15 de abril de 2005

Palmo a palmo

Andando...

...o en coche...

...La Palma merece ser recorrida palmo a palmo.

La más noroccidental de las Islas Canarias presume, con razón, de bonita. Bonita, pequeña, variada, sensual y escabrosa.

En apenas 12 kilómetros, La Palma se eleva más de 2.400 metros sobre el nivel del mar. Desde el norte, los ancestrales bosques de laurisilva se comunican con los señoriales pinares que, a corta distancia, vigilan las lomas polvorientas de los jóvenes volcanes del sur. En menos que canta un gallo —lo que se tarda en atravesar el túnel de la cumbre— el sol da paso a la lluvia. Millones de plátanos se codean con centenares de uvas. Hay mucho de todo sobre esta miniatura cuya silueta recuerda a la del continente africano.

Los senderos

Desde el camino real que bordea la isla, invitando a siete días de caminata, hasta el mirador que a orillas de la carretera se instala en la mismísima Caldera de Taburiente, hay en La Palma senderos para todos los gustos, piernas y capacidades pulmonares.

Confieso haber andado los más cortos y trillados:

Los Tilos – Mirador del espigón atravesado. Una caminata bajo tilos para contemplar desde lo alto el frondoso manto de laurisilva que cubre el barranco. Los más entrenados pueden continuar hasta los nacientes de Cordero y el Marcos (subida total: casi mil metros). 50 minutos de subida y media hora de bajada. Otra posibilidad desde Los Tilos es ir al Mirador de la Baranda sobre el Barranco del Agua. Advertencia: hay que subir 700 escalones.

Las Tricias – Buracas. Las rutas están establecidas pero las indicaciones son para iniciados. Ni sé los kilómetros que hice desde Las Tricias en pos de los dragos de Buracas. Y lo peor: la mayor parte de ellos por carretera. Lo más temible: la ida era cuesta abajo, muy, pero que muy pendiente. Tarde, descubrí que las curvas podían evitarse siguiendo las traveseras correspondientes (lo cual no evita, más bien al contrario el desnivel). Mereció la pena: la estampa del grupo de dragos que perviven en Buracas, vigilados por un viejo molino, inspira, con el mar de fondo, una peculiar percepción del tiempo.

La Cumbrecita. Llegué al centro de visitantes dispuesta a esforzarme para alcanzar a pie La Cumbrecita, puerta del Parque Nacional Caldera de Taburiente y mirador privilegiado del mismo. ¡Menos mal que los informadores hicieron bien su trabajo y me recomendaron ascender en coche! Al fin y al cabo, hay que ir por carretera. Una vez arriba, es posible sentir la fuerza de la naturaleza, y estirar las piernas, merced a un sencillo periplo que, entre pinos canarios, nos coloca durante algo más de una hora (como mínimo) dentro de la Caldera.

El Volcán de San Antonio. El paseo por el filo de su caldera no es apto para todas las mentes: aquí, el miedo a las alturas resulta paralizante. En la caldera del volcán, grupos incipientes de pinos dan un toque de color a la boca negra; en la ladera tímidas plantas anuncian el verdor de la extensa llanura que allá abajo se baña en el mar. Breve pero intenso. Tal vez por eso, cuenta con centro de interpretación y cafetería.

Volcán Teneguía. El más joven de la isla, apenas han pasado 30 años del último susto propinado por su río de lava. Se puede dejar el coche a la orilla de la carretera y caminar hasta el volcán, los más llegan hasta sus pies motorizados. Se puede escalar hasta lo más alto de sus bordes, los menos preferimos no arriesgarnos: es roca frágil, suelta y porosa.







sgutierrez@divertinajes.com
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