1 de abril de 2005

Perla de Oriente

Del viaje a Sri Lanka, durante algún tiempo Ceilán, he tenido un recuerdo ambiguo hasta hoy, que me he parado a pensar en aquellas tierras con la calma de quien quiere el recuerdo no sólo para sí. Fue mi primer, y juré que último, viaje en grupo; me resultaron insoportables las faltas de puntualidad y las interminables paradas en tiendas de souvenirs. Fue mi primer viaje a esa región del planeta que a tantos cautiva, y no inició ninguna serie apasionada de idas y vueltas. No obstante, he de reconocer que los atractivos Sri Lanka son muchos y muy variados.

Los hoteles

Parecen lo último en lo que uno debiera fijarse; sin embargo, fueron lo primero que experimenté en el país, y salí de él sin un ápice de decepción, más bien todo lo contrario. Emplazamientos, instalaciones, servicio... Verdaderos remansos de paz donde el descanso y el buen ánimo están asegurados, sin olvidar la calidad de la mesa... ¡qué desayunos! Sabrosos y espectaculares revueltos fruto del buen hacer de hábiles cocineros que a toda velocidad manejan ambas manos, a la vez, blandiendo una especie de cuchillas con las que cortan, recortan, mezclan y remezclan los ingredientes sobre la plancha; delicados huevos sobre crepes cuajados en una particular sartén redondeada que únicamente puede sostenerse con la ayuda de trébedes...

No sé si aquellos en los que yo estuve son los mejores (imagino que no) pero puedo asegurar que son muy recomendables:

En Dambulla, Culture Club Resort. Situado a la orilla de un lago en el que los lugareños pescan, lavan la ropa y se bañan sin importarles la presencia de fisgones. Cuenta con un flautista que ameniza la tarde desde las alturas de una torre de madera y un servicio que recibe a sus huéspedes con toallitas perfumadas y té frío, y les despide con un hasta siempre escrito sobre la cama a base de flores y hojas.

En Kandy, Le Kandyan Hotel. Desde su emplazamiento en las alturas (alejado del centro de la ciudad), ofrece una peculiar sensación de inmersión en la verde y frondosa naturaleza.

En Nuwara Eliya, Grand (New Wing). Se le notan los años, pero sigue conservando un ambiente absolutamente inglés.

Templos y monumentos

Los templos, sobre todo budistas, y también hinduistas, son el gran tesoro de Sri Lanka. Tal vez porque no hay apenas monumentos civiles, posiblemente porque la religión (budista, hindú, musulmana o cristiana) lo ocupa todo: no hay más que observar las calles, cubiertas de hábitos, los más naranjas aunque también abundan los de color azafrán o marrón. Las bandoleras de tela y los paraguas negros son los complementos habituales de esos monjes que, también asidos al maletín y el móvil, caminan, por decenas, por todo el país. Por cierto, se puede ser monje o monja por un día.

Equipaje de mochila para visitar los templos: unos buenos calcetines. Hay que dejar el calzado a la puerta, en el guardacalzados, y pagar una módica cantidad (una rupia —2,5 pesetas— en el 2000) al cuidador.

El templo del Diente de Buda, Dalada Maligawa, en Kandy. Es el lugar donde se custodia y venera la reliquia salvada, según se cree, de las llamas de la cremación de Gautama Buda. Por delante del diente, encerrado en una caja sobre una mesa de plata, pasan cada día cientos de fieles y curiosos, en una lenta y sentida procesión que se forma y avanza ajena al bullicio y recogimiento provocados por el resto de actividades que simultánea e individualmente ocupan a monjes y visitantes. Un despliegue de olores y colores, de luces y susurros que culmina con el sonar de trompetas y redoblar de tambores en la Ceremonia del Cierre, al atardecer. Y al amanecer, después del vacío nocturno, vuelta a empezar. Lo primero, lo que fue último: los tambores.

Las ruinas de las que fueran sucesivamente capitales del país. Anuradhapura, la ciudad sagrada de Sri Lanka, donde se conservan el Árbol sagrado Bo, procedente del árbol desde el cual Buda recibió su iluminación, numerosas estupas, el Palacio Brazen y la estatua de Samadhi, efigie de Buda en meditación. Polonaruwa, exponente del arte cingalés, con numerosas estupas conteniendo frescos y hermosas esculturas de Buda, además del enorme Buda recostado. Detalle a observar en los budas recostados: si los pulgares están juntos, está dormido; si uno está adelantado, le representa muerto.

Los templos hinduista, menos y menores, integrados en el casco urbano, también son dignos de visitar. Tras la primera impresión de oscuridad y humedad, se revelan frescos y figuras de vivos colores a los que los fieles ofrecen cánticos y velas que con sus vapores crean un ambiente propicio para la desconexión corporal, para la elevación espiritual.

Una vez arriba, te alegras de haber subido —por empinadísimas escaleras talladas en la roca—, pero... no estoy muy segura de que merezca la pena el esfuerzo, depende fundamentalmente de la temperatura y humedad ambiente. Me refiero a la Roca del León, Sinhagiri, el peñasco de 285 metros en el que se refugió, en el siglo V, el rey Kasyapa después de asesinar a su padre y usurpar el trono a su hermano, legítimo heredero y seguro vengador. A medio camino hacia la cima, en un pequeño nicho excavado en la peña, se observan los frescos de Sigiriya: escenas de mujeres pintadas en colores sobre yeso (hasta ahí, vale la pena llegar). Del Palacio Real solo quedan las ruinas de sus baños, jardines y terrazas; y de la cabeza de león que daba nombre a la roca, nada.

Continuará la próxima semana




sgutierrez@divertinajes.com
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