3 de junio 2005

Camino a Covadonga

[«] La preparación

El camino de Gijón a Covadonga está perfectamente señalizado gracias a un grupo de entusiastas, La Tertulia Cultural EL GARRAPIELLU, que desde hace años se dedica a la recuperación —entre otras joyas de la cultura asturiana— de esta antigua ruta de peregrinos. No hay más que seguir los indicadores del “Camín a Cuadonga”, ilustrados con el símbolo celta del disco solar en rotación, el trisquel.

Primera etapa

La ruta parte de Deva —parroquia del concejo de Gijón en la que se conserva el Monasterio de San Salvador, construido en el siglo X, de estilo prerrománico—, y allí estábamos todos a las ocho y media de la mañana. Dejamos las mochilas en el coche de apoyo y nos encaminamos por una pista de tierra, abierta entre eucaliptos, que tarde o temprano tendría que ir cuesta arriba: antes de pararnos a desayunar, en Peón, habríamos ascendido más de 250 metros, en unos 13 kilómetros.

En Peón nos adelantó un grupo de familias que con niños y abuelos alcanzaría Covadonga casi en el mismo instante que nosotros, eso sí, no todos consiguieron llegar a pie. Nosotros sí.

La parada en el bar sirvió para hacer acopio de fuerzas, comprar pan, comprobar que el podómetro cumplía y completar el grupo (algunos venían de Quintes). Fue echando los restos hacia el Alto de la Cruz cuando alcanzamos un grupo de señoras, amigas de la madre de uno de nosotros, que caminaban tranquilas, charlando de achaques y vecinas, y que dados los años y los kilos que arrastraban no tenían pinta de ir a llegar muy lejos. En el alto cambiamos los calcetines y comimos unas exquisitas rosquillas de anís; y saludamos al apoyo aburrido de las abuelas andarinas, un marido paciente.

Y después de la subida, lo peor: la bajada; por una caleya de piedras sueltas, lavadas por el agua. Avanzamos con cuidado para no lesionar las rodillas, al cabo las que más se resentirán. Pero hay que levantar la vista del suelo: al girar en un recodo sombrío, el castillo medieval de Niévares, construido según cuentan sobre otro más antiguo, llama la atención, parece fuera de tiempo y lugar.

A la orilla de la carretera llana por la que dejamos atrás Grases, la Capilla de Ánimas no pasa desapercibida.

Y, por fin, cerca de ya de Villaviciosa, nos esperaba nuestra magnífica choferesa de apoyo con la mesa puesta: bollos preñaos, empanada, jamón, chorizo, queso, fruta... Nos descalzamos, masajeamos los pies y... ¡a por el bocadillo ancho! Estábamos con los cafés cuando aparecieron nuestras amigas, con la misma parsimonia en el paso y animación en la conversación que las que llevaban cuando las habíamos adelantado a media mañana. Allí se quedaron, comiendo macarrones.

La mañana había sido dura sobre todo por la incertidumbre de cuál sería el cansancio, cuál la resistencia. La tarde se auguraba ambiciosa por lo variado de sus caminos, por lo espectacular de sus paisajes, pero —con la disculpa de hacer fotos o disfrutar de esos bares-tienda que ya no quedan— las paradas se prolongaron hasta el punto de sentarnos tranquilamente a tomar sidra y patatas fritas en Sietes. ¡Cuando todavía faltaban 8 kilómetros hasta la cama, reservada en Anayo!

Sietes es un buen sitio para hacer noche. Se llega tranquilamente a media tarde, se puede visitar su iglesia curiosamente renacentista, admirar uno de los conjuntos más amplios y mejor conservados de horreos...

Anayo también es un buen sitio para pernoctar. Cenar patatas fritas con huevos y chorizos en el bar de la carretera no tiene precio.

Pero ese culebrear a media altura que lleva de Sietes a Anayo, es un infierno. Ahí supimos que la cargadísima pareja que aparecía y desaparecía de nuestra vista no había encontrado casa para dormir (la nuestra estaba reservada desde febrero) y pensaba acampar en un prao, o en el pórtico de alguna iglesia. No los volvimos a ver.

Segunda etapa

Empezamos con un buen desayuno en el mismo bar en el que habíamos cenado. Al fondo los Picos de Europa, al fondo Covadonga, y por el medio tantos valles que... mejor mirar a los lados, mejor dejarse atrapar por la colorida promesa de los manzanos en flor.

Otra vez cuesta abajo, otra vez las rodillas... Otra vez cuesta arriba, otra vez los calores...

Y Llames de Parres, donde prometían que comeríamos, no llegaba nunca. Si no hubiera sido por el cansancio, no había importado: el lugar es perfecto para detener el tiempo.

Cuando por fin alcanzamos la plaza del pueblo, nos remojamos en su fuente, repusimos fuerzas, nos hicimos los remolones... hasta que oímos a los de la mesa de al lado, que parecían típicos domingueros, que ya era hora de retomar el camino. Les dimos ventaja. Ellos venían desde Avilés. Recogimos las cosas, pagamos las bebidas y... otra vez al camino. Cambiamos las botas por las zapatillas de deporte y, enseguida, tuvimos que salirnos de la ruta prevista, impracticable por el agua. Salvamos las alambradas y nos metimos en praos no menos encharcados. Los veteranos decían que ya sólo quedaba una subida... Y después la bajada, esta vez suave.

Cuando llegamos a Cangas de Onís, se le concedió el deseo a quien venía pidiendo meter los pies en el río Sella. Los demás tampoco nos privamos. Nos sentamos en las piedras y dejamos que el agua helada desinflamara nuestros tobillos... Desde la otra orilla, los pescadores nos miraban con recelo, y uno acabó por exhibir la pesca del día: un enorme salmón.

No había tiempo para remoloneos en la pensión, la cena estaba encargada en un hotel cercano. ¡Sorpresa! En la mesa de al lado estaban cenando ya nuestras viejas conocidas. Yo no me resisto al San Jacobo de la casa.

Tercera etapa

Dormimos como lirones. Ya faltaba poco. No había ampollas, no había agujetas... ¡no había excusas! Había que levantarse y llegar a Covadonga.

Desayunamos en la confitería de toda la vida, recogimos las cosas, y nos echamos a la carretera. Ya sólo quedaban 10 ó 12 kilómetros. Ahí vimos a las familias del primer día, uno va siempre fumando, sonríe cuando se lo hago notar, confiesan que muchos tuvieron que coger el coche. Ya se veía la Basílica, pero costaba llegar, estábamos al pie del último esfuerzo de subida cuando escuchamos, bajando, voces conocidas: “¡Creímos que no llegabais! Nosotras vinimos a primera hora, ya terminamos el nuestru paseín de todos los años”. Son ellas, las inmutables.
Y yo, esforzándome en terminar el esfuerzo de mi vida. Sin promesa de por medio, subí las escaleras que conducen a la gruta donde luce la Santina y se dieron el sí mis progenitores. Confieso que entré por la salida... Soy peregrina, puedo colarme, ¿no?

La despedida

En el hormiguero de Covadonga nos esperan coches suficientes para volver a casa. Comimos donde habíamos cenado. Nos despedimos satisfechos. Y, en medio de la euforia, haciendo balance, prometimos repetir la experiencia: ¡El año que viene, el camino de la costa! ¡Yo lo organizo!, dice el de Quintes. En él confiamos, pero el listón quedó muy alto.






sgutierrez@divertinajes.com
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