6 de mayo 2005

Entre paréntesis

Acaba de salir a la calle nuestro último libro, Padres e hijos. La herencia del éxito (Ediciones B), y al acariciar la sobrecubierta, darle vueltas entre las manos, oler el papel, desvestirlo, hojearlo... me vinieron a la cabeza un montón de sonrisas, sorpresas, complicidades... y también lugares, los espacios en los que nos encontramos con los padres e hijos que pueblan este texto.

Uno de esos sitios fue Comillas. ¡Quién tuviera cerca sus aguas frescas en los días de calor que se avecinan, y siempre!

Comillas, como buena villa cántabra que es, rezuma señorío. ¿Qué le da ese porte? No sé. Tal vez la autoridad de los cinco arzobispos allí nacidos en el medievo, quizás la sangre de los aristócratas que imitando a Alfonso XII la eligieron para el descanso, acaso los artistas catalanes que acudieron a embellecerla. Posiblemente el azul del mar y el verde de las colinas, la palidez del cielo y el tostado de las piedras. No sé.

Alejados del bullicio, tiene Comillas Palacio, el de su marquesado, magníficamente conservado; Universidad, Pontifícia para más señas, de fábrica imponente, espléndida ubicación y cátedras distantes; y hasta un Capricho, el de Gaudí.

Metidas en faena, las casonas que perfilan sus plazas y callejuelas albergan hostales, restaurantes y comercios como los de tantos otros pueblos subidos al carro del turismo. Y lo están haciendo bien; aunque algunos, como el de la foto, insistan en practicar el absurdo "al que va de paso cañonazo".

Y ajena a todo, la playa. Por cierto, se come bien en su chiringuito, ¿o es que se está divinamente en su terraza? ¡Qué importa!





sgutierrez@divertinajes.com
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