de foie gras y sardinillas. ¡Qué buena idea! Y no ya tanto por los precios noruegos –que realmente agujerean bolsillos como los nuestros- como por la dificultad para, fuera de Oslo y Bergen, encontrar un lugar abierto para desayunar antes de las 11 de la mañana o comer otra cosa que no sean hamburguesas o perritos calientes. Por supuesto, no llevamos bebida, pero sí una mochila isotérmica que nos permitió mantener siempre fresca y a mano una botella de agua del grifo, la envasada que –dadas sus reservas del líquido elemento- algún día venderán al resto del mundo, era, cómo no, carísima. A veces recorríamos decenas de kilómetros sin encontrar un sólo bar donde poder comer o beber algo. También nos habían dicho que nos protegiéramos de los muchos y enormes mosquitos que campaban a su aire en Noruega, así que incluimos en el equipaje un par de cajas de esas espirales que tan buen resultado nos habían dado en otras ocasiones. En lo que no reparamos fue en que allí prácticamente todas las construcciones son de madera y cuentan con detectores de humos tan sensibles que el hilillo aromático desprendido por nuestras espirales sería capaz de hacer saltar las alarmas antiincendios antes incluso de que los mosquitos, tampoco tan numerosos, se percataran de nuestra suculenta presencia. En cuanto a la ropa, las capas de siempre, en esta ocasión sin olvidar ni una sola: ropa interior, traje de baño (no salió de la maleta), camisetas (incluidas las termolactil), camisas ligeras, camisas más fuertes, jerséis, chubasquero, marianos, pantalones desmontables, vaqueros, calcetines (finos y gruesos), sandalias de goma, zapatillas de deporte, botas de monte y guantes; se nos olvidaron los gorros, y pudimos prescindir de ellos por los pelos, nunca mejor dicho. Creo que no se me olvida nada. La próxima semana nos vemos en
Oslo.
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