|
20 de mayo 2005
¡Hagan juego, señores!
Este fin de semana, y siempre, lo mejor que uno puede hacer nada más llegar a Mónaco es dejar el coche en un aparcamiento; y si su coche es sencillito, como el mío, mejor que el aparcamiento sea subterráneo, más que nada, para no desmerecer. ¿Montecarlo? ¿Mónaco? Sí, son y no son lo mismo. Montecarlo es la pendiente en la que están anclados el Casino, los hoteles y la tiendas de las firmas más exclusivas. Mónaco es el Principado y la colina sobre la que se asienta la ciudad vieja y el Palacio Principesco. Y entre ambas alturas, el puerto: pequeño, recogido, abarrotado (de yates). Para verlo todo, incluidos los barrios alejados del cogollo lúdico, lo mejor es empezar el recorrido pedestre por el casco antiguo. La subida a la Plaza del Palacio, por la rampa, tiene algo de ascensión a un santuario... Y, en cierto modo, es lo que nos espera: el santuario del tiempo, el santuario de la realeza. Casonas medievales, callejuelas estrechas de limpio empedrado, plazas amplias con estratégicos miradores y ese Palacio que puede y debe visitarse, porque como todos los palacios encierra tesoros pertenecientes a un pueblo que sólo así puede contemplarlos. Mi paseo por Montecarlo fue simplemente eso, un paseo. Pero bien puede ser un despilfarro. Todo depende de la resistencia de la tarjeta y el aguante del caminante. Mónaco en la red
|