29 de abril de 2005

El gran pequeño

Comprendería las preocupaciones materiales de los líderes espirituales si éstas tuvieran por objeto aliviar a sus liderados (ni siquiera me atrevo a decir a todos los pobres de la tierra) y no el lucro propio; pero como no es así, pues no las comprendo, ni las apoyo, ni las doy por buenas, ni me interesan —más bien todo lo contrario—. ¿Que a qué viene esta confesión? A que me disponía a contar mi viaje a El Vaticano y... ¿Que por qué también les machaco con El Vaticano? Lo siento, pero de tanto verlo en todas partes se me ha metido en la cabeza, como si de una melodía cualquiera se tratara, y creo que sólo hablando de él podré volver a la normalidad, al menos a la mía.

Cuando me surgió por primera vez la oportunidad de ir a El Vaticano, nada me gustaba ya tanto como viajar, aunque apenas había podido alejarme del hogar paterno —creo que nunca había salido de España, ni tan siquiera de su territorio peninsular—. Era un viaje escolar, una mezcla de viaje de estudios y peregrinación. Los motivos: terminábamos EGB y beatificaban a nuestro querido Padre Coll, fundador de las Dominicas de la Anunciata, garantes de mi formación académica y espiritual. Del Padre Coll, sabía lo que cantábamos (“Padre Coll estrella que iluminas a la Anunciata fruto de tu amor, ven a alumbrar en este mundo nuestro que vive a oscuras y sediento de amor”); de El Vaticano, que tendríamos audiencia con el Papa; del viaje, que sería una juerga con escala en Cannes y Pisa, por ejemplo. No tenía mala pinta. Y sin embargo, lo vendí. Lo cambié por un ciclomotor que nunca llegué a tener. Y nunca me arrepentí. Tal vez porque no soy en absoluto mitómana. Posiblemente porque sigo esperando que los poderes terrenales y celestiales sirvan para liberar no para encadenar (¿o es de justicia negar el uso de preservativos a un pueblo diezmado por el SIDA? Por poner uno entre los cientos de ejemplos que se me ocurren, y sin dejarme llevar por la ira legítima de quien es considerado por Sus Santidades un ser inferior).

Dicho lo cual, muchos años después, en el cambio de milenio exactamente, estuve en El Vaticano. ¿Cómo no? El verdadero objetivo de mi viaje era Roma, y allí, como un barrio más de la ciudad eterna, visité ese minúsculo (territorialmente) e inmenso país (en riqueza y poder) que es El Vaticano. Miserias y conciencias aparte, muy recomendable para los amantes del arte. No hay otra cosa. Debe ser el único país del mundo en el que no queda ni un milímetro cuadrado de naturaleza salvaje. ¿Verde? En los jardines privados. Lo más, piedra trabajada y oros.

Primera sorpresa: la Plaza de San Pedro me pareció mucho más pequeña de lo que había imaginado al verla en televisión; lo cual no quita para que sea grande, ¿eh?

¡Qué colas! Todo sea por el espíritu, pensé. Y no me equivoqué. En una capilla lateral, como queriéndose apartar de la opulencia, para mí obscena, de la Basílica de San Pedro, La Piedad de Miguel Ángel emociona. Y en los Museos Vaticanos, esos que albergan una de las colecciones de arte más importantes del mundo y que el visitante sólo puede recorrer en un sentido —con circuitos calculados de 90 minutos y 5 horas—, la magia de Rafael espera a media hora de la entrada, en las estancias que llevan su nombre. Y la de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina, no por vista y revista, menos sobrecogedora.

El otro gran edificio de este país llamado El Vaticano, es el Castel Sant’Angelo. Palacio y prisión, hoy convertidos en museo, fue reforzado como fortaleza para que el Papa, en tiempos de asedio, pudiera salir corriendo de su residencia y encontrara en el Castel protección, merced al pasadizo subterráneo que une ambas edificaciones. ¡En vez de, como animan a los demás, encomendarse a Dios!





sgutierrez@divertinajes.com
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